Capítulo diez — La cuenta de Tomás
CAPÍTULO DIEZ
LA CUENTA DE TOMÁS
V olvimos a la casa sin hablar, no porque no hubiera nada que decir, sino porque cualquier frase habría llegado demasiado tarde o demasiado pronto, y mientras bajábamos por el sendero con la chaqueta de Nicolás todavía sobre mis hombros, el beso en la boca y el nombre de Tomás convertido de pronto en una dirección de correo activa, sentí que la montaña, que minutos antes había parecido un lugar abierto donde algo nuestro podía existir sin ser reducido a prueba, volvía a cerrarse alrededor de nosotros con una paciencia cruel.
Nicolás caminaba a mi lado, más rápido que antes, atento al teléfono, al terreno, a mí, a los sonidos del bosque, y esa multiplicación de su vigilancia me hizo comprender que la amenaza ya no estaba solo en lo que Valeria podía mostrar, sino en la forma en que nos obligaba a modificar cada gesto después de mostrarlo: caminar dejaba de ser caminar, besar dejaba de ser besar, volver a una casa dejaba de ser volver; todo se convertía en posible respuesta a una cámara, a una cuenta intervenida, a una mujer que entendía demasiado bien el lenguaje de los archivos y la vergüenza.
Mara nos esperaba en el estudio, de pie junto a la mesa principal, con la laptop abierta, el teléfono fijo descolgado y una expresión tan controlada que resultaba peor que el pánico.
En la pantalla, sin abrir, estaba el correo reenviado por Bruno siguiendo instrucciones de seguridad; el remitente aparecía con el nombre de Tomás Vidal, y debajo, en una línea pequeña, la dirección que yo conocía demasiado bien, esa cuenta antigua que durante meses después de su muerte seguí revisando con una mezcla de devoción y tortura, como si en algún borrador no enviado, en algún mensaje olvidado, pudiera aparecer una explicación final que volviera soportable el silencio.
No había vuelto a entrar en esa cuenta desde hacía casi un año.
Verla allí, viva, usada, convertida en herramienta de alguien más, me produjo una sensación de profanación tan intensa que por un instante no pude acercarme a la mesa.
No era que creyera que Tomás seguía en ese correo, ni que una contraseña pudiera contener a un muerto, pero ciertas cosas funcionan como tumbas pequeñas precisamente porque una decide no tocarlas más.
Valeria, si era ella, había abierto una de esas tumbas, no para robar un objeto sino para obligarme a mirar dentro con testigos.
—No lo abrí —dijo Mara—. Bruno tampoco. Lo aislamos, lo descargó seguridad digital en un entorno protegido y nos enviaron una copia limpia para ver sin ejecutar nada. Hay un archivo de video y una línea de texto.
—¿Qué dice la línea? —preguntó Nicolás.
Mara miró la pantalla, no a mí.
—“CLARA SIEMPRE SUPO DÓNDE MIRAR.”
Sentí un cansancio tan profundo que casi se pareció a la indiferencia. Me acerqué a la mesa y dejé la chaqueta de Nicolás en el respaldo de una silla. Él la tomó sin ponérsela, como si entendiera que ese gesto pequeño también debía esperar.
—Ábrelo —dije.
—Podemos esperar a la policía —respondió Mara.
—No.
—Clara.
—Si esperamos, voy a imaginar algo peor. Ábrelo.
Nicolás se colocó a mi lado, no detrás, y esa elección me importó.
Estaba al mismo nivel, mirando conmigo, aunque la cuenta fuera de Tomás y la herida, en apariencia, mía.
Mara conectó el video en una ventana sin acceso a red, bajó el volumen primero y luego lo subió apenas.
La imagen apareció congelada: Tomás en su antiguo estudio, sentado frente a una pared blanca, más delgado de lo que yo recordaba en esa etapa, con una camisa gris, el cabello desordenado, la barba crecida y los ojos hundidos por la enfermedad o por el cansancio, aunque todavía conservaba esa belleza frágil que hacía que la gente hablara más bajo a su alrededor, como si una voz fuerte pudiera quebrarlo.
No dije nada, pero algo dentro de mí retrocedió.
Conocía ese estudio; conocía esa silla. Conocía la luz que entraba por la ventana lateral, esa luz plana de las cuatro de la tarde que a Tomás le gustaba porque no embellecía los colores.
Conocía incluso la taza de café sobre la mesa, blanca, manchada en el borde.
Lo que no conocía era ese video; jamás lo había visto; jamás me dijo que lo grabó.
Y si Valeria lo tenía, significaba que estaba en alguna carpeta que ella había abierto, descargado o robado, quizá el mismo archivo no enviar , quizá otro, quizá una confesión que Tomás dejó para mí y que yo no había encontrado porque preferí convertir su muerte en un orden antes que en una búsqueda.
—¿Lista? —preguntó Mara.
No lo estaba.
—Sí.
El video empezó.
Durante los primeros segundos, Tomás no habló.
Miró hacia un punto fuera de cámara, respiró con dificultad y se frotó las manos como hacía cuando estaba nervioso, un gesto que me golpeó con una ternura involuntaria.
Luego miró al lente. No a mí, no exactamente, pero mi cuerpo respondió como si sus ojos atravesaran los años y me encontraran de pie en el estudio de otro hombre.
