Capítulo nueve — Nadie habla en mi nombre #2
La mañana se llenó de tareas y llamadas.
La policía pidió información de Valeria, la empresa de seguridad confirmó que la cuenta antigua había sido usada para acceder a cámaras exteriores durante al menos tres días, y Mara encontró algo peor: varias carpetas del archivo de Nicolás habían sido consultadas desde esa cuenta en las semanas previas a mi llegada.
No descargadas completas, pero sí abiertas, previsualizadas, recorridas con la paciencia de quien busca piezas precisas para un montaje.
Entre ellas estaban el archivo de Lucía, las notas sobre Casa sin grito , los registros de la exposición de Los Ángeles y una carpeta de prensa donde se incluían entrevistas sobre su relación con el mercado.
Del lado de Tomás, Valeria había descargado mis textos, la carpeta Clara , la entrevista sobre austeridad y varios documentos de correspondencia donde él hablaba del cuerpo, del deseo y de su rechazo a la espectacularización del dolor.
Valeria no estaba improvisando. Estaba componiendo una exposición con nosotros.
—Quiere que el proyecto se convierta en esto —dije, después de revisar los registros.
—¿En qué? —preguntó Mara.
—En una prueba de hipocresía. Nicolás vende el miedo, Clara vende el duelo, Tomás vendía pureza, Bruno vende legitimidad, todos somos culpables de convertir algo íntimo en mercado. Esa es su tesis.
—No está tan lejos de algunas conversaciones que ustedes han tenido —dijo Mara.
—No —respondí—. Pero una tesis puede ser cierta y aun así volverse monstruosa si usa personas como material sin consentimiento.
Nicolás me miró desde el otro lado de la mesa. —Esa frase debería estar en algún lugar.
—No en una pared.
—No dije en una pared.
—Lo pensaste.
—Estoy aprendiendo a no decirlo todo.
Mara cerró la laptop con una calma peligrosa.
—Necesito que ambos escuchen esto con atención.
Valeria no solo conoce archivos. Conoce el lenguaje de ustedes, sabe qué frase empuja a cada uno, sabe cómo hacer que Clara abra a Tomás, cómo hacer que Nicolás abra a Lucía, cómo hacer que Bruno se mueva por culpa. Eso no es solo acoso. Es dirección.
La palabra dirección, en ese contexto, sonó peor que amenaza. Porque un director no necesita empujar; organiza condiciones para que los otros actúen como él espera.
—Entonces tenemos que romper la escena —dije.
—¿Cómo? —preguntó Nicolás.
—No obedeciendo el guion.
—El guion ahora mismo sería asustarnos, cerrarnos, cancelar el proyecto, escondernos, pelearnos, culparnos.
—O seguir trabajando como si nada para demostrar valentía —añadió Mara—. Esa también sería una escena útil para ella.
Me quedé callada. Mi primera reacción después de cada golpe había sido trabajar más, mirar más, abrir más, casi como si la única forma de no ser dominada por Valeria fuera entregarle más material bajo el nombre de valentía. Esa era una trampa más elegante.
—Entonces paramos —dije.
Nicolás levantó la mirada.
—No nos vamos —aclaré—. Pero paramos el proyecto durante veinticuatro horas. Nada de piezas. Nada de archivos personales. Nada de Tomás. Nada de Lucía. Solo seguridad, policía y descanso.
Mara asintió de inmediato. —Por fin alguien dice algo sensato.
Nicolás tardó más. Para él, detenerse significaba perder control.
Lo vi en la tensión de sus manos, en la forma en que miró hacia el estudio, hacia las piezas cubiertas, como si abandonarlas un día fuera permitir que otra persona decidiera por ellas.
Pero luego me miró a mí, y algo en su rostro cambió.
—De acuerdo —dijo.
Ese de acuerdo tuvo más peso de lo que parecía.
Las veinticuatro horas de pausa empezaron mal, porque ninguno de nosotros sabía descansar sin convertirlo en otra forma de vigilancia.
Mara ordenó comida por teléfono a un restaurante del pueblo, luego discutió con el repartidor sobre el punto exacto donde podía entregar sin subir demasiado por el camino de grava.
Yo intenté leer una novela que encontré en una repisa de la sala, pero leí el mismo párrafo cuatro veces sin entenderlo.
La casa, privada de nuestro trabajo, pareció más grande, más llena de pasillos y puertas, más consciente de que todos estábamos fingiendo una calma que no nos salía natural.
A media tarde, Mara decidió que necesitábamos salir sin salir de la propiedad.
—Caminen —dijo, mirando a Nicolás y a mí como si nos estuviera expulsando de una habitación de hospital—.
Hasta el mirador y de vuelta. Treinta minutos.
Yo me quedo con las cámaras. Si aparece una silla, una nota, una exasistente poseída por el espíritu del arte conceptual o Bruno en helicóptero, les aviso.
—No es buena idea —dijo Nicolás.
—Es una excelente idea. Clara lleva horas respirando como si la casa le cobrara alquiler por el oxígeno y tú estás a punto de desmontar una pared solo para comprobar que sigue siendo pared.
—Mara…
—Caminen.
Caminamos.