Capítulo dieciocho — Lo que no se nombra todavía
CAPÍTULO DIECIOCHO
LO QUE NO SE NOMbrA TODAVÍA
V olví al museo antes de sentirme recuperada. Necesitaba un lugar donde las urgencias fueran una cartela mal puesta, una luz defectuosa o una artista que quería cambiar su obra cuando el catálogo ya estaba impreso.
La doctora Rivas siguió vigilando la cifra. Nicolás me escribía por la mañana y aceptaba respuestas de una palabra. Cuando regresó a Chicago llevó pan porque Mara había prohibido las flores.
—No quiero que lo ocurrido se convierta en nuestro centro —le dije.
—Tampoco que finjamos que no ocurrió.
—No quiero que seas el padre de una ausencia.
Nicolás tardó en contestar.
—Y yo no quiero que tú seas una mujer definida por una pérdida que ni siquiera acepta un nombre único.
Hablamos sin encontrar una fórmula; admití que sentía alivio; él admitió que le dolía; ninguna emoción anuló la otra.
Lo deseaba, pero mi cuerpo todavía asociaba el contacto con agujas, ecografías y señales de alarma.
—No puedo acostarme contigo todavía.
—Lo sé.
—No digas eso como si no te afectara.
—Me afecta. Pero no es una pérdida. Es una espera.
Nos besamos en el sofá. El cuidado no volvió frío el beso; volvió nítida cada decisión. Nos detuvimos cuando la respiración pidió más de lo que yo quería dar.
Esa noche abrimos agua con gas y brindamos porque la cifra había vuelto a bajar. Después bailamos apenas, mi frente contra su pecho, hasta que el cansancio me obligó a sentarme.
Por primera vez desde el hospital, pasaron varios minutos sin que pensara en lo que mi cuerpo había contenido.
Seguía allí.
Nicolás también.
Yo también.