Capítulo ocho — Valeria Montes
CAPÍTULO OCHO
VALERIA MONTES
E l nombre de Valeria Montes quedó suspendido en la cocina con una quietud mucho más inquietante que cualquier grito, porque no era ya una sospecha flotando entre demasiadas posibilidades, ni una silueta inventada para darle rostro al miedo, sino un dato concreto, una cuenta antigua, un acceso remoto, una mujer que había pasado por el archivo de Nicolás y por el archivo de Tomás con la discreción perfecta de quienes no necesitan llamar la atención para llevarse algo más importante que un objeto.
Mara fue la primera en moverse: tomó una libreta, escribió el nombre completo, la hora de la llamada, la referencia a la cuenta usada, y luego subrayó dos veces la palabra acceso, como si el gesto pudiera fijar en el papel lo que aún parecía demasiado inestable.
Nicolás seguía de pie junto a la mesa, una mano apoyada sobre la madera, la otra cerrada con fuerza, mirando el teléfono como si del aparato pudiera salir una explicación menos humillante que aquella: alguien no solo nos había observado desde afuera, sino que había entrado al sistema de la casa usando una puerta vieja que él no había cerrado.
—Esa cuenta debió estar desactivada —dijo, y no supe si hablaba con nosotros o contra sí mismo.
—Sí —respondió Mara, sin suavizarlo—. Debió.
La palabra debió fue más cruel que cualquier reproche largo.
No la vergüenza teatral del artista sorprendido en su contradicción, sino la vergüenza práctica de quien descubre que su obsesión por el control tenía un hueco, una negligencia, una confianza vieja o un cansancio, y que por ese hueco alguien había entrado no solo a mirar la casa, sino a tocar lo que él más había querido guardar fuera de la mirada pública.
El agente habló otra vez desde el altavoz, pidiendo que no intentáramos contactar a Valeria por nuestra cuenta, que enviáramos cualquier correo, contrato o registro donde apareciera su nombre, que la empresa de seguridad cambiaría de inmediato todas las credenciales y que enviarían una patrulla para recoger una copia completa de los documentos.
Yo tampoco, aunque dentro de mí se había abierto una línea de memoria que avanzaba hacia atrás con una rapidez desagradable: Valeria en el archivo de Tomás, inclinada sobre cajas de documentos, con guantes de algodón, lentes redondos, una camisa blanca demasiado limpia, una voz baja que pedía permiso para escanear correspondencia personal, una eficiencia que en su momento me pareció respeto y ahora, bajo la luz fría de esa cocina, empezaba a parecer hambre.
Cuando terminó la llamada, nadie se sentó. La casa seguía demasiado silenciosa, como si hubiera escuchado también el nombre y estuviera esperando nuestra reacción. Mara cerró la libreta y miró a Nicolás con la autoridad seca de quien ya no está dispuesta a permitir zonas grises.
—Todas las cuentas se cierran ahora. Todas. Antiguos asistentes, productores, técnicos, cuentas compartidas, accesos de emergencia, respaldos, lo que sea. Nada queda para después.
—Hazlo —dijo Nicolás.
—No. Lo hacemos los dos. Yo no sé qué puertas escondiste porque algún día te pareció útil conservarlas.
Él apretó la mandíbula. —No escondí puertas.
—Nicolás.
—No a propósito.
—Eso no me tranquiliza.
Yo escuchaba la discusión con una mezcla de miedo y lucidez.
Valeria había tenido acceso a las palabras de ambos, a las imágenes no exhibidas, a las zonas donde cada uno construía su propia versión del dolor.
Era alguien que había pasado cerca de nuestras vidas con permiso, con credenciales, con contrato, con esa forma institucional de intimidad que tienen los archivos: una deja entrar a alguien para ordenar el pasado y no siempre sabe qué parte de ese pasado se queda adherida a sus manos.
—Necesito revisar las cajas que tocó en el archivo de Tomás —dije.
Nicolás y Mara me miraron. Mara abrió la boca para oponerse, pero esta vez no le di tiempo.
—No para seguir leyendo a ciegas. No para hacerme daño.
Para saber qué pudo copiar, qué pudo conectar, qué pudo usar.
Si ella tenía acceso a los cuadernos de Tomás y al archivo de Lucía, entonces las notas no son simples provocaciones: son una curaduría perversa, una exposición paralela hecha con materiales robados de nuestras vidas.
Nicolás levantó la vista hacia mí cuando dije nuestras; no me corrigió; yo tampoco; era demasiado tarde para fingir que lo que nos ocurría avanzaba por carriles separados.
—Lo haremos con método —dijo Mara.
—De acuerdo.
—Con límites —añadió.
—De acuerdo.
—Y si veo que empiezas a leer como si estuvieras buscando castigo, cierro todo.
La miré con cansancio. —¿Siempre habla como si fuera la única adulta de la casa?
—No siempre. Solo cuando es evidente.
