Capítulo siete — La silla blanca #3
La frase, dicha por Mara, me quebró más que si hubiera venido de Nicolás. Porque Mara no era sentimental; si ella lo decía, no era piedad; era límite.
Me levanté de la silla. Tenía las piernas débiles. Caminé hacia la pared, apoyé una mano en ella y respiré despacio. No quería que me tocaran, que se fueran, estar en esa casa, volver a Miami, haber leído esas frases ni no haberlas leído nunca. Todo era contradicción.
—Lo amé —dije, sin volverme.
Nadie respondió.
—No era mentira.
—No —dijo Nicolás.
—Pero esto también estaba ahí.
—Sí.
Cerré los ojos. ¿Quién era yo si dejaba de ser la mujer que entendió a Tomás? ¿Quién era si admitía que tal vez entenderlo me había costado desoírme? ¿Quién era si el amor no bastaba para absolver la forma en que alguien nos reduce?
—Necesito estar sola —dije.
—Claro —respondió Mara.
Nicolás no dijo nada. Eso se lo agradecí.
Fui a la biblioteca, no a mi habitación; no sé por qué.
Tal vez porque la lluvia de la noche anterior, la escena con Nicolás, la frase robada y la foto habían convertido esa habitación en un territorio disputado, y yo no estaba dispuesta a cedérselo a quien nos miraba desde afuera.
Cerré las cortinas del ventanal con brusquedad; luego las abrí otra vez; no quería esconderme ni exhibirme.
La tensión entre ambas cosas era, en ese momento, mi vida entera.
Me senté en el suelo, junto al sillón, en el mismo lugar donde había estado envuelta en la manta después de Nicolás.
La memoria del cuerpo volvió, pero no como deseo inmediato sino como contraste: anoche allí yo había elegido algo, torpemente, oscuramente, pero mío; hoy había leído las frases de un hombre al que había amado y descubrí que durante años él había llamado amor a una forma de administración de mi hambre.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que Nicolás tocara la puerta abierta.
—Dijiste sola —dijo desde el umbral.
—Y aquí estás.
—No entré.
Lo miré; estaba de pie afuera, como si el marco de la puerta fuera una ley que estaba dispuesto a respetar. Eso me hizo daño de una manera inesperada.
—Entra —dije.
Lo hizo despacio. Cerró la puerta detrás de sí, no del todo, dejándola entreabierta, un gesto mínimo para que yo no sintiera encierro; no se lo agradecí en voz alta.
—No voy a decir que lo siento —dijo—. No porque no lo sienta, sino porque hoy esa frase no sirve.
—No.
—Tampoco voy a decir que Tomás era un cobarde.
—No.
—Ni que deberías odiarlo.
—No quiero odiarlo.
—Lo sé.
Me miró desde la distancia, y esa distancia volvió a ser una forma de cuidado. —Pero puedes enojarte.
La frase, tan simple, me abrió una grieta.
—No con él —dije.
—Sí con él.
—Está muerto.
—Eso no lo vuelve intocable.
El llanto llegó entonces, no como en las películas, no hermoso ni liberador, sino torpe, seco al principio, luego más hondo, casi furioso.
Odié que Tomás hubiera muerto antes de que yo pudiera preguntarle si de verdad creía que amarme era reducirme.
Odié a Valeria, si era ella, por obligarme a mirar con una crueldad que no le pertenecía.
Odié la silla, la foto, la casa, el arte, el deseo, la palabra hambre.
Nicolás se arrodilló frente a mí solo cuando yo bajé las manos; no me tocó.
—Puedo irme —dijo.
Negué con la cabeza.
Entonces me abrazó.
No hubo deseo en ese primer contacto, o si lo hubo, quedó lejos, bajo otra cosa más urgente.
Nicolás me sostuvo con una firmeza silenciosa, una mano en mi espalda, la otra en mi nuca, y yo lloré contra su pecho con una vergüenza cada vez menos importante.
Su cuerpo estaba caliente, vivo, presente, y esa presencia no arreglaba nada, no borraba a Tomás ni convertía el dolor en romance, pero impedía que la habitación se cerrara por completo alrededor de mí.
—No sé quién soy sin defenderlo —dije.
—Sí sabes.
—No.
—Todavía no quieres saber.
Me reí entre lágrimas, un sonido roto. —Eres insoportable incluso abrazando.
—Lo intento menos en esta posición.
Me aparté apenas para mirarlo. Tenía los ojos serios, la boca sin sonrisa, el rostro cerca pero no inclinado hacia mí. No estaba esperando un beso; eso hizo que quisiera dárselo; no lo hice; apoyé la frente contra su hombro.
—No uses esto en la exposición —murmuré.
—Nunca.
—Ni a mí.
—No.
—Ni a Tomás.
Nicolás tardó un segundo. —A Tomás no. A lo que el silencio hace con la gente, quizá.
Cerré los ojos. —Eso suena demasiado bien.
—Entonces lo discutiremos cuando no estés llorando.
—Qué generoso.
—Estoy aprendiendo.
Permanecimos así un rato, en el suelo de la biblioteca, con las cortinas abiertas y el bosque afuera, sin que ninguno intentara convertir el momento en una solución.
Después Mara llamó desde el pasillo, sin entrar, diciendo que la policía quería hablar con nosotros por teléfono.
Su voz tenía ese tono de mala noticia contenida que ya empezaba a reconocer.
Nicolás me soltó despacio; se levantó primero y me ofreció la mano; la tomé.
En la cocina, Mara tenía el teléfono fijo en altavoz. El