Nunca de nadie Capítulo quince — El cuarto blanco #2
42%

Capítulo quince — El cuarto blanco #2

—Si fuera ectópico, hablaremos de proteger su salud. Esa sería la prioridad. Y aun así usted tendrá derecho a sentir cosas contradictorias.

—No quiero que Nicolás me mire como si yo fuera una pérdida.

—¿Lo hace?

Pensé en su pregunta inicial —«¿estás bien?»—, en su silencio, en su forma de quedarse fuera hasta que yo lo llamara y en su miedo admitido sin exigirme repararlo.

—No —dije—. Pero temo que lo haga después.

—Entonces esa conversación tendrá que ocurrir si llega. No antes de castigar ambos por adelantado.

Salimos del hospital a media tarde, con instrucciones impresas, una cita para repetir análisis, señales de alarma subrayadas y una fatiga que parecía haberse instalado en mis huesos.

Afuera, Chicago estaba más claro. El sol se reflejaba en la nieve sucia con una belleza brutalmente ajena a lo que acabábamos de escuchar.

Nicolás llamó un auto. Yo me apoyé contra la pared del edificio mientras esperábamos.

—Tengo que decirle a Bruno —dije.

Nicolás asintió. —Sí.

—No quiero.

—Lo supuse.

—Va a venir.

—Probablemente.

—Va a odiarte.

—Eso ya estaba en su agenda antes.

—Más.

—Puedo vivir con eso.

—No conviertas todo en nobleza.

—No. Solo en logística emocional previsible.

Lo miré; estaba agotado, ojeroso, con la barba más marcada y el abrigo mal cerrado. No por romántica, sino porque la ternura, en medio de una incertidumbre así, podía volverse una forma de deuda si una no tenía cuidado.

—No te debo querer más por estar aquí —dije.

Nicolás me miró serio. —No.

—Ni menos por necesitar espacio después.

—No.

—Ni una decisión.

—No.

El auto llegó. Él abrió la puerta. Antes de entrar, apoyé una mano en su pecho.

—Pero gracias.

Nicolás cubrió mi mano con la suya un segundo.

—Eso sí lo acepto.

En el apartamento, dormí dos horas mientras Nicolás se quedó en la sala, respondiendo mensajes mínimos, hablando en voz baja con seguridad del museo para justificar mi ausencia y, supuse, leyendo una y otra vez las indicaciones médicas como si la repetición pudiera convertir la incertidumbre en procedimiento.

Nicolás había dejado sopa en la cocina, agua junto a la cama y mi teléfono cargando sobre la mesa.

Había siete llamadas perdidas de Bruno.

—Mierda —murmuré.

Nicolás apareció en la puerta de la habitación, sin entrar. —Llamó a mí también.

—¿Le dijiste?

—No. Dije que estabas descansando y que lo llamarías.

—¿Gritó?

—De maneras creativas.

Me senté despacio. —Dame el teléfono.

Bruno contestó con una frase que no pude procesar porque era demasiado rápida y demasiado furiosa.

Lo dejé hablar. Dijo Chicago, museo, migraña falsa, Nicolás, hospitales, “no soy idiota”, “Laura sabe mentir mejor que tú y aun así no le creo”, “¿qué demonios está pasando?”. Cuando se quedó sin aire, dije:

—Estoy embarazada.

Silencio.

Fue casi cómico, si algo de aquello pudiera serlo. Bruno Casal, por primera vez en mucho tiempo, se quedó sin frase.

—Es temprano —continué—. Hay dolor y sangrado. Fui a urgencias. No saben todavía si evoluciona bien, si se pierde o si hay complicación. Estoy en casa. Nicolás está aquí. Estoy vigilada. No vengas todavía.

El silencio siguió un segundo más.

—Voy —dijo.

—Bruno.

—No me digas que no vaya.

—No vengas todavía.

—Clara.

—Necesito que me escuches. No necesito administrar tu miedo además del mío.

La frase lo detuvo. Lo oí respirar.

—Eso fue injusto —dijo, pero su voz ya no era furia pura.

—Sí. Pero también cierto.

—Maldita sea.

—Sí.

—¿Estás en peligro?

—No inmediato. Si algo cambia, vuelvo al hospital. Tengo instrucciones. Nicolás está aquí.

—No uses a Nicolás como sedante para mí.

—No lo hago. Te digo un hecho.

—¿Y tú? ¿Qué quieres?

La pregunta me sorprendió porque esperaba reproches, no precisión.

—No lo sé.

—Está bien —dijo al fin, y en su voz hubo un esfuerzo visible por no ocupar todo el espacio—. No iré esta noche. Mañana hablamos. Si no contestas, voy.

