Capítulo diez — La cuenta de Tomás #2
Durante la siguiente hora trabajamos como si el dolor tuviera un plazo administrativo.
Seguridad digital rastreó el correo: enviado desde una cuenta de Tomás a la que alguien había accedido usando credenciales antiguas, probablemente obtenidas del archivo de la galería o de algún gestor de contraseñas que yo no había cerrado después de su muerte.
La IP estaba enmascarada. El video adjunto había sido editado con un software común, sin metadatos útiles, pero el nombre interno del archivo era CVID_TV_04_extract . Extract; extracto; había más.
Busqué en el archivo de Tomás por CVID, TV, video, no enviar, Clara.
Aparecieron decenas de resultados. Algunos eran registros de obra, otros entrevistas, otros grabaciones de charlas.
Finalmente, en una carpeta mal nombrada, dentro de otra carpeta titulada material descartado , encontramos varios archivos de video numerados.
El cuarto tenía un tamaño mucho mayor que el enviado por Valeria.
No lo abrí de inmediato.
La mano me temblaba sobre el mouse.
—No tienes que verlo ahora —dijo Nicolás.
—Sí tengo.
—No para ella.
—No. Para mí.
Mara colocó una mano sobre el respaldo de mi silla. No sobre mí. Cerca. —Entonces lo vemos completo. Sin cortes. Y si necesitas parar, paramos.
Asentí.
El video original duraba cuarenta y tres minutos.
Tomás tardaba casi cinco en empezar a hablar.
Tosía, se levantaba, volvía a sentarse, decía mi nombre una vez y luego se reía de sí mismo con una vergüenza que me rompió.
Decía que su rechazo al mercado era sincero y luego admitía que también le dolía no ser deseado por ese mercado.
Decía que mi hambre de mundo lo asustaba y lo excitaba, porque sí, usó esa palabra, y al oírla tuve que pausar, levantarme y caminar hasta una pared para respirar sin que mis piernas cedieran.
Nicolás miró al suelo con una discreción que me conmovió más de lo que debía.
El Tomás completo no era un santo arrepentido ni un villano desenmascarado.
En un momento dijo que había pensado en borrar el video porque le parecía injusto dejarme una confesión que ya no me permitiría discutir, y luego añadió que tal vez no lo enviaba porque, incluso al final, prefería que yo lo recordara mejor de lo que fue.
Esa frase me hizo llorar, no con furia, sino con una tristeza que por primera vez no necesitó defenderlo.
Cerca del final, la parte que Valeria había cortado justo antes del cierre, Tomás miró hacia la cámara y dijo:
—No sé si vas a amar a alguien después de mí.
Es una frase ridícula, lo sé, porque por supuesto que podrías, y tal vez deberías, pero me cuesta imaginarlo sin sentir una forma mezquina de celos.
Si ese alguien existe, no quiero bendecirlo desde aquí como un santo, porque no lo soy, y porque seguramente lo odiaría un poco solo por estar vivo.
Pero tampoco quiero que mi muerte te sirva para no tocar nunca más nada que arda.
Clara, si me sobrevives, sobrevívelo todo. Incluso a mí.
El video terminó sin frase final. Tomás se levantó, apagó la cámara por error, volvió a encenderla, murmuró una grosería, y luego la pantalla quedó negra.
No la belleza del discurso, no la frase sobre el hambre, no la autorización que Valeria había querido convertir en espectáculo, sino ese gesto mínimo de un hombre enfermo equivocándose con una cámara, demasiado vivo en su imperfección para seguir siendo un monumento.
Cuando terminó, no hablé durante mucho tiempo.
Nicolás y Mara tampoco.
El estudio estaba lleno de piezas cubiertas, de luces bajas, de pantallas apagadas y de una ausencia que ya no era la misma.
Tomás, de pronto, había dejado de ocupar el lugar imposible de juez muerto y había vuelto a ser una persona, con su lucidez y su cobardía, con su amor y su daño, con su grandeza y su miedo.
Eso no lo hacía menos importante. Lo hacía menos útil como cárcel.
—Valeria cortó lo que no le convenía —dije al fin.
Mi voz estaba ronca.
—Sí —respondió Mara.
—Quería que pareciera una autorización.
—Sí.
—Como si yo necesitara permiso de Tomás para mirar a Nicolás.
La frase salió antes de que pudiera suavizarla; Nicolás levantó los ojos hacia mí; no dijo nada ni hacía falta.
—No lo necesito —dije, más bajo.
Esa fue la segunda cosa limpia del día.
