Nunca de nadie Capítulo catorce — Las decisiones puras no existen #2
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Capítulo catorce — Las decisiones puras no existen #2

—Tengo miedo de que si decido no continuar, me odies —dije.

El silencio del otro lado cambió de temperatura.

—No —dijo Nicolás.

—No respondas rápido.

—No.

—Nicolás.

—No te odiaría. Tendría dolor, probablemente. Confusión. Tal vez una tristeza que no sabría dónde poner. Pero no te odiaría. Y si alguna parte de mí intentara convertirlo en odio porque el dolor busca una forma más fácil, esa parte no tendría derecho a gobernar lo que te diga.

Lloré con la cara contra las rodillas.

—Y si decido continuar —dije—, tengo miedo de odiarte yo. No por culpa tuya. Por sentir que mi vida vuelve a organizarse alrededor de alguien más antes de estar lista.

—Entonces no me dejarás ocupar ese centro.

—No sé si sabré impedirlo.

—Te ayudaré a impedirlo, aunque me duela.

La frase fue tan extraña, tan poco romántica en el sentido habitual, que me pareció una promesa seria.

—¿Quieres venir? —pregunté.

Hubo una pausa larga. —Sí.

—¿Puedes no venir todavía?

—Sí.

—¿Te duele?

—Sí.

—Lo siento.

—No te disculpes por pedirme espacio.

—No sé hacerlo sin sentirme cruel.

—Entonces sé cruel con cuidado.

Me reí entre lágrimas. —Eso sí deberías ponerlo en una pared.

—No me tientes.

Hablamos casi una hora. Después de colgar, dormí por tramos, con sueños breves y confusos en los que una puerta se abría hacia otra puerta y alguien, no sabía quién, me decía que no tenía que entrar a todas para demostrar que era valiente.

Las cuarenta y ocho horas siguientes fueron un corredor estrecho.

El cuerpo empezó a volverse más presente.

Náuseas por la mañana, un cansancio denso en la tarde, un hambre extraña a horas absurdas, un olfato insoportable que convirtió el café del museo en un enemigo personal.

Si dejaba de sentir algo durante unas horas, me asustaba también.

Esa era una de las primeras crueldades del embarazo temprano: incluso el cuerpo, con toda su aparente evidencia, hablaba en códigos inestables. Yo interpreté todas.

No le dije a Bruno hasta el segundo análisis.

No fue una decisión heroica. Fue agotamiento.

Sabía que Bruno entraría con su mezcla de afecto, control y dramatismo negado, y no tenía todavía energía para administrarlo.

Pero él notó algo, por supuesto. En una llamada sobre Chicago, me preguntó si estaba enferma.

Dije que no. Me dijo que mentía peor desde que había recuperado la voz.

Le colgué. Me envió un mensaje: “Eso confirma mi punto”. No respondí.

El segundo análisis mostró que la cifra subía, pero no tan claramente como la doctora quería.

—No significa necesariamente algo malo —dijo Rivas por teléfono, y yo odié de inmediato la palabra necesariamente—.

Necesitamos repetir otra vez y programar ecografía.

Puede ser que las fechas estén desfasadas.

Puede ser implantación tardía. Puede ser una evolución no viable.

También, aunque no quiero alarmarla, hay que descartar embarazo ectópico si aparecen dolor o sangrado.

La palabra ectópico abrió una ventana de hospital dentro de mi cabeza.

—¿Peligroso?

—Puede serlo si no se detecta. Por eso estamos vigilando. Si hay dolor fuerte de un lado, sangrado abundante, mareo, desmayo, urgencias.

—Lo dijo la otra vez.

—Y lo repito porque la gente inteligente también hace estupideces cuando está asustada.

—Mara estaría de acuerdo con usted.

—Entonces Mara parece sensata.

—Demasiado.

Colgué con una calma falsa que duró exactamente seis minutos.

Luego llamé a Nicolás.

—La cifra sube, pero no como quieren —dije apenas contestó—. Hay que repetir. Ecografía. Descartar cosas. No sé. No sé nada.

—Voy.

La palabra salió de él sin espera.

Esta vez no dije que no.

El silencio posterior fue la confirmación.

—¿Clara?

—Sí —dije—. Ven.

Nicolás llegó a Chicago esa noche, en el último vuelo.

Yo no fui a buscarlo. Me lo pidió él: “No salgas. Llego al apartamento.” Esa vez acepté la instrucción sin sentirme dominada, quizá porque estaba demasiado cansada para convertir cada cuidado en campo de batalla, quizá porque empezaba a aprender que la libertad también incluye elegir cuándo una no quiere sostener sola el peso de su propio abrigo.

