Capítulo veintisiete — Miami sin escena #2
Caminé por la sala. El otro tenía una línea negra que cruzaba una superficie blanca con una violencia contenida que antes me parecía pureza y ahora me parecía miedo bien compuesto. Tampoco quise que siguieran allí exactamente así, como si todavía presidieran la habitación.
Descolgué el más grande.
Lo hice con cuidado, no con rabia.
Lo apoyé contra la pared, en el suelo. El espacio vacío que dejó sobre la pared fue más impactante que la pintura misma. Me quedé mirándolo, el rectángulo ligeramente más claro, la marca de años de permanencia.
Otra puerta que ya no necesitaba abrirse ni cerrarse, solo un espacio.
Saqué el teléfono y escribí a Bruno:
“Necesito un buen depósito para una obra de Tomás. No archivo. Depósito. Temporal.”
Respondió casi de inmediato:
“Por fin.”
Luego:
“Perdón. Quise decir: por supuesto, lo gestiono.”
Sonreí.
Después escribí a Nicolás:
“Descolgué una obra.”
Tardó un minuto.
“¿Quieres que vaya?”
“No.”
“¿Quieres que espere?”
“Sí.”
“Estoy.”
Miré esa palabra; estoy; ya no aquí, porque aquí era mío en ese momento. Estoy; sin ubicación invasiva; sin prisa.
Fui al dormitorio; abrí el armario; ropa de Miami.
Vestidos, blusas, zapatos, prendas que pertenecían a inauguraciones, cenas, reuniones, viudez elegante, calor, versiones de Clara que aún podían servirme algunas veces pero no gobernarme.
Saqué dos bolsas. Solo lo suficiente para que el armario dejara de parecer un museo de decisiones antiguas.
Encontré, en una caja baja, una carpeta de documentos médicos de Tomás. Me quedé quieta.
No la abrí.
La puse en la pila de depósito y luego la saqué, porque no pertenecía al depósito o al archivo, sino que quizá debía destruirse, aunque no ese día; saberlo ya era una decisión.
Al anochecer, cuando salí del apartamento, dejé una obra de Tomás apoyada en el suelo, dos bolsas de ropa junto a la puerta y una ventana abierta para que el aire circulara. El apartamento no estaba resuelto. Pero había dejado de ser intocable.
Nicolás me esperaba abajo, no en la puerta del apartamento, sino en la calle, apoyado contra el auto; había obedecido; me vio salir con las manos vacías y no preguntó de inmediato. Caminé hacia él.
—¿Cómo fue? —dijo.
—Descolgué una obra.
—Lo sé.
—No lloré.
—¿Eso importa?
Pensé. —Un poco. No porque llorar fuera malo. Porque esperaba tener que hacerlo.
—¿Y?
—Me dio hambre.
Nicolás sonrió. —La vulgaridad otra vez.
—Sí.
Fuimos a comer en un sitio pequeño cerca del agua, sin pretensiones de escena romántica, con mesas de madera, ventiladores, pescado frito, gente hablando demasiado alto y un camarero que no sabía quién era Nicolás o fingía muy bien.
Me gustó por eso. Hablamos poco al principio.
Después le conté del cuadro, del armario, de la carpeta médica. Él escuchó sin ofrecer soluciones.
—¿Y tu estudio? —pregunté.
—Mañana.
—¿Quieres que vaya?
Tardó.
—Sí.
—¿Como defensa?
—No.
—¿Como curadora?
—No.
—¿Como qué?
Nicolás miró hacia el agua oscura. —Como tú. Si quieres.
Esa respuesta, aunque simple, me hizo sentir una calma más profunda que muchas promesas, porque me ofrecía acompañarme como yo misma, no como testigo, llave o mujer que lo salvaba de Amalia, Lucía o su obra.
—Voy —dije.
Al día siguiente, fuimos al estudio de Nicolás en Miami, no al de Asheville, sino al espacio blanco, amplio, industrial, que había usado durante años para producir piezas de gran formato, recibir asistentes, fotografiar obras, hablar con coleccionistas y sostener esa versión pública de sí mismo que la primera noche yo había querido destruir con una frase.
Allí había menos fantasmas familiares que en Asheville, pero más mercado, más nombre, más maquinaria.
Nicolás abrió la puerta y se quedó un momento sin entrar.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—No sé si quiero seguir trabajando aquí.
—Hoy no tienes que decidirlo.
—Lo sé.
—Pero quieres.
—Sí.
Entramos; el aire olía a metal, polvo, madera, químicos leves, pintura seca.
Caminé sin tocar nada. Él me mostró piezas nuevas que no había querido enviarme por foto: estructuras pequeñas, mucho más contenidas que sus instalaciones anteriores, hechas de materiales transparentes, telas tensadas, objetos casi invisibles dentro de cajas abiertas. Me interesaron.
—No sé si funcionan —dijo.
—Algunas no.
Nicolás me miró. Luego sonrió. —Bien.
—Pero esta sí.
Señalé una estructura de vidrio y hilo, una caja sin tapa con una línea roja suspendida en el centro, sin tocar los bordes.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque no pide que una sufra para entenderla.
Nicolás se quedó mirando la pieza.
—No sé si sé hacer eso.
—Estás empezando.
—Eso suena a crítica amable.
—No soy amable cuando trabajo.
—Lo sé.
Nos sentamos en el suelo del estudio, frente a las piezas.
Durante un rato hablamos de materiales, no de trauma.
De escala, no de Lucía; de luz, no de Valeria.
De lo que una pieza pedía formalmente, no de lo que la vida exigía como explicación.
Fue una de las conversaciones más íntimas que tuvimos, precisamente porque no intentó parecerlo.
Luego, al fondo del estudio, vi una caja marcada con una palabra: Asheville.
Nicolás siguió mi mirada.
—No la he abierto —dijo.
—¿Qué hay?
—Cosas que traje del estudio de allá. Fragmentos de piezas. Audios. Materiales viejos. Algunos relacionados con Lucía. Otros con la primera exposición que hice después de su muerte.
—¿Quieres abrirla?
—No.
—Bien.
—Pero tampoco quiero que siga ahí como una amenaza.
Me levanté, caminé hasta la caja, me agaché frente a ella sin tocarla.
—Ponle fecha —dije.
—¿Qué?
—Fija una fecha para revisarla, aunque no tiene que ser hoy ni responder a un impulso o a una evitación indefinida. Puedes hacerlo con Mara, a solas, conmigo o con nadie, pero decide cuándo se mira la puerta, aunque no se abra del todo.
Nicolás pensó. Tomó un marcador de una mesa y escribió en la caja:
REVISAR EN MAYO. NO EXHIBIR SIN DECIDIR DE NUEVO.
Me emocionó más de lo que esperaba.
—Buena etiqueta —dije.
—Estoy aprendiendo de archivos.
—Peligroso.
—Con límites.
Al salir del estudio, Nicolás cerró la puerta sin la solemnidad de quien clausura una etapa, solo la cerró; luego me miró bajo el sol brutal de Miami.
—No quiero volver a vender dolor como si fuera lo único que sé hacer.
—Entonces no lo hagas.
—Suena fácil.
—No lo será.
—¿Te quedarás cerca mientras fracaso?
La pregunta salió con humor, pero no era humor.
—Cerca no siempre significa en la misma ciudad —dije.
—Lo sé.
—Y sí.