Capítulo dieciséis — La cifra
CAPÍTULO DIECISÉIS
LA CIFRA
L as siguientes cuarenta y ocho horas no fueron una espera sino una forma de habitación, una habitación estrecha, blanca, sin ventanas, hecha de síntomas pequeños, de instrucciones impresas, de silencios demasiado cuidadosos y de esa palabra que la doctora había dejado suspendida sobre mi cuerpo como un cartel clínico y metafísico a la vez: incierta.
Embarazo de localización incierta. Hasta la ternura se volvió incierta, porque cada vez que Nicolás me alcanzaba un vaso de agua, cada vez que se levantaba antes que yo para apagar una luz que me molestaba o para dejar galletas saladas junto a la cama, yo no sabía si agradecerle, si apartarlo, si advertirle que no confundiera cuidado con derecho, o si permitirme, simplemente, descansar un minuto en el hecho de que alguien estaba allí sin exigir que mi cuerpo ofreciera una conclusión.
Él aprendió rápido a moverse dentro de mi apartamento sin invadirlo, y esa rapidez me conmovió tanto como me irritó, porque una parte de mí quería encontrar fallas, gestos excesivos, decisiones tomadas por mí, cualquier señal de que podía convertirlo en enemigo razonable y así no sentir la fragilidad insoportable de tenerlo cerca.
Cuando yo me levantaba, él levantaba la vista antes que el cuerpo, esperando a ver si necesitaba ayuda o si el gesto mismo de ayudar iba a ser demasiado.
A veces decía no y luego, dos minutos después, sí.
Él obedecía ambas cosas sin hacerme pagar la contradicción.
Eso, descubrí, era una forma de amor más difícil que la intensidad.
Bruno llegó al día siguiente, por supuesto, aunque había prometido no hacerlo todavía y aunque, cuando abrió la puerta de mi apartamento con la cara desencajada por el frío y la preocupación, intentó defenderse diciendo que no había venido “por drama” sino “por logística preventiva”, frase que habría sido cómica si yo hubiera tenido energía para castigarla como merecía.
Traía una bolsa con comida, otra con medicamentos básicos que nadie le había pedido, una bufanda mal puesta y una expresión que oscilaba entre querer abrazarme, querer gritarme y querer acusar a Nicolás de representar el cincuenta por ciento de la crisis.
—No digas nada todavía —le advertí desde el sofá.
Bruno se quedó con la boca abierta.
—Eso es injusto —dijo—. Tengo por lo menos doce cosas que decir.
—Elige la más útil.
Miró a Nicolás, que estaba de pie en la cocina, preparando té con una concentración casi quirúrgica.
—¿Él está siendo útil?
—Sí.
—Qué fastidio.
Nicolás no levantó la vista. —También me alegra verte, Bruno.
—No dije que me alegrara verte a ti.
—Lo supuse.
—Bien.
La escena, absurda y tensa, me hizo sonreír apenas, y esa sonrisa pareció romper algo en Bruno. Dejó las bolsas sobre la mesa, se acercó al sofá y se arrodilló frente a mí sin tocarme.
—Ahora sí —dijo, con la voz más baja—. ¿Puedo abrazarte o me vas a decir que estoy invadiendo tu proceso?
—Puedes abrazarme.
Lo hizo con una torpeza casi paternal, aunque Bruno no era padre de nadie y habría considerado la comparación una ofensa estética. Tal vez porque entendí que había personas que solo saben cuidar demasiado tarde y demasiado fuerte, pero eso no siempre las vuelve enemigas.
—Estoy asustado —murmuró.
—Yo también.
—No sé qué decir.
—Eso es nuevo.
—No te acostumbres.
Se apartó, se sentó en el suelo frente al sofá como si no confiara en sus piernas, y miró hacia la cocina, donde Nicolás seguía preparando té con una paciencia que ya empezaba a parecer deliberada.
—¿Y tú? —le preguntó.
Nicolás apagó la hornilla antes de responder. —Asustado.
Bruno lo estudió, buscando quizá arrogancia, evasión, culpa útil para atacar; no encontró nada cómodo.
—Bien —dijo al fin—. Al menos no estamos fingiendo competencia emocional.
—No —respondí—. Estamos todos reprobando con cierta dignidad.
Bruno me miró con una ternura brusca. —Esa frase sí suena a ti.
La mañana del segundo análisis, los tres fuimos al laboratorio, aunque Bruno aceptó quedarse en la cafetería de la planta baja después de que le dije que no necesitaba un comité entrando conmigo a que me sacaran sangre.
Me gustó y me dolió la precisión con que ya conocía esa regla no escrita: no adelantar el contacto, no retirarlo cuando yo lo buscara, no convertirlo en un símbolo mayor que el momento.
La extracción fue rápida. El resultado tardaría unas horas.
Al salir, Bruno fingía leer correos en una mesa de la cafetería, pero tenía el café intacto y la mirada fija en la entrada. Cuando nos vio, se levantó como si esperara un diagnóstico inmediato.
—No hay noticias todavía —dije.
—Lo sé. Solo me levanté porque esta silla es ofensiva para la columna.
—Claro.
Volvimos al apartamento en silencio; Bruno quiso ordenar comida; Nicolás quiso preparar algo liviano; yo no quería comer nada. Ganó Mara, aunque estaba en Miami, porque llamó justo en medio de la discusión y, al enterarse de que yo llevaba tres galletas y medio té en todo el día, dijo por altavoz:
—Clara, come algo antes de que estos dos conviertan una sopa en una disputa de masculinidad funcional.