Nicolás soltó una risa breve, casi sin aire, y ese sonido mínimo alivió algo que no sabía que estaba tensado dentro de mí. No porque la situación fuera menos grave, sino porque la normalidad, incluso en forma de sarcasmo, todavía podía entrar sin pedir permiso.
Nos trasladamos a la oficina sin ventanas, que en cuestión de una hora se convirtió en una especie de centro de investigación improvisado.
Mara abrió una hoja de cálculo con nombres, fechas, accesos y archivos tocados por Valeria.
Nicolás descargó registros del servidor antiguo, correos, contratos, permisos de edición, carpetas compartidas.
Yo entré en el archivo digital de Tomás y fui recuperando, con una mezcla de precisión profesional y resistencia emocional, las cajas que Valeria había manipulado durante aquellas tres semanas: cuadernos de estudio, correspondencia privada, fotografías de procesos, notas para entrevistas, recibos, textos no publicados, una carpeta titulada simplemente Clara , que no recordaba haber visto nunca y que me hizo retirar las manos del teclado como si la pantalla hubiera soltado una descarga.
—No tienes que abrirla —dijo Nicolás.
Estaba detrás de mí, a una distancia suficiente para no invadir, pero no tan lejos como para fingir indiferencia. Mara, al otro lado de la mesa, levantó la vista y no dijo nada.
—Si Valeria la abrió, necesito saber qué hay —respondí.
—Necesitar y deber no son siempre lo mismo.
—No empiece.
—No estoy empezando. Estoy intentando que no uses a Valeria como excusa para dejar que Tomás vuelva a decidir cuánto dolor soportas.
La frase me golpeó con una precisión que, de haber tenido más energía, habría respondido con crueldad. En cambio, solo respiré. Esa era la parte más irritante de Nicolás: podía equivocarse de manera brutal y luego acertar de una forma que no dejaba espacio para un rechazo elegante.
—No voy a abrirla sola —dije al fin.
—No estás sola.
La respuesta fue simple, demasiado.
Abrí la carpeta.
Dentro había documentos escaneados con una fecha anterior a la muerte de Tomás, quizá de sus últimos meses de vida, y varios archivos de texto con nombres que me parecieron de inmediato una invasión: C_F observaciones , vida alrededor , hambre , proyectos Clara , Chicago , no enviar .
Al ver Chicago, sentí que algo antiguo se movía dentro de mí.
Chicago había sido una oportunidad real, una curaduría independiente, un proyecto grande sobre arte latinoamericano y cuerpo político que me habían ofrecido antes de que Tomás enfermara o, más exactamente, antes de que la enfermedad terminara de nombrarse.
Yo no había ido. Durante años me repetí que había sido por amor, por cuidado, por circunstancias.
No recordaba haber leído jamás una nota de Tomás sobre eso.
Mara se levantó, fue a la cocina y volvió con tres tazas de café sin preguntarnos. A veces su cuidado tenía la forma de una tarea práctica porque cualquier otra cosa habría sido demasiado vulnerable.
—Abre primero el registro de acceso —dijo ella—. No el contenido. Veamos si Valeria entró.
Obedecí. El registro mostraba que Valeria había abierto la carpeta Clara seis veces, durante las últimas dos semanas de su trabajo en el archivo. Había descargado tres archivos: hambre , Chicago , no enviar .
Sentí que la habitación se reducía.
—Los descargó —dijo Mara.
—Sí.
—Entonces tenemos que verlos —añadió Nicolás, y por una vez no hubo en su voz el menor rastro de provocación.
Abrí Chicago .
El documento contenía una nota de Tomás, no un diario exactamente, sino un texto fragmentario, quizá una carta que nunca envió, quizá un ensayo privado, quizá una forma de ordenar su incomodidad.
Leí en silencio las primeras líneas y me di cuenta de que no podría hacerlo solo en silencio, porque el silencio me dejaría encerrada dentro de su voz.
Así que leí en voz alta, no todo, solo lo suficiente:
—“Clara recibió la invitación de Chicago con una alegría que intentó moderar por consideración hacia mí. Esa moderación me dolió más que su alegría, porque me mostró que ya sabe cómo reducirse delante de mi fragilidad. No debería permitirlo, pero una parte de mí descansa cuando lo hace. Si se va, tendrá un mundo propio. Si se queda, tal vez no me odie por necesitarla.”
No pude seguir.
Nicolás se apartó de la mesa como si la frase también lo hubiera golpeado a él. Mara cerró los ojos un segundo.
No era exactamente crueldad; en aquellas líneas había lucidez, incluso culpa; sabía que descansaba en esa reducción. El amor, entendí, puede ser una cárcel incluso cuando el carcelero llora con la llave en la mano.
—Él sabía —dije.
Mi voz sonó plana.
—Sí —respondió Nicolás.
No dijo más; se lo agradecí.
Abrí hambre .