—Eso es justo.

—No, es lo mínimo que me impide tomar un vuelo ahora mismo.

—Gracias.

—No me des las gracias. Estoy furioso, asustado y sentimental, y ninguna de esas cosas me favorece.

—Lo sé.

Antes de colgar, su voz cambió.

—Clara.

—Sí.

—No conviertas esto en una tesis sobre tu libertad. Come. Duerme. Repite análisis. Después piensa.

Sonreí apenas, cansada. —Todos están robándole frases a la doctora Rivas.

—La doctora Rivas siempre fue más inteligente que nosotros.

Colgué.

Nicolás estaba en la puerta, mirándome con cuidado.

—¿Sobrevivió? —preguntó.

—Apenas.

—¿Viene?

—No todavía.

—Impresionante.

—Le dije que no necesitaba administrar su miedo además del mío.

—Eso debió dolerle.

—Sí.

—Bien.

Lo miré con una ceja levantada.

—No por dolor —aclaró—. Por útil.

—Mara estaría orgullosa de ti.

—Empiezo a preocuparme.

Esa noche comí sopa. Nicolás se sentó frente a mí en la mesa pequeña, no demasiado cerca, y hablamos de cosas que no tenían que ver con el embarazo durante casi veinte minutos: una artista que quería cambiar una pieza en Chicago, un correo absurdo de un coleccionista de Miami, Mara amenazando con renunciar si Bruno seguía enviándole mensajes de voz de más de dos minutos.

Después, cuando el silencio volvió a llenarse de lo que no decíamos, le pregunté:

—¿Pensaste en tener hijos?

Nicolás dejó la cuchara.

—No de manera real.

—¿De qué manera?

—Como miedo. Como imagen. Como algo que otras personas hacen. Como una pregunta que mi madre usó alguna vez para decir que la familia se repara con descendencia, y que yo convertí en una razón más para no darle nada.

—¿Y ahora?

Miró la mesa. —Ahora intento no pensar en un hijo abstracto antes de pensar en ti sentada aquí con dolor.

La respuesta me dolió y me sostuvo.

—Pero piensas.

—Sí.

—¿Qué piensas?

Nicolás tardó. —Pienso que si esto continúa y si tú decides continuarlo, voy a tener miedo de parecerme a todo lo que odio.

A mi madre usando el dolor como propiedad.

A mí mismo intentando controlar lo que amo.

A un hombre que convierte una vida en prueba de reparación.

Pienso que no sé cuidar algo pequeño sin vigilarlo demasiado.

Pienso que quizá aprendería. Pienso que no tengo derecho a pedirte la oportunidad de aprender con tu cuerpo como terreno.

No pude hablar enseguida.

—Eso es mucho —dije.

—Sí.

—Gracias por no hacerlo bonito.

—No me sale bonito.

—Mentira.

—No esta vez.

Me levanté despacio. Él hizo el gesto de levantarse también, pero se detuvo antes de completarlo; sonreí apenas; la noche estaba llena de esos movimientos interrumpidos: pequeñas victorias contra el impulso de controlar.

—Puedes abrazarme —dije.

Nicolás se puso de pie.

El abrazo fue cuidadoso al principio. Luego dejé que mi peso cayera un poco más contra él. Pero había algo; algo vivo; algo que no sabía dónde ubicarse todavía.

—Si esto se pierde —murmuré contra su pecho—, no quiero que desaparezcas por no saber qué hacer conmigo.

Su respiración cambió.

—No voy a desaparecer.

—No prometas desde el miedo.

—No. Prometo desde la decisión de quedarme aunque no sepa hacerlo perfecto.

—Las decisiones puras no existen —dije.

—No.

—Las perfectas tampoco.

—Menos.

Esa noche, cuando me acosté, Nicolás volvió al sofá.

A mitad de la madrugada me desperté con dolor leve, no fuerte, y lo llamé.

No porque necesitara ir al hospital, sino porque necesitaba no estar sola durante diez minutos.

Él entró, se sentó en el suelo junto a mi cama y apoyó la espalda contra la pared.

No se acostó conmigo ni intentó tocarme hasta que le tendí la mano.

—Quédate hasta que me duerma —dije.

—Sí.

Su mano sostuvo la mía en la oscuridad.

No hablamos.

En esa habitación pequeña de Chicago, con una posibilidad incierta dentro de mí y un hombre sentado en el suelo para no cruzar un límite que yo no había abierto del todo, entendí que quizá sostener una vida, cualquier vida, empezaba exactamente así: no con certezas, no con pureza, no con grandes discursos, sino con alguien dispuesto a quedarse cerca sin exigir que el miedo se resolviera para merecer compañía.