Nunca de nadie Capítulo quince — El cuarto blanco
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Capítulo quince — El cuarto blanco

CAPÍTULO QUINCE

EL CUARTO BLANCO

E n urgencias, todo parecía diseñado para impedir que el miedo tuviera estilo: las luces demasiado blancas, las sillas de plástico alineadas contra la pared, el olor a desinfectante y café quemado, los televisores mudos con subtítulos corriendo bajo noticias que nadie miraba de verdad, los formularios impresos en papel barato, las pulseras de identificación, las puertas automáticas abriéndose y cerrándose con una indiferencia que me pareció casi ofensiva.

Yo había pasado los últimos meses rodeada de salas donde cada objeto era colocado con intención, cada vacío defendido, cada línea de luz discutida hasta el agotamiento, y de pronto estaba allí, sentada en una silla fría, con una mano sobre el vientre y otra dentro de la mano de Nicolás, esperando que alguien me llamara por mi nombre para reducir mi vida a presión arterial, intensidad del dolor, fecha de última menstruación y cantidad de sangre.

Nicolás no hablaba. Eso, en otra circunstancia, me habría irritado o me habría parecido una nueva forma de control, pero allí, bajo las luces del hospital, su silencio era distinto: concentrado, casi obediente, como si hubiera decidido no agregar ni una sola palabra al ruido que ya estaba dentro de mí.

Había entregado mis documentos, había repetido con precisión los síntomas cuando la recepcionista me hizo preguntas que yo no pude contestar de inmediato, había escrito mi nombre en el formulario porque la mano me temblaba demasiado, y luego se había sentado a mi lado sin apropiarse de la espera.

Solo estaba allí, con el abrigo abierto, el cabello revuelto, los ojos fijos en la puerta por donde entraban y salían enfermeras.

Cada tanto, su pulgar se movía sobre mis dedos, apenas.

Eso bastaba.

Me llamaron después de una espera que pudo haber sido de veinte minutos o de una hora, porque el tiempo, en los hospitales, deja de tener una medida confiable y empieza a organizarse alrededor de puertas que no se abren.

Una enfermera me condujo a una sala pequeña, separada por cortinas, y le preguntó a Nicolás si era mi pareja; él fue el único que entró conmigo.

Me tomaron la presión, la temperatura, el pulso, me hicieron preguntas sobre el dolor, sobre el sangrado, sobre mareos, sobre desmayos, sobre antecedentes que de pronto parecían pertenecer a otra mujer.

¿Cuánto duele mirar a un hombre que podría ser padre y no saber si esa palabra lo salvaría o lo destruiría?

¿Cuánto duele haber tardado tanto en recuperar la voz para descubrir que ahora había otra posibilidad, muda, diminuta, multiplicándose o fallando dentro de mi cuerpo?

—Cuatro —dije.

La enfermera anotó cuatro.

Nicolás no soltó mi mano hasta que una doctora joven entró, se presentó con un apellido que olvidé de inmediato y explicó, con un tono entrenado para no asustar ni prometer, que por las cifras, el dolor y el sangrado necesitaban descartar varias cosas: un embarazo muy temprano con sangrado de implantación o amenaza de pérdida, un embarazo que no estuviera evolucionando, o un embarazo fuera del útero.

Aun así, cada posibilidad cayó sobre mí como una puerta distinta.

—Vamos a hacer una ecografía —dijo—. Por las semanas estimadas, puede ser que todavía no veamos mucho. Eso no siempre significa algo malo. Pero necesitamos mirar.

Mirar.

La palabra me rozó como una ironía cruel.

Nicolás apretó mi mano apenas, un gesto involuntario. No miré hacia él porque sabía que, si veía su cara en ese momento, se me iba a romper la poca estabilidad que me quedaba.

La ecografía fue una experiencia menos poética y más incómoda de lo que cualquier cultura sentimental sobre la maternidad admite.

La sala estaba en penumbra, el monitor a un lado, la técnica moviéndose con eficiencia, la doctora observando la pantalla con una concentración que me pareció insoportable porque no podía leer en su rostro ninguna sentencia.

Nicolás permaneció cerca de mi cabeza, de pie, una mano sobre mi hombro, después de preguntarme si quería que estuviera allí.

Le dije que sí. No porque necesitara que viera, sino porque necesitaba no estar sola mientras otros miraban dentro de mí buscando una respuesta.

En la pantalla, manchas grises, zonas negras, formas que no significaban nada para mí. Una lágrima me cayó hacia la oreja y me dio rabia ese detalle físico, tan poco elegante, tan real.

—No vemos un saco gestacional intrauterino todavía —dijo la doctora al final, después de limpiarse las manos y acercarse a mí con la seriedad de quien sabe que una frase puede convertirse en caída—.

Con sus niveles, puede ser simplemente demasiado temprano.

No vemos señales claras de ruptura ni una masa evidente fuera del útero, lo cual es tranquilizador, pero no podemos descartar por completo.

En este momento lo llamamos embarazo de localización incierta.

Necesitamos repetir la hormona en cuarenta y ocho horas y vigilar síntomas.

Si el dolor aumenta, si hay sangrado fuerte, mareo, desmayo, vuelve de inmediato.

Embarazo de localización incierta.

