Nunca de nadie Capítulo diecinueve — Amalia Solís
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Capítulo diecinueve — Amalia Solís

CAPÍTULO DIECINUEVE

AMALIA SOLÍS

L a cifra llegó a cero un viernes por la mañana, sin ceremonia, en un correo que abrí sentada en la oficina del museo, con una taza de té frío a un lado y una lista de pendientes sobre la mesa, y durante varios segundos no sentí nada que pudiera llamarse cierre, solo una especie de cansancio limpio, como si mi cuerpo hubiera terminado de apagar una alarma que llevaba semanas sonando en una habitación interior.

Cero; la palabra era médica, deseable, tranquilizadora; también era brutal.

La doctora Rivas me llamó poco después y dijo que la evolución era la esperada, que ya no había señales de riesgo inmediato, que debía seguir cuidándome, esperar antes de intentar cualquier embarazo si algún día lo decidía, hablar de anticoncepción cuando estuviera lista y no confundir el alta clínica con una orden de normalidad emocional.

Le agradecí. Después colgué y me quedé mirando el cero hasta que dejó de parecer un número y se volvió una puerta cerrada sin rendija de luz.

No llamé a Nicolás enseguida. Le escribí una foto del resultado, sin texto.

Él respondió: “¿Quieres que hablemos o quieres silencio?”.

Esa pregunta, que meses atrás me habría parecido imposible en él, me hizo apoyar la frente sobre el escritorio y cerrar los ojos.

Contesté: “Silencio un rato. Pero quédate cerca”. Su respuesta fue inmediata: “Aquí”.

Aunque él estuviera en Miami, yo en Chicago y mi cuerpo ya no contuviera aquello que nos había obligado a hablar en voz baja durante semanas, seguía allí, no como ocupación, sino como borde.

La vida, después del cero, no volvió a ser la vida anterior.

Esa era una de las trampas de la medicina: hablaba de resolución cuando, en realidad, solo una parte del proceso había terminado.

Otras, al ver una mujer con un bebé en el metro, sentía una punzada breve, no de envidia, no exactamente de tristeza, sino de extrañeza: esa vida, esa imagen, esa ruta, había rozado la mía como un animal que no se deja acariciar.

Nicolás volvió a Chicago dos semanas después.

Llegó un jueves por la noche, después de avisar con calma, y cuando abrí la puerta no vi en él al hombre que había dormido en mi sofá vigilando síntomas, sino a alguien que también estaba intentando regresar a una forma de deseo sin convertirla en prueba de recuperación.

También naranjas, porque Mara le había dicho que las flores seguían prohibidas y que el pan empezaba a parecer una coartada sentimental.

Cenamos sopa en mi cocina, hablamos del museo, de Miami, de Bruno, de la exposición de la puerta cerrada que ya había terminado pero seguía produciendo críticas tardías, y cuando llegó el momento en que antes el cuerpo habría avanzado por costumbre o por hambre, nos quedamos quietos, mirándonos con una torpeza casi adolescente.

—Quiero besarte —dije.

—Bien.

—No digas bien como si te estuviera informando de un cambio de sala.

—Estoy intentando no decir algo peor.

—¿Qué sería peor?

—Que llevo dos horas pensando en besarte.

Sentí calor en la cara, y esa respuesta de mi cuerpo, tan simple, tan anterior a cualquier interpretación, me produjo un alivio casi doloroso.

El beso fue lento, cuidadoso al principio, después más hondo, y aunque una parte de mí esperaba que el recuerdo del hospital entrara como una sombra entre nosotros, lo que apareció fue otra cosa: la conciencia de que el cuerpo no vuelve de golpe, sino por zonas, por permisos pequeños, por confianza acumulada.

Me separé antes de que el deseo empezara a pedir una respuesta que yo todavía no quería dar completa.

—No más hoy —dije.

Nicolás asintió; su respiración estaba menos controlada que su cara.

—Está bien.

—Esta vez sí puedes decirlo.

—Está bien.

Sonreí apenas y apoyé la frente en su pecho; no convirtió la espera en mérito. Esa noche se fue al hotel después de besarme en la puerta, y por primera vez desde el tratamiento, la distancia no se sintió como miedo sino como una forma de promesa.

Dos días después, la madre de Nicolás llamó.

Yo no estaba presente cuando ocurrió, pero lo supe por el cambio en su cara antes de que dijera una sola palabra.

Estábamos en el museo, después del cierre, revisando una sala donde una artista había instalado vitrinas con cartas familiares quemadas en los bordes, y Nicolás, que hasta ese momento había escuchado con atención mis dudas sobre la iluminación, miró la pantalla del teléfono y se quedó inmóvil.

Algo que le bajó por la espalda como una mano conocida.

—¿Quién es? —pregunté.

—Mi madre.

No dijo “Amalia”. No dijo “mamá”. Dijo mi madre, como quien identifica una institución.

—Contesta —dije.

—No.

El teléfono dejó de sonar; un segundo después, llegó un mensaje; Nicolás lo leyó; su rostro se cerró.

—¿Qué pasa?

Me tendió el teléfono.

