Capítulo diez — La cuenta de Tomás #3
Esa noche no trabajamos más. Mara nos obligó a comer sopa, pan y fruta como si fuéramos sobrevivientes incompetentes de una excursión emocional, y luego estableció turnos de vigilancia aunque las cámaras estuvieran activas y la policía hiciera rondas.
Bruno llamó desde la galería, donde había decidido quedarse con Laura y dos guardias del edificio hasta que seguridad digital terminara de revisar sistemas.
Su voz sonaba más estable, pero cuando le dije que habíamos visto el video completo de Tomás, se quedó en silencio.
—¿Estás bien? —preguntó.
—No.
—Esa respuesta me gusta más.
—Estoy menos equivocada que ayer.
—Eso es mucho decir para una noche.
—Sí.
—¿Y Nicolás?
Miré hacia la sala, donde él hablaba con Mara junto a los monitores. —Aquí.
Bruno entendió que no iba a decir más. —Clara.
—Sí.
—No dejes que el video de Tomás se convierta en otra orden.
—No lo haré.
—Ni siquiera una orden bonita.
—Lo sé.
—Bien. Porque si algo odiaría Tomás sería ser usado por una mujer que escribe peor que él.
Solté una risa inesperada; me hizo bien; me hizo daño; ambas cosas.
Dormí en la habitación del ala oeste, con la puerta cerrada, la silla contra la puerta y la lámpara encendida, pero dormí un poco.
A mitad de la noche desperté y creí oír pasos, pero eran los de Nicolás en el pasillo, cambiando turno con Mara.
Solo pasó, y esa discreción me pareció más íntima que si hubiera entrado.
A la mañana siguiente, la casa estaba cubierta por una niebla espesa que borraba los árboles más cercanos. En la cocina, Mara tenía malas noticias servidas junto al café.
—La policía fue al domicilio registrado de Valeria en Miami —dijo.
Nicolás dejó la taza sobre la mesa. Yo no me senté.
—¿Y?
—No está. El apartamento está vacío desde hace semanas.
El arrendador dice que pagó tres meses por adelantado y pidió privacidad.
Encontraron cajas, papeles, recortes, impresiones de tus textos, Clara, fotografías de obras de Nicolás, material sobre Tomás, mapas de la casa, capturas de cámaras exteriores y copias de correos.
—¿La encontraron? —pregunté, aunque la respuesta estaba en la cara de Mara.
—No.
—¿Hay algo más?
Mara miró a Nicolás, luego a mí, y por primera vez pareció cansada de verdad.
—Sí. En una pared del apartamento había una frase escrita con cinta negra. La policía mandó foto.
Nos mostró la pantalla del teléfono.
La frase decía:
LA INAUGURACIÓN SERÁ DE USTEDES.
Debajo, en letras más pequeñas:
MIAMI SABE MIRAR MEJOR QUE LA MONTAÑA.
Nicolás no habló.
Yo sentí que el desenlace acababa de moverse otra vez, lejos de la casa, de vuelta a la ciudad blanca, húmeda y brillante donde todo había empezado.
Miami.
La exposición.
La sala pública.
El lugar donde Valeria no tendría que esconderse entre árboles para mirar, porque allí todo el mundo miraba, grababa, compartía, vendía, juzgaba.
Mara dejó el teléfono sobre la mesa. —Ya no se trata solo de sacarla de la casa, Clara. Quiere que lleguen a la inauguración.
—Entonces cancelamos —dijo Nicolás.
Lo dijo rápido, demasiado rápido.
Yo lo miré.
—No —dije.
—Clara.
—No porque ella quiera que lleguemos significa que tengamos que darle la inauguración que quiere.
—Es peligroso.
—También lo es dejarle el final.
—No voy a ponerte en una sala llena de cámaras para que una mujer que lleva semanas observándonos decida su última escena.
—No vas a ponerme en ninguna parte.
La frase salió con más fuerza de la que esperaba. Nicolás se calló.
—Perdón —dijo después, y esa disculpa inmediata, sobria, me permitió seguir sin convertirlo en pelea.
—No vamos a cancelar todavía —dije—. Vamos a rediseñar.
Mara levantó una ceja. —¿Rediseñar qué?
—Todo. La exposición. La seguridad. El relato.
Si Valeria quiere una inauguración donde nos exhiba como hipócritas, le quitamos el marco.
No ocultamos que hubo manipulación, pero tampoco entregamos lo íntimo.
No mostramos a Tomás ni a Lucía como carnada.
No dejamos que la foto exista como secreto útil. Hacemos del límite el centro.
Nicolás me miraba con una mezcla de miedo y admiración que no intentó esconder del todo.
—¿Quieres usar esto? —preguntó.
—No. Quiero impedir que ella lo use sola.
—Eso es una línea delgada.
—Lo sé.
—Peligrosa.
—También lo sé.
Mara se recostó en la silla, cruzó los brazos y me estudió como si acabara de reconocer en mí algo que al mismo tiempo respetaba y le preocupaba.
—Explícate —dijo.
Tomé mi libreta y la abrí en la página donde había escrito NADIE HABLA EN MI NOMbrE . Debajo, añadí otra línea.
NADIE MIRA POR MÍ.
Luego dije:
—La exposición no va a revelar nuestros archivos.
Va a mostrar los mecanismos de la mirada: qué se puede ver, qué se decide no ver, qué queda fuera de campo por ética y no por miedo.
Valeria cree que todo lo oculto es hipocresía.
Nosotros vamos a decir que no. Que hay cosas que se protegen porque siguen vivas.
Que el consentimiento también es una forma de curaduría.
Nicolás se quedó muy quieto.
Mara, por primera vez en horas, sonrió apenas.
—Ahora sí —dijo—, eso parece una exposición.