Capítulo nueve — Nadie habla en mi nombre #3
El sendero hacia el mirador salía detrás del estudio y subía entre árboles húmedos, piedras cubiertas de musgo y hojas oscuras que se pegaban a las botas.
Después de tantos interiores, monitores, archivos y fotografías, la montaña parecía brutalmente real, indiferente a nuestras interpretaciones.
Solo caminaba conmigo, atento al terreno, al sonido de ramas, a mi respiración, pero sin convertir cada irregularidad del camino en una excusa para tocarme.
Durante varios minutos no hablamos.
El silencio exterior era distinto al de la casa, menos cargado, más amplio. No podía tener la temperatura del aire en mi cara, ni el olor de la tierra mojada, ni la manera en que Nicolás reducía el paso cuando el camino se empinaba sin señalar que lo hacía por mí.
—No sabía lo de Chicago —dijo él al fin.
No tuve que preguntar a qué se refería.
—Casi nadie lo sabía.
—¿Querías ir?
Miré el sendero. —Sí.
—¿Y te quedaste por él?
—Me quedé porque pensé que era lo correcto.
—No es lo mismo.
—No.
La diferencia, dicha en voz alta, fue una pequeña mutilación disfrazada de decisión correcta, la misma excusa con la que había dejado de hacer tantas cosas y había convertido tantos deseos en egoísmo por vivir al lado de alguien que sufría de una manera más visible.
—No sé si habría sido feliz en Chicago —dije.
—Eso no cambia que querías averiguarlo.
Lo miré. —¿Siempre vas directo a donde duele?
—No siempre. A veces me pierdo antes.
—Qué alivio.
Subimos un tramo más hasta que los árboles se abrieron en un claro pequeño.
Desde allí se veía una caída de montañas azules, bosques, niebla baja atrapada en los valles y una línea de cielo pálido que parecía más lejana que en Miami.
La belleza no tenía nada de cómoda. Era demasiado grande para ser consuelo.
Me acerqué al borde de piedra, manteniendo una distancia prudente, y respiré hondo.
—Tomás decía que la belleza obvia era una trampa —dije.
—¿Y esto?
—Esto le habría parecido aceptable porque no intenta gustar.
—Tal vez sí intenta, pero no necesita.
Sonreí apenas. —Esa frase sí te la robaré.
—Demasiado tarde. Ya la pensé para una pared.
—Insoportable.
El viento me movió el cabello y me abracé a mí misma por frío. Nicolás se quitó la chaqueta y me la ofreció sin decir nada. Negué con la cabeza.
—Tengo suéter.
—Tienes frío.
—No empieces.
—No estoy empezando.
—Siempre estás empezando algo.
Él bajó la chaqueta, pero no volvió a ponérsela.
La sostuvo en una mano, aceptando mi negativa sin dramatismo.
Esa pequeña obediencia me hizo sentir, otra vez, un deseo distinto: no el de la biblioteca, más oscuro, más urgente, sino uno más lento, más peligroso porque no dependía del choque. Dependía de la confianza.
—Cuando dijiste que anoche fue tuyo —dijo—, quise creer que también podía ser mío, sin quitártelo.
Lo miré; no esperaba esa frase; Nicolás no miraba el paisaje. Me miraba a mí, con el rostro serio y el cuerpo quieto.
—¿Y lo crees?
—Quiero.
—No sé si sé compartir algo sin sentir que lo pierdo.
—Yo tampoco.
—Pero lo intentas.
—Contigo, sí.
La respuesta fue demasiado directa. El viento llenó el silencio posterior. No quería una escena de urgencia, no allí, no con Valeria respirando en los bordes de la historia, no con Tomás recién abierto en una carpeta. Pero tampoco quería retroceder como si toda cercanía fuera una derrota.
—No quiero que esto sea otra forma de escapar —dije.
—¿De Tomás?
—De mí.
Nicolás entendió; se acercó apenas, lo suficiente para que pudiera tocarlo si quería; no lo hizo por mí.
—Entonces no escapemos —dijo.
—¿Y qué hacemos?
—Quedarnos donde duele sin convertirlo todo en prueba.
La frase me sostuvo y me enfureció en partes iguales.
—Eso suena difícil.
—Lo es.
—Y poco sexy.
Nicolás sonrió, esta vez de verdad, aunque la sonrisa le duró poco. —No estoy de acuerdo.
La tensión volvió, pero no como antes. Nicolás levantó la mano y me tocó el cabello que el viento había pegado a mi boca. Yo no me aparté. Sus dedos rozaron mi mejilla y sentí un calor lento, no invasivo, que me cerró la garganta.
—Puedo besarte —dijo—, o puedo no hacerlo.
—Eso es una frase cruel.
—Es una pregunta honesta.
—No son incompatibles.
Me acerqué yo.
El beso fue breve al principio, casi una prueba de realidad, y luego se volvió más hondo, aunque no desesperado.
Nicolás me tomó la cara con una mano y la cintura con la otra, mientras yo apoyaba las manos en su pecho, no para detenerlo sino para sentir su respiración bajo la tela.
No había testigos visibles, vidrio, lámpara o habitación cerrada; solo quedaban la montaña, el frío, el viento y la conciencia de que, aunque alguien hubiera robado una imagen, no podía robarnos aquello si nosotros no se lo entregábamos entero.
Cuando nos separamos, me quedé con la frente apoyada en su pecho. Él me rodeó con la chaqueta sin preguntarme de nuevo, y esta vez no la rechacé.
—Esto no resuelve nada —dije.
—Empiezas a repetir mis frases.
—Es una enfermedad de la casa.
—Mara diría que ya era tarde para salvarte.
Casi reí; luego el teléfono de Nicolás vibró.
Ambos nos tensamos.
Él miró la pantalla; era Mara.
Contestó en altavoz.
—Dime.
La voz de Mara llegó seca, pero había una urgencia debajo.
—Vuelvan ahora. Bruno recibió otro correo.
Sentí que la montaña se volvía más fría.
—¿Qué dice? —pregunté.
Mara respiró.
—No es texto. Es un archivo de video. Y esta vez no lo mandaron desde tu cuenta, Clara. Lo mandaron desde la de Tomás.