El mensaje decía: “Si vas a permitir que extraños sigan usando a Lucía para hacerse interesantes, al menos ten la decencia de venir a hablar conmigo antes de que los abogados lo hagan por ti.”

No era una frase larga, pero contenía una familia entera.

—¿Sabe lo de Valeria? —pregunté.

—Sabe partes. Las que le convienen.

—¿Qué quiere?

Nicolás guardó el teléfono. —Control.

Lo dijo sin rabia visible. Eso lo hizo más pesado.

—¿Y tú?

—No dárselo.

—Eso no responde si vas a verla.

Nicolás caminó hacia una vitrina y se quedó mirando una carta quemada sin verla realmente.

Durante semanas, habíamos hablado de Amalia Solís de manera fragmentaria: una mujer elegante, rica, poderosa en círculos culturales de Atlanta, viuda de un empresario discreto, madre de una hija muerta y de un hijo famoso al que había convertido durante años en prueba de supervivencia familiar; una mujer que guardaba objetos de Lucía como reliquias y administraba el sufrimiento con una mezcla de devoción y propiedad; una mujer que había dado acceso a Valeria al archivo familiar, quizá por descuido, quizá por vanidad, quizá porque cualquier persona que prometiera ordenar el dolor con guantes blancos podía entrar en su casa si sabía usar las palabras adecuadas.

—Tengo que verla —dijo al fin.

La frase no me gustó, no porque fuera falsa, sino porque sonó a una obligación antigua.

—¿Tienes que verla o quieres verla?

Me miró; la pregunta le molestó; bien.

—Tengo que detenerla antes de que convierta esto en otra guerra de abogados.

—Eso es una razón práctica.

—También quiero preguntarle qué le dio a Valeria.

—Eso es otra.

—Y quiero… —Se detuvo.

Esperé.

—Quiero saber si alguna parte de ella entiende que Lucía no le pertenece más por haberla sufrido más tiempo.

La frase me dejó sin respuesta inmediata.

—Entonces ve —dije.

Nicolás me miró con una cautela nueva. —No voy a pedirte que vengas.

—¿Quieres que vaya?

El silencio fue suficiente respuesta.

—Nicolás.

—Sí —dijo—. Quiero que vengas. Y no quiero quererlo.

—¿Por qué?

—Porque sería fácil convertirte en testigo de mi madre. En defensa. En prueba de que ya no soy solo su hijo ni el hermano que sobrevivió. No quiero usarte para eso.

Me acerqué a él en medio de la sala vacía. Las vitrinas alrededor guardaban cartas medio quemadas, palabras incompletas, restos de familias que alguien había decidido preservar sin fingir que estaban intactas.

—No voy a ir como defensa —dije.

—Lo sé.

—Ni como curadora.

—Eso me preocupa menos.

—Ni como mujer que acaba de atravesar una pérdida y por eso entiende a todas las madres del mundo.

Su rostro cambió. Supe que esa parte también estaba en su miedo, aunque no la hubiera dicho.

—No —respondió él, bajo.

—Si voy, voy porque quiero acompañarte. Y porque Amalia forma parte de lo que Valeria pudo tocar. Y porque, si esta historia va a seguir abriéndose, prefiero mirar de frente a las personas vivas antes de que se vuelvan otra carpeta.

Nicolás bajó la vista. —No tienes que hacerlo.

—Ya lo sé.

—¿Quieres?

Pensé en mi cuerpo todavía recuperándose, en Chicago, en la exposición, en el cero, en el modo en que había empezado a reconstruir una intimidad que no dependiera de emergencias y en Amalia Solís, una mujer a la que no conocía, pero cuya sombra había estado detrás de la silla blanca, del depósito, de Lucía, de la cuenta de Valeria, de la manera en que Nicolás temía amar algo pequeño sin vigilarlo hasta asfixiarlo.

—Sí —dije—. Pero no esta semana. Y no si eso significa que dejas de hablar con abogados, policía y Mara para lanzarte a una escena familiar como si la sangre fuera una citación judicial.

Nicolás me miró un segundo. Luego sonrió apenas.

—Mara estaría orgullosa.

—Mara me está colonizando el carácter.

—A todos.

Viajamos a Atlanta diez días después.

El cuerpo ya no dolía, aunque se cansaba con facilidad.

La doctora Rivas aprobó el viaje con instrucciones simples y una advertencia: “No confunda alta médica con permiso para entrar en dramas familiares sin agua y sin comida”.

Le dije que eso sonaba menos a medicina y más a lectura de mi vida. Respondió que a veces era lo mismo.

Atlanta nos recibió con una lluvia fina y una luz menos teatral que Miami, menos dura que Chicago, una luz de ciudad extendida, de árboles húmedos, autopistas, casas grandes escondidas detrás de entradas discretas.

Mara viajó también, aunque no entró al principio; se quedó en un hotel cercano, con acceso a todos los documentos, lista de abogados y la promesa de aparecer si alguno de nosotros tardaba más de dos horas en mandar un mensaje.

Protestó durante doce minutos y luego aceptó, lo cual confirmó que también estaba cambiando o que Mara lo había amenazado de manera eficiente.