Nunca de nadie Capítulo ocho — Valeria Montes #2
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Capítulo ocho — Valeria Montes #2

Era peor. No porque hubiera insultos, sino porque cada frase parecía escrita por un hombre que me amaba y me temía al mismo tiempo, un hombre que veía en mí algo que deseaba y necesitaba controlar para no sentirse abandonado por su propia mediocridad práctica, por su fragilidad, por un mundo que no lo recompensaba como él creía merecer.

Tomás hablaba de mi “hambre de mundo”, de mi facilidad para leer una sala, de mi capacidad para seducir intelectualmente a personas que él despreciaba y necesitaba, de mi cuerpo en las inauguraciones, de cómo yo parecía “encenderse” cuando discutía con alguien brillante.

Leí esa palabra —encenderse— y sentí una vergüenza que no pertenecía del todo al pasado, porque Nicolás estaba allí, porque yo me había encendido frente a él desde la primera noche y porque alguien, Valeria, había leído esos documentos y ahora estaba usando ese conocimiento para hacerme mirar mi deseo como si fuera una escena repetida, como si yo fuera una mujer siempre dispuesta a traicionar a un hombre difícil con otro más vivo.

—Basta —dijo Mara.

Esta vez no discutí.

Cerré el documento y me quedé con las manos sobre el teclado, sin moverme.

La oficina no tenía ventanas y, sin embargo, me sentí observada desde todas partes: por Valeria, por Tomás, por Nicolás, por mi versión de hacía años, por esa Clara que había leído las entrevistas de su marido como si fueran pruebas de amor y no mapas de una dependencia cuidadosamente estetizada.

—¿Por qué lo descargó? —pregunté.

—Porque vio algo que podía usar —dijo Mara.

—¿Contra mí o contra Nicolás?

—Contra ambos —respondió Nicolás—. A mí me acusa de vender el miedo. A ti te acusa de empezar a mirar. Nos coloca uno frente al otro como si quisiera probar una tesis.

—¿Cuál?

Nicolás no respondió de inmediato. Luego dijo:

—Que todos convertimos el dolor en algo que nos conviene.

La frase, en su boca, no sonó como una defensa sino como una condena compartida.

Mara abrió el tercer archivo, no enviar , antes de que pudiera detenerla.

No era una invasión de mi intimidad, me dije, porque Valeria ya lo había abierto, porque ahora necesitábamos hechos, porque el daño no empezaba en la lectura sino en la intención de usarla. Aun así, sentí el estómago cerrarse.

El documento era una carta de Tomás dirigida a mí.

No la leí en voz alta.

La primera línea decía: “Clara, si alguna vez lees esto, quizá sea porque no tuve el valor de decirte que te he amado de una forma que también te ha reducido.”

La visión se me llenó de agua.

Seguí leyendo sin respirar bien.

Tomás hablaba de Chicago, de su miedo a quedarse solo, de mi talento, de su envidia de mi capacidad para entrar en el mundo sin pedir permiso, de la vergüenza que le producía necesitarme y de la forma en que había convertido su fragilidad en una ética para no admitir que también era dependencia.

Hablaba de no querer tener hijos porque temía que cualquier vida nueva me apartara de su obra y porque, decía, “yo habría sido cruel con un niño que exigiera de ti lo que yo ya exigía”.

Hablaba de mi cuerpo con una mezcla de deseo y temor, de cómo le dolía verme viva en una sala llena de personas mientras él se sentía cada vez más lejos de todo.

Hablaba de pedirme perdón. Hablaba de no enviar la carta porque enviarla lo obligaría a cambiar.

Al final había una frase que me hizo cerrar los ojos:

“Si me sobrevives, no me conviertas en una causa. No me debes una vida alrededor de mi nombre.”

Me tapé la boca con una mano.

Todo en mí se vino abajo de una manera silenciosa.

No había sido solo verdugo ni solo víctima, no solo genio frágil ni esposo egoísta, sino un hombre contradictorio que me amó, me necesitó, me limitó y luego no tuvo valor de liberarme con palabras que dejó guardadas en una carpeta que yo no abrí hasta que una desconocida decidió usar el archivo como arma.

Eso era lo imperdonable de Valeria. Sino que la arrancara del lugar donde tal vez algún día yo habría podido encontrarla sin sentir que me la arrojaban a la cara.

Me levanté tan rápido que la silla golpeó la pared.

—Clara —dijo Nicolás.

—No.

Salí de la oficina y caminé sin dirección por la casa. Bajé por el pasillo, crucé la sala, pasé junto a los ventanales donde el bosque permanecía gris e indiferente, y llegué a la biblioteca. Entré; fui hasta el ventanal y apoyé las manos en el vidrio frío.

Afuera, el lugar donde había estado la silla ya estaba vacío, pero el barro conservaba marcas.

—Lo sabía —dije cuando sentí a Nicolás en la entrada.

—¿Qué cosa?

—Que no debía convertirme en guardiana de su memoria. Lo escribió. Lo dijo. No a mí, pero lo dijo.

Nicolás permaneció junto a la puerta. —Tal vez no pudo decírtelo.

—Eso no lo absuelve.

—No.

—Tampoco lo condena del todo.

—No.

Me reí sin humor. —Qué cómodo sería si pudiera odiarlo.

—No tienes que resolverlo hoy.

—Siempre dices eso como si el tiempo arreglara algo.

