Nunca de nadie Capítulo catorce — Las decisiones puras no existen
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Capítulo catorce — Las decisiones puras no existen

CAPÍTULO CATORCE

LAS DECISIONES PURAS NO EXISTEN

A la mañana siguiente, Chicago amaneció con una luz gris que no parecía venir del cielo sino de las paredes mismas, una luz baja, clínica, sin dramatismo, casi administrativa, y me pareció una crueldad adecuada que el día en que iba a confirmar si una posibilidad estaba empezando dentro de mi cuerpo no tuviera ninguna belleza particular, ningún signo, ninguna música secreta, solo nieve sucia en las esquinas, taxis avanzando con cansancio, gente entrando al metro con vasos de café, y yo caminando hacia un laboratorio con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y la sensación de estar llevando bajo la ropa una noticia que todavía no sabía si era mía, si era nuestra, si era una amenaza, si era una promesa o si era apenas un error químico esperando ser corregido por un resultado.

El laboratorio estaba en un edificio médico de ladrillo oscuro, en el tercer piso, junto a una consulta de dermatología y una oficina donde una pantalla anunciaba tratamientos para migrañas con una alegría absurda.

Di mi nombre, entregué la orden que me había enviado la doctora Rivas, firmé papeles que convertían mi cuerpo en casillas, fecha de última menstruación, antecedentes, medicamentos, alergias, contacto de emergencia, y cuando llegué a esa última línea, dudé más de lo razonable.

Al final escribí el nombre de una colega del museo con quien apenas tenía confianza suficiente para una emergencia real, y esa cobardía burocrática me dio vergüenza, aunque nadie en la recepción la notó.

Me sacaron sangre en una sala blanca con una silla azul, un póster de venas humanas y una enfermera que me habló del clima mientras apretaba la banda elástica alrededor de mi brazo.

Yo miré hacia otro lado, no porque me impresionara la aguja, sino porque de pronto la sangre, mi sangre, se volvió demasiado narrativa para soportarla sin ironía: allí, en ese tubo pequeño, una cifra iba a intentar traducir una incertidumbre que me había pasado la noche entera respirando bajo las costillas.

Beta hCG; progesterona; hemograma. Palabras limpias, técnicas, casi tranquilizadoras, porque no sabían nada de Tomás ni de Nicolás ni de la manera en que una mujer puede tardar años en recuperar su vida y luego descubrir que su cuerpo le propone otra forma de entrega antes de que haya terminado de aprender la primera.

Salí del laboratorio con una curita en el brazo y una instrucción simple: resultados en unas horas, quizá al final del día.

Esa espera, después de tantas esperas más grandes, debería haber sido soportable.

Discutí con iluminación la temperatura de una sala.

Respondí un correo de Bruno sobre la continuidad de la exposición de Nicolás en Miami y le mentí por omisión cuando me preguntó si todo estaba bien en Chicago.

Me gustó menos imaginar su reacción si le decía la verdad por mensaje, entre una factura y una reunión con coleccionistas.

Nicolás no llamó.

Me escribió a mediodía: “Estoy aquí. Sin preguntar.”

Miré el mensaje durante mucho tiempo antes de responder: “Gracias.”

Nada más.

Esa fue otra forma de conversación.

Los resultados llegaron a las cinco y diecisiete.

Estaba sola en una sala de conservación, revisando fotografías sobre una mesa acolchada, cuando el correo apareció en el teléfono; no lo abrí de inmediato.

Me quité los guantes, los doblé con más cuidado del necesario, salí al pasillo, busqué una escalera de emergencia y me senté en un peldaño frío, entre una pared de concreto y una puerta metálica que olía a polvo. Abrí el archivo.

Positivo.

No se trataba de una línea de farmacia, una intuición o una puerta imaginaria, sino de una cifra lo bastante alta para confirmar un embarazo y lo bastante temprana para no decir nada más.

Leí el resultado dos veces, luego tres, y algo en mí se quedó extrañamente quieto.

Había esperado que la confirmación trajera una emoción más definida, una alegría brusca, un terror organizado, una tristeza que pudiera nombrar, pero lo que llegó primero fue silencio.

Un silencio blanco, abierto, en el que todo lo que podía pasar todavía no había tomado partido.

La doctora Rivas me llamó veinte minutos después.

—Confirmado —dijo, sin ceremonia.

—Sí.

—Es muy temprano. Necesitamos repetir la beta en cuarenta y ocho horas para ver evolución y programar ecografía según cifras y fechas. ¿Ha tenido dolor fuerte, sangrado, mareos intensos?

—Náuseas. Cansancio. Algo de presión baja, creo. Nada fuerte.

—Bien. Si aparece dolor de un lado, sangrado abundante, desmayo o dolor de hombro, va a urgencias. No lo negocia conmigo ni con nadie. ¿Entendido?

—Entendido.

—Y ahora, Clara, respire antes de convertir la cifra en destino.

Cerré los ojos, apoyada contra la pared de concreto. —Eso no venía en el informe.

—Por eso se lo digo yo.

—No sé qué hacer.

—Todavía no tiene que hacer todo. Tiene que confirmar, cuidarse, comer, dormir algo y pensar con información. Después hablamos de opciones.

—¿Opciones? —La palabra salió demasiado pequeña.