—Clara —dijo en la grabación, y oír mi nombre en su voz me partió con una limpieza brutal—. Si estás viendo esto, probablemente no tuve el valor de decírtelo de otra manera.
Me llevé una mano al pecho; Nicolás no se movió; Mara tampoco.
—He pasado demasiado tiempo llamando pureza a cosas que quizá eran miedo —continuó Tomás, y la frase, tan cercana a la nota del catálogo, me hizo cerrar los ojos un segundo—.
Miedo a no ser suficiente, miedo a que el mundo te quisiera más a ti que a mí, miedo a que tu inteligencia necesitara una habitación más grande que la que yo podía soportar.
Sé que esto suena noble ahora que lo digo enfermo y frente a una cámara, y tal vez por eso no deberías perdonarme demasiado rápido.
La lucidez tardía también puede ser una forma de vanidad.
El video tenía cortes.
No eran cortes torpes; alguien lo había editado.
La imagen saltó, y Tomás apareció en otra posición, con la luz más baja, como si la grabación original hubiera durado mucho más.
Sentí que Valeria no solo había enviado el video; lo había intervenido, escogiendo frases, ordenando una confesión para que funcionara como arma.
—Pausa —dijo Nicolás.
Mara pausó.
—Está editado —dijo él.
—Lo sé.
—No sabemos qué falta.
—Lo sé.
—Eso importa.
Lo miré. —También importa lo que está.
Nicolás asintió, aunque le costó. Mara volvió a reproducir.
Tomás bajó la mirada en la pantalla y sonrió con una tristeza que yo había amado demasiado.
—Quise que te quedaras cerca de mi obra porque me daba miedo que tu vida, si se alejaba, demostrara que mi obra no bastaba para sostener nada.
Te dije que desconfiaras del espectáculo, de la seducción, del cuerpo, del mercado, y una parte de mí lo creía, Clara, todavía lo creo en parte, pero otra parte solo quería que no descubrieras lo bien que podías moverte entre esas cosas sin mí. Esa fue mi mezquindad. O una de ellas.
La imagen saltó de nuevo.
Ahora Tomás parecía más cansado. La voz le salía más baja.
—No quiero que me conviertas en una causa, que defiendas mi silencio si te deja muda ni que seas pobre por fidelidad a mi idea de la obra. Si algo mío sobrevive, que lo haga sin pedirte una vida alrededor.
La frase de la carta. Aquí estaba, dicha por su voz, no solo escrita.
Me cubrí la boca con una mano porque el sonido que se me escapó no fue llanto todavía, sino algo más primitivo, una reacción de animal herido al que de pronto le abren una jaula y le muestran que la puerta nunca estuvo cerrada con llave.
Nicolás se movió apenas, un reflejo de acercarse, pero se detuvo.
Lo vi de reojo. Ese detenerse fue también una forma de amor, aunque yo todavía no podía aceptar esa palabra en la misma habitación donde Tomás hablaba desde una pantalla.
El video volvió a saltar.
Esta vez la imagen estaba más oscura. Tomás respiraba peor. Miró hacia la cámara con una intensidad que yo no le recordaba de los últimos meses, o que quizá no quise ver.
—Si alguna vez aparece alguien que te haga sentir hambre de nuevo, no lo castigues por llegar tarde.
Mara bajó la mirada.
Nicolás se quedó inmóvil.
Yo sentí que el estudio entero se abría debajo de mis pies.
El video se cortó ahí.
No terminó de manera natural, porque no hubo despedida, «te amo» ni explicación, sino solo una pantalla negra y luego, insertada por quien lo había editado, una frase en letras blancas:
ÉL TAMBIÉN TE AUTORIZÓ A MIRAR.
Mara cerró la ventana antes de que yo pudiera seguir viendo la pantalla negra.
Nadie habló.
Lo que sentía no cabía en una sola emoción.
Había dolor, sí, una tristeza atrasada que llegaba con la voz de Tomás desde un lugar donde ya no podía tocarlo ni responderle; había rabia, una rabia casi limpia contra Valeria por haber tomado una confesión íntima y convertirla en espectáculo dirigido; había alivio, y ese alivio me pareció tan indecente que me dio vergüenza reconocerlo incluso en silencio; había también una ternura vieja, persistente, porque Tomás, con todos sus miedos, había intentado decir algo verdadero aunque no lo hubiera enviado, aunque hubiera sido cobarde, aunque su lucidez llegara tarde y ahora pasara por manos ajenas antes de llegar a mí.
Nicolás habló primero, pero no para interpretar.
—Hay que conseguir el archivo completo.
Asentí; esa frase me salvó del colapso porque devolvía el asunto a una tarea concreta. El video editado no bastaba; no podía bastar. Necesitaba la grabación completa, no la versión curada por Valeria, no su montaje de mi duelo, no su exposición del arrepentimiento de Tomás.
—El original tiene que estar en el archivo —dije.
—O Valeria lo tiene y lo eliminó de donde tú podías encontrarlo —respondió Mara.
—No.
—Clara.
—No me refiero a que no pueda ser. Me refiero a que no voy a aceptar su versión como última.
Mara me sostuvo la mirada. —Eso sí.