—No lo arregla. Pero a veces impide que una verdad recién abierta se convierta en otra mentira.

Me volví hacia él. —¿Eso lo aprendiste con Lucía?

Su expresión cambió, apenas. La pregunta había sido demasiado directa, pero no cruel. O al menos no quise que lo fuera.

—Sí —dijo.

—¿Y funcionó?

—No siempre.

—Entonces no me vendas paciencia como si fuera medicina.

—No estoy vendiéndote nada.

—Todos vendemos algo, Nicolás. Tú lo dijiste.

Se quedó en silencio. La frase lo alcanzó. Me di cuenta de que estaba usando su propia culpa contra él y, aun así, no pude detenerme del todo.

—Tomás vendía pureza porque tenía miedo del mundo.

Tú vendes deseo porque tienes miedo de que el dolor, si no se vuelve imagen, no sirva para nada.

Bruno vende oportunidades con vocabulario artístico.

Yo vendí la viudez como inteligencia moral.

Valeria vende nuestra intimidad como prueba de que todo es falso.

Nicolás entró despacio. —¿Y qué queda si todo es venta?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

—No.

—Lo que no se entrega completo.

La frase me hizo mirarlo; era una forma de supervivencia; lo que no se entrega completo. Lo que una conserva aunque el mundo mire, aunque alguien escriba, aunque otro compre, aunque un muerto haya nombrado su hambre y una desconocida la haya descargado como archivo.

—Anoche —dije, y la palabra volvió a tensar la habitación—, esa foto me hizo sentir que lo que pasó ya no era mío.

Nicolás se acercó un poco más, pero se detuvo a una distancia cuidadosa. —Sigue siendo tuyo.

—No si alguien lo usa.

—Sí. Que alguien robe una imagen no significa que entienda lo que ocurrió.

—No quiero que entienda.

—No entiende.

—¿Y tú?

La pregunta salió más vulnerable de lo que esperaba.

Nicolás me miró de una manera que no intentó protegerse. —Yo tampoco del todo.

Eso, extrañamente, me alivió.

—Sé que te deseé —dijo, con voz baja—. Sé que te esperé porque no quería convertir ese deseo en otra forma de control.

Sé que cuando viniste hacia mí, sentí que me estabas entregando algo que no debía tomar con ligereza.

Sé que después no me sentí victorioso. Me sentí responsable.

No por decidir por ti. Responsable de no ensuciarlo más.

Tragué saliva. —Ya estaba sucio.

—No por nosotros.

La frase quebró algo en mí, no con dolor, sino con una especie de reconocimiento, porque establecía una distinción que necesitaba y no me había permitido formular: lo oscuro no era necesariamente sucio, lo intenso no era necesariamente falso y el deseo no constituía una prueba de traición por el simple hecho de haber sido visto por alguien que quería convertirlo en culpa.

—No sé cómo hacer esto —dije.

—Yo tampoco.

—Eso no inspira confianza.

—La confianza no siempre empieza porque alguien sabe qué hacer.

Lo miré; estaba cansado, ojeroso, con la camisa arrugada, el rostro marcado por demasiadas horas sin sueño y demasiadas cosas abiertas.

No parecía el artista que había conocido en Miami ni el hombre fotografiable rodeado de coleccionistas, sino alguien que había perdido varias capas de defensa y todavía no sabía si debía recuperarlas delante de mí.

—Valeria quiere que nos miremos como prueba —dije.

—Sí.

—Quiere que yo mire a Tomás y vea solo miedo. Que te mire a ti y vea solo venta. Que me mire a mí y vea solo hambre.

—Entonces no le demos una lectura tan pobre.

Casi sonreí. Casi. —Esa frase sí es de curador.

—Estoy aprendiendo de la peor.

—La mejor.

—La más peligrosa.

El aire cambió con esa última palabra, no de manera abrupta, sino como una corriente que vuelve a encender brasas que parecían apagadas.

No era el momento; lo sabía; precisamente por eso ninguno se movió.

Quizá más, porque ahora el deseo no venía de la negación sino de algo que empezaba a parecerse a la elección.

Nicolás levantó una mano, muy despacio, y se detuvo antes de tocar mi cara.

—¿Puedo? —preguntó.

La pregunta me dolió por su sencillez.

Asentí.

Sus dedos rozaron mi mejilla, apenas, limpiando una lágrima que yo no había sentido caer.

El gesto no tuvo nada de posesión. Fue mínimo, casi casto, y sin embargo mi cuerpo respondió con una memoria inmediata de la noche anterior, de su cintura, de sus manos, de la biblioteca convertida en refugio y luego en imagen robada.

Cerré los ojos un segundo. Cuando los abrí, Nicolás seguía mirándome con una contención que ya no me parecía solo control, sino respeto mezclado con deseo.

—No aquí —dije, aunque él no había avanzado más.

—Lo sé.

—No ahora.

—Lo sé.

—Pero no te vayas.

La frase quedó entre ambos, más íntima que un beso.

Nicolás bajó la mano, pero no se alejó. Permanecimos frente al ventanal, con el bosque del otro lado, la marca de la silla en el barro, los archivos abiertos en la oficina y el nombre de Valeria creciendo como una raíz venenosa bajo toda la casa.

Dejamos de tocarnos, aunque tampoco hacía falta para que el aire supiera lo que estaba ocurriendo.