Nunca de nadie Capítulo veintisiete — Miami sin escena #3
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Capítulo veintisiete — Miami sin escena #3

Esa noche nos reunimos los cuatro en casa de Bruno.

En su casa. Bruno vivía en un apartamento impecable con demasiados libros, una terraza amplia y una cocina que, según Mara, usaba solo para cortar limones y fingir domesticidad.

Hablamos más de Chicago, de la exposición cerrada, de Amalia, de las piezas nuevas de Nicolás, de mi apartamento, de la posibilidad de que aceptara la extensión del museo.

—Acéptala —dijo Bruno.

Lo miré.

—¿Así de fácil?

—Sí. Antes habría intentado retenerte aquí porque me conviene, porque te extraño, porque la galería funciona mejor cuando puedo culparte de cosas. Pero acéptala.

—¿Por qué?

—Porque Chicago te dio un espacio donde nadie te conocía como viuda primero. Eso vale. Y porque Miami no se va a ofender. Miami no tiene esa delicadeza.

Mara asintió. —Además, puedes irte de un lugar sin abandonarlo.

Nicolás no dijo nada.

Yo lo miré.

—¿Y tú?

Él bebió agua; no vino; agua; lo noté.

—Yo quiero que aceptes si quieres aceptar.

—Eso es muy correcto.

—Estoy sufriendo.

—Lo sé.

—Quiero que estés en Miami. Quiero verte sin aviones. Quiero que vengas a mi estudio y me digas que tres piezas no funcionan. Quiero dormir contigo sin calendario. Y también sé que si te quedas por eso, nos va a costar más que la distancia.

El silencio que siguió no fue incómodo; fue adulto; casi insoportable.

Bruno levantó su vaso. —A esto hemos llegado: Nicolás Aranda dando respuestas emocionalmente razonables. El arte contemporáneo no sobrevivirá.

Mara dijo: —El arte contemporáneo ha sobrevivido a cosas peores.

Reímos.

Yo acepté la extensión de Chicago dos días después.

Lo hice desde mi apartamento de Miami, con una obra de Tomás todavía apoyada en el suelo y otra en la pared, con la maleta abierta, con Nicolás sentado en el balcón hablando por teléfono con su galería sobre retrasar una producción, con Bruno enviándome mensajes contradictorios de orgullo y queja, con Mara recordándome que aceptara por escrito condiciones claras y no “en lenguaje vaporoso de institución que luego pide sangre gratis”.

Firmé.

No sentí triunfo.

Sentí dirección.

Esa noche, Nicolás y yo fuimos a caminar junto al agua.

Miami brillaba como si nada hubiera ocurrido, como si no hubiera visto a Valeria entrar en una galería, como si no hubiera producido la primera frase cruel entre Nicolás y yo, como si no hubiera sostenido mi viudez durante años con una luz demasiado halagadora. Me molestó y me gustó esa indiferencia.

—Vuelves a Chicago en tres días —dijo.

—Sí.

—Yo voy a Asheville en una semana.

—Sí.

—Luego quizá voy a verte.

—Si quiero.

—Si quieres.

—Quiero.

Nicolás sonrió.

Caminamos un rato más; no nos tomamos de la mano de inmediato; luego sí.

—No sé qué somos ahora —dije.

—No lo nombres todavía.

—Sigues usando mis frases contra mí.

—Sí.

—Pero estamos juntos.

—Sí —dijo—. Estamos juntos.

La frase fue simple. No resolvía ciudades, contratos, casas, archivos, hijos posibles o no posibles, madres, muertos, obras, miedo. Pero tampoco intentaba. Era una ubicación presente. Una decisión por ahora, y por eso más verdadera que muchas eternidades.

Me apoyé en él mirando el agua.

—No vuelvas a convertirte en misterio para evitar pedir algo —dije.

—No vuelvas a convertirte en distancia para evitar necesitar.

—Trato.

—Trato.

Nos besamos bajo una luz horrible de farola, con autos pasando cerca y música lejana desde un bar, nada era perfecto; eso me dio confianza.

Al día siguiente, Bruno gestionó el traslado temporal del cuadro de Tomás.

Mara revisó el contrato de Chicago. Nicolás volvió al estudio y puso fechas a tres cajas más.

Yo caminé por mi apartamento de Miami y dejé algunas cosas en su lugar, quité otras, abrí cajones, tiré papeles, guardé dos cartas, dejé la ventana abierta.

El último día, antes de volar, pasé sola por la galería.

La pared donde estuvo la puerta seguía lisa, con su cicatriz tenue. Me quedé frente a ella, no esperando emoción, no buscando cierre, solo mirando.

Bruno apareció en la entrada, pero no se acercó.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí.

—¿Segura?

—No.

—Buena respuesta.

Sonreí.

Toqué la pared una vez más. Luego retiré la mano.

—Ya no necesito que esté cerrada para saber que no tienen derecho a entrar —dije.

—Eso sí es final de algo —murmuró.

—No final.

—¿No?

Miré la sala vacía, la luz de Miami, la marca casi invisible.

—Cambio de custodia.

Bruno aceptó la frase con un gesto de la cabeza; no la corrigió ni la hizo suya.

Salí de la galería con la maleta en el auto, un vuelo a Chicago, un acuerdo legal incompleto pero suficiente, un amor que no se había convertido en mudanza, un muerto menos poderoso, una ausencia no nombrada del todo y una vida que, por primera vez en mucho tiempo, no parecía estar esperando a que alguien más decidiera su forma.

En el aeropuerto, antes de abordar, recibí un mensaje de Nicolás.

“Estoy en el estudio. Acabo de guardar la caja de Asheville con fecha. No la abrí.”

Respondí:

“Eso también cuenta.”

Él escribió:

“Como estar vivos.”

Miré la pantalla y sonreí.

Luego apagué el teléfono.

No porque quisiera desaparecer.

Porque algunas veces, para volver a una misma, hay que dejar que el mundo espere unos minutos al otro lado de una puerta cerrada.