—Todas las opciones. Continuar, no continuar, esperar, evaluar salud, circunstancias, deseo, miedo. Ninguna conversación seria empieza negando que existen.

Tragué saliva. —¿Y si no sé cuál deseo es mío?

La doctora guardó un silencio breve, no incómodo, sino atento.

—Entonces empiece por separar las voces.

La voz del miedo. La voz de la culpa. La voz de la obligación.

La voz del hombre que puede querer algo.

La voz del muerto que tal vez todavía ocupa espacio.

La voz de la mujer que cree que toda decisión tiene que demostrar una teoría sobre su libertad.

En algún lugar entre todas esas voces, quizá más baja, está la suya.

No siempre suena pura. Pero suele sonar menos teatral.

Una risa breve se me quebró en la garganta. —Usted debería cobrar más.

—Probablemente. ¿El padre lo sabe?

—Sí.

—¿Y?

—Preguntó si yo estaba bien.

—Buena primera respuesta.

—Sí.

—¿Quiere que esté con usted para la próxima cita?

Miré mis botas, mojadas por la nieve. —No sé.

—Eso puede cambiar. Permítase que cambie.

Después de colgar, me quedé en la escalera un rato largo.

En algún momento, una persona intentó abrir la puerta desde abajo, me vio sentada, se disculpó y se fue por otra salida.

Ni siquiera levanté la cabeza; confirmado; embarazo temprano; repetir en cuarenta y ocho horas; opciones; voces; la suya suele sonar menos teatral.

Le escribí a Nicolás:

“Confirmado. Muy temprano. Hay que repetir análisis en 48 horas. No sé más.”

La respuesta llegó casi de inmediato.

“¿Quieres hablar ahora?”

Miré la pantalla hasta que las letras parecieron moverse.

“No todavía. Esta noche.”

“Estoy aquí.”

Otra vez esa frase; no como presión ni reclamo, sino como una lámpara encendida al otro lado de una habitación.

Volví a mi apartamento antes de lo previsto, diciendo en el museo que tenía migraña.

En el camino compré pan, queso, manzanas y galletas saladas, porque la doctora había dicho comer, y obedecer instrucciones simples era más fácil que pensar en maternidad, aborto, futuro, deseo, cuerpo, Nicolás, Tomás, Chicago y todas esas palabras demasiado grandes para una cocina pequeña.

A las nueve, Nicolás llamó.

Contesté sentada en el suelo, junto al sofá, con la espalda contra la pared y una taza de té que no había bebido.

—Hola —dijo.

—Hola.

—¿Comiste?

Casi sonreí. —No empieces por ahí.

—Estoy intentando empezar por algo que no pueda destruir con una frase torpe.

—Comí galletas.

—Eso cuenta poco.

—Pero cuenta.

—Cuenta.

El silencio que vino después no fue vacío.

Lo oía respirar. Imaginé su estudio, la luz baja, tal vez una mesa llena de materiales, tal vez una mano suya apoyada sobre la frente.

Me pregunté si ya había mirado vuelos a Chicago y decidido no comprarlos.

Esa posibilidad me conmovió más que si hubiera aparecido sin avisar.

—Está confirmado —dije, aunque ya lo sabía.

—Sí.

—Pero puede pasar cualquier cosa.

—Sí.

—No quiero que tu cabeza empiece a construir una vida en la que yo todavía no he entrado.

La frase fue dura; necesaria.

Nicolás tardó apenas un segundo. —Ya empezó.

—No voy a mentirte —continuó—. Mi cabeza empezó antes de que pudiera detenerla.

También empezó a imaginar pérdidas, errores, hospitales, tu cara diciéndome que no, mi casa convertida en una mala idea para un niño, Lucía, mi madre, demasiadas cosas.

Pero nada de eso es una decisión. Y nada de eso te lo voy a poner encima como si fuera tu obligación ordenar mi miedo.

Me tapé la boca con la mano; no quería llorar otra vez; lloré igual.

—Gracias por decir la verdad —murmuré.

—No sé hacer esto de otra forma sin volverme peligroso.

—Eso es demasiado honesto.

—Estoy intentando ser útil.

—Mara estaría orgullosa.

—Mara me diría que ser útil no significa hablar tanto.

Esta vez sí reí, un poco.

—¿Qué necesitas esta noche? —preguntó.

La pregunta me atravesó porque no llevaba dentro una solución anticipada.

—No lo sé. Quiero que estés. Quiero que no estés demasiado.

Quiero que me digas que no estoy sola y que después no hagas de esa frase una promesa enorme.

Quiero que no me preguntes qué voy a hacer.

Quiero que sí me lo preguntes. Quiero dormir y despertar con otra vida.

Quiero que no me pase nada. Quiero que esto no sea una condena por haber querido.

Nicolás no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz estaba más rota.

—No es una condena.

—No lo sé.

—Yo sí sé eso.

—No puedes saberlo por mí.

—No. Pero puedo saberlo por mí. Lo que pasó entre nosotros no fue algo que deba castigarse.

Me quedé en silencio. Esa frase entró más hondo de lo que esperaba.

No fue consuelo fácil, sino una frontera contra una vergüenza antigua que yo no sabía que ya estaba intentando reorganizar el relato: deseo, consecuencia, castigo.

Como si el cuerpo solo pudiera ser libre hasta el momento en que producía una prueba.