Nicolás se acercó despacio, no lo suficiente para tocarme. —No.
Lo miré. —Pero sí necesitaba oírlo decir que no quería una vida alrededor de su nombre.
—Eso es distinto.
—Sí.
Mara se levantó, recogió su taza y anunció que iba a enviar el video completo a la policía y a Bruno con una nota clara sobre el montaje manipulado.
Luego, sin mirarnos demasiado, añadió que estaría en la cocina y que ninguno de los dos debía “tomar decisiones emocionales complejas sin hidratarse”, frase que en cualquier otro momento me habría hecho reír. Esta vez solo asentí.
Cuando nos quedamos solos, el estudio pareció cambiar de temperatura.
No fue deseo de inmediato, aunque el deseo estaba ahí, como una corriente baja, sino algo más vulnerable: la conciencia de que Nicolás había visto una parte de mi matrimonio que ni yo misma había visto completa, que yo había visto la cama de Lucía, que ambos habíamos sido usados por una mirada ajena y, aun así, seguíamos allí, no limpios, no resueltos, pero menos dispuestos a mentir.
—Siento que lo traicioné —dije.
—¿A Tomás?
—Sí. No por ti. Por verlo completo.
—Eso no es traición.
—Se siente como una.
—Porque antes lo amabas en una versión que no podía contradecirte.
La frase dolió; pero no como un ataque; como una puerta.
—¿Y ahora?
—Ahora quizá puedas amarlo sin obedecerlo.
Me senté sobre una mesa baja, cansada. Nicolás permaneció de pie frente a mí. Había poca distancia entre nosotros, pero no la cruzó.
—¿Tú puedes hacer eso con Lucía? —pregunté.
—¿Amarla sin obedecerla?
—Sin obedecer el cuarto del hospital. La silla. La culpa.
Nicolás miró hacia el fondo del estudio, donde la pieza de la cama seguía cubierta otra vez. —No siempre.
—¿Y quieres?
—Sí.
La respuesta fue inmediata, sin defensa.
—Entonces la exposición no puede ser sobre vender el miedo —dije.
—No.
—Ni sobre demostrar que no eres una marca.
—No.
—Ni sobre Tomás, ni sobre Lucía, ni sobre Valeria.
—Entonces sobre qué.
Respiré hondo. La frase empezó a formarse con una claridad extraña, quizá porque el dolor, cuando deja de ser puro ruido, a veces ordena mejor que la calma.
—Sobre recuperar la mirada después de que alguien la usó contra ti.
Sobre decidir qué se muestra y qué no, no por miedo ni por mercado, sino por derecho.
Sobre el límite entre compartir una herida y convertirla en espectáculo.
Sobre la posibilidad de que algo sea verdadero precisamente porque no se entrega completo.
Nicolás me miró como si acabara de ver la exposición por primera vez.
—Ese es el proyecto —dijo.
—Sí.
—Y el título.
—No.
—Sí.
—No voy a titular una exposición con un párrafo.
—Lo haremos si hace falta.
Casi sonreí; la sonrisa salió débil, pero salió.
—No todo lo que se oculta desaparece —dije.
Nicolás se quedó quieto.
—Ese podría ser el título —añadí—. O parte del texto. No lo sé todavía.
—Es bueno.
—No te acostumbres.
—Ya me acostumbré.
Esta vez sí sonreí un poco más; fue breve; pero fue real.
Nicolás levantó una mano, esperó, y yo asentí antes de que preguntara. Yo apoyé una mano sobre su muñeca. Su piel estaba caliente. Nos quedamos así, mirándonos, sin convertir el gesto en escena para nadie, sin vidrio, sin cámaras, sin frases escritas por otra persona.
—No quiero tocarte desde el daño —dijo.
—El daño está.
—Lo sé.
—Pero no es todo.
Sus dedos se tensaron apenas contra mi mejilla. —No.
Me acerqué yo y lo besé.
Fue un beso lento, más triste que urgente, aunque debajo de la tristeza había una intensidad que no había desaparecido, solo había aprendido a respirar con otra cadencia. Me aparté antes de que el beso se transformara en otra cosa, no por rechazo, sino porque esta vez quería conservar el borde.
—No ahora —dije.
—Lo sé.
—Pero tampoco no.
Nicolás cerró los ojos un segundo, como si esa frase lo hubiera tocado con más fuerza que el beso.
—Está bien —respondió.
No estaba bien, pensé, nada lo estaba, pero por primera vez, lo que no estaba bien no parecía obligarme a elegir entre huir o incendiarlo todo.