—Mara —dije—, no necesito otro adulto remoto.
—No soy remota. Soy inevitable.
Bruno, desde la cocina, murmuró: —Eso es cierto.
Mara ignoró el comentario o decidió guardarlo para destruirlo después.
—¿Dolor? —preguntó.
—Leve.
—¿Sangrado?
—Poco.
—¿Náuseas?
—Sí.
—¿Nicolás está respirando de manera insoportablemente controlada?
Nicolás se acercó al teléfono. —Estoy aquí.
—Eso no responde, pero confirma.
Por primera vez en días, reímos los tres, incluso Nicolás, y la risa entró en el apartamento como una visita breve que no sabía si tenía permiso de quedarse. Después Mara se puso seria.
—Clara, no voy a preguntarte qué quieres hacer. Solo voy a decir algo práctico. Cuando el resultado llegue, no lo leas sola en un baño ni en una escalera de emergencia ni en ninguna escena simbólicamente pobre. Lo lees sentada, con agua, y con alguien cerca. No por incapaz. Por humana.
No respondí enseguida.
—Está bien —dije.
—Gracias por fingir obediencia. Me basta por ahora.
El resultado llegó a las cuatro y cuarenta y dos.
Estábamos en la sala. Bruno había salido a comprar comida que yo no iba a querer y Nicolás estaba sentado en la silla junto a la ventana, leyendo el mismo informe médico por tercera vez, aunque pretendía revisar correos. El teléfono vibró sobre la mesa; vi el remitente; se me cerró la garganta.
Nicolás levantó la vista.
—¿Quieres que esté aquí? —preguntó.
Asentí.
Se sentó a mi lado en el sofá, no demasiado cerca. Tomé el teléfono. Abrí el archivo.
La cifra había subido.
Pero poco.
Menos de lo esperado.
No necesitaba ser médica para entenderlo; mi cuerpo lo entendió antes que mi cabeza. Sentí una especie de caída silenciosa, no una sorpresa sino la confirmación de que la habitación seguía sin localizarse y que cada vez había menos espacio para imaginar que todo era normal.
—Subió poco —dije.
—¿Llamamos a Rivas?
Asentí.
La doctora contestó después de diez minutos que parecieron una hora. Le envié el resultado. Ella lo revisó en silencio, y ese silencio fue peor que muchas frases.
—No es la evolución que nos gustaría —dijo al fin—. Con el dolor previo, el sangrado y la ecografía sin localización, tenemos que tomar esto en serio. Quiero que vuelva a urgencias o a una unidad obstétrica hoy para repetir evaluación. No mañana.
—¿Puede ser todavía temprano?
—Puede. Pero la tendencia no es tranquilizadora.
Necesitamos descartar con más firmeza un embarazo ectópico o una evolución no viable.
Y si hay sospecha suficiente, tal vez le planteen tratamiento.
Clara, escúcheme bien: esto no es un castigo, no es una prueba moral y no es una escena que usted tenga que hacer hermosa. Es medicina. Su salud importa primero.
Su salud importa primero.
La frase, tan simple, me hizo cerrar los ojos.
—Voy —dije.
Bruno volvió justo cuando Nicolás estaba guardando mis papeles en una carpeta, y al ver nuestras caras no preguntó si había buenas noticias. Dejó la bolsa de comida sobre la mesa.
—Hospital —dijo.
—Sí.
—Voy.
—No todos —respondí.
Bruno se detuvo.
—Clara.
—Necesito que vengas, pero no que entres a todo. Necesito a Nicolás conmigo en la consulta. A ti afuera. No porque importes menos. Porque si están los dos mirándome mientras una doctora dice opciones, voy a sentir que tengo que cuidar a alguien.
La frase le dolió; lo vi, pero esta vez Bruno tuvo la decencia de no convertir su dolor en argumento.
—Está bien —dijo.
Nicolás lo miró con algo parecido al respeto.
—No hagas esa cara —le dijo Bruno—. Estoy siendo maduro bajo protesta.
En el hospital nos recibió otra doctora, mayor que la anterior, con cabello corto y voz firme.
Revisó los resultados, repitió exploración, pidió otra ecografía.
Esta vez ya no miré la pantalla buscando descifrar manchas.
Miré a Nicolás. Él me sostuvo la mirada todo el tiempo, aunque sé que quería mirar también, que una parte de él necesitaba ver el lugar de la amenaza, de la posibilidad, de la pérdida.
No lo hizo hasta que yo cerré los ojos, y me importó que esperara.
Después nos llevaron a una sala pequeña.
La doctora fue clara; no cruel; Clara.
La hormona no evolucionaba bien; no se veía embarazo intrauterino; podía tratarse de un embarazo ectópico temprano o de un embarazo no viable de localización incierta.
Había opciones: vigilancia muy estrecha si las condiciones eran seguras, con riesgo de que empeorara; tratamiento médico para detener el crecimiento de un embarazo que no podía confirmarse como viable y que podía poner en riesgo mi salud; intervención si aparecían signos de emergencia. Cada una requería seguimiento.
Yo escuchaba como si estuviera bajo el agua.
Nicolás estaba a mi lado, pero no me tocaba. Tal vez porque mis manos estaban cerradas con fuerza sobre mi regazo; tal vez porque sabía que, si me tocaba demasiado pronto, podía confundirme.
—¿Puede llegar a ser un embarazo normal? —pregunté.
La doctora no esquivó.