Cuando tocó la puerta, me levanté despacio, sin haber preparado nada, maquillarme u ordenar los libros, las tazas y la bolsa de galletas abierta sobre la mesa, y entonces abrí.

Nicolás estaba del otro lado con el rostro pálido de viaje, el abrigo oscuro, una pequeña maleta en una mano y una tensión en los ojos que intentó no arrojarme encima. Nos miramos un segundo. Luego dejó la maleta en el suelo y abrió los brazos, no avanzando todavía, esperando.

Fui hacia él.

El abrazo no fue como en el museo. Me aferré a su abrigo con una fuerza que no había previsto, y Nicolás me sostuvo sin hablar, una mano en mi espalda, la otra en mi cabeza, su cara contra mi cabello. Sentí que temblaba; él también; esa simetría me asustó y me alivió.

—Estoy aquí —dijo.

—Lo sé.

—No voy a preguntar nada todavía.

—Gracias.

Entró; se movía con cuidado, mirando antes de abrir un cajón, preguntando dónde estaban las tazas, no apropiándose del espacio. Esa forma de no ocupar mi apartamento como si su preocupación le diera derecho fue, esa noche, una de las cosas que más me sostuvo.

Nos sentamos en el sofá, uno junto al otro, sin encender la televisión, sin música. Le conté todo: cifras, llamadas, ectópico, no viable, repetir, esperar. Él escuchó sin interrumpir salvo para pedir aclaraciones concretas. Cuando terminé, parecía haber envejecido varias horas.

—Tengo miedo —dijo.

—Yo también.

—No quiero que suene como si mi miedo tuviera el mismo peso que el tuyo.

—No lo tiene.

Asintió. —Lo sé.

Esa aceptación, sin defensa, me permitió apoyarme contra él.

—Si esto no sigue —dije—, no sé qué voy a sentir.

—No tienes que saberlo antes.

—Si sigue, tampoco.

—Tampoco.

—Si tengo que decidir…

No terminé.

Nicolás tomó mi mano. —No decidirás para protegerme.

—No.

—Ni para castigarme.

—No.

—Ni para demostrar que eres libre.

La frase me hizo cerrar los ojos.

—No sé si puedo prometer eso —dije.

—Entonces lo vigilaremos.

—¿Lo vigilaremos?

—Sí. Tú, yo, la doctora, quizá Mara si hace falta aterrorizar a la metafísica.

Reí, y la risa se mezcló con llanto.

—No quiero decirle a Mara todavía.

—Está bien.

—Ni a Bruno.

—Eso va a ser más difícil. Bruno sospecha hasta de las plantas.

—Lo sé.

Esa noche Nicolás durmió en el sofá.

Lo entendió sin que yo se lo pidiera con palabras: me acompañó hasta la puerta de mi habitación, me besó la frente y dijo que estaría ahí, al otro lado, si necesitaba algo.

No intentó convertir el miedo en intimidad física ni usó la vulnerabilidad como atajo.

Me sentí agradecida y sola, ambas cosas a la vez. Antes de cerrar la puerta, le dije:

—Puedes entrar si te llamo.

—Solo si me llamas.

Dormí mal, pero dormí.

Al amanecer, me despertó un dolor bajo, punzante, del lado derecho.

No era insoportable.

No era leve.

Me quedé inmóvil, esperando que pasara; no pasó; después vi una mancha de sangre en la ropa interior.

Durante unos segundos, mi mente se quedó vacía, como si el cuerpo hubiera activado una alarma demasiado antigua para pasar por lenguaje. Luego llamé a Nicolás.

Sin gritar, me limité a decir su nombre.

La puerta se abrió casi de inmediato. Él apareció descalzo, con la camisa arrugada, el rostro todavía a medio salir del sueño y los ojos ya completamente despiertos.

—Dolor —dije—. Y sangre.

No hizo una sola pregunta inútil. Tomó el teléfono, mi abrigo, mis botas, la carpeta con los análisis que yo había dejado sobre la mesa como si hubiera sabido, y en menos de diez minutos estábamos en un auto camino a urgencias.

Chicago amanecía detrás de los vidrios con una indiferencia glacial.

Yo iba con una mano sobre el vientre y la otra apretando la de Nicolás.

No rezaba.

No decidía.

No imaginaba.

Solo escuchaba el sonido de nuestra respiración, viva, asustada, todavía aquí.