Pensé que ninguna frase podía describir mejor mi vida en ese instante.

Aún no podía considerarse seguro, perdido ni confirmado en el lugar donde debía estar; tampoco era una promesa o una pérdida, sino una posibilidad sin localización, una habitación no encontrada.

—¿Y ahora? —pregunté.

Mi voz sonó demasiado tranquila.

—Ahora, si el dolor se mantiene controlado y sus signos están bien, podemos observar unas horas y quizá enviarla a casa con indicaciones muy claras, o dejarla en observación más tiempo si el dolor sigue.

Quiero repetir una prueba de sangre aquí para comparar con la anterior y hablar con obstetricia.

No vamos a tomar una decisión irreversible sin más datos, salvo que algo cambie y su salud lo requiera.

Decisión irreversible.

La frase me produjo un frío distinto.

Nicolás habló por primera vez en mucho rato. —¿Hay riesgo para ella ahora?

La doctora lo miró con profesionalidad. —Ahora mismo no vemos signos de emergencia inmediata, pero sí hay que vigilar. Si fuera ectópico y avanzara, podría ser grave. Por eso no vamos a minimizar el dolor.

Agradecí que hiciera la pregunta. Agradecí más que no preguntara por el embarazo antes de preguntar por mí.

Nos dejaron en una sala de observación. La cama era estrecha, la manta del hospital áspera y caliente, la cortina azul demasiado delgada para sostener la ilusión de privacidad.

Afuera se oían ruedas, pasos, voces, una mujer llorando en otra sala, un niño tosiendo, un médico dictando algo sobre medicamentos.

Parecía más joven y más viejo al mismo tiempo.

—Dime algo feo —le pedí.

Levantó la vista.

—¿Feo?

—Algo que no sea útil, ni profundo, ni correcto. Algo normal.

Nicolás tardó un segundo. Luego dijo:

—La enfermera de admisión me odió porque no encontraba tu fecha de nacimiento en el formulario y escribí la mía primero.

Lo miré.

—Eso es muy poco competente para un hombre que controla sensores en una casa entera.

—La presión no me favorece en papelería médica.

Una risa pequeña, casi dolorosa, me salió del pecho. Me hizo doler el vientre y me callé enseguida.

Nicolás se levantó de inmediato. —¿Dolor?

—Un poco. No te levantes como si fuera a romperme.

Se quedó a medio movimiento, obligado a decidir si obedecía al miedo o a mí. Volvió a sentarse despacio.

—Estoy intentando no hacerlo todo mal —dijo.

—Lo sé.

—Siento que cualquier cosa que diga puede empujarte hacia un lado.

—Sí.

—Eso no ayuda.

—No.

—Entonces voy a decir una sola cosa y después me callo.

—Peligroso.

—Lo sé.

Esperé.

Nicolás miró nuestras manos, no mi cara.

—Si esto se pierde, no será porque lo dudaste.

Si continúa, no será porque lo mereciste por sufrir.

Si decides no continuar, no será porque no sabes amar.

Si decides continuar, no será porque tienes que demostrar que puedes.

No quiero que Valeria, Tomás, Lucía, mi miedo, tu miedo o cualquier idea sobre lo que una mujer libre debería hacer entren contigo a esa decisión.

No sé si eso es posible. Pero quiero ayudar a cuidar ese espacio.

Me callé, no por falta de respuesta, sino porque la respuesta era llorar y estaba cansada de hacerlo con público, aunque el público fuera una cortina azul y un hombre que ya me había visto rota de varias maneras.

—Eso fue más de una cosa —dije al fin.

—No sé contar bajo presión.

—Ya lo comprobamos.

Nicolás sonrió apenas, pero la sonrisa no le llegó completa a los ojos.

Cerca del mediodía, me dejaron comer galletas y tomar agua.

El dolor bajó un poco; el sangrado no aumentó.

La doctora volvió con resultados: la hormona seguía en una zona ambigua, no lo bastante clara para celebrar ni lo bastante mala para concluir.

Otra vez esperar; otra vez vigilar; otra vez repetir.

—Puede ir a casa si se siente capaz y si no estará sola —dijo.

Miré a Nicolás.

—No estará sola —respondió él.

La doctora me miró a mí, no a él. Ese detalle me gustó.

—¿Está cómoda con eso?

Cómoda; qué palabra absurda.

—Sí —dije.

Antes de irnos, pedí hablar unos minutos a solas con la doctora. Nicolás se levantó de inmediato, sin pedir explicación, y salió al pasillo. La doctora cerró la cortina y esperó.

—No sé si quiero esto —dije.

La frase, dicha allí, con la bata del hospital todavía puesta y una pulsera con mi nombre alrededor de la muñeca, sonó menos monstruosa de lo que había temido.

La doctora no cambió de expresión. —Está bien no saberlo.

—Pero si se está perdiendo, siento que no tengo derecho a no saber.

—El miedo a perder algo y la duda sobre querer sostenerlo pueden coexistir. No se anulan. No la convierten en mala persona.

—¿Y si siento alivio si sale mal?

—Entonces sentirá alivio, y quizá tristeza, y culpa por el alivio, y dolor por la culpa. Las emociones no son contratos morales.

Me cubrí los ojos con una mano. —Estoy cansada.

—Lo sé.

—Si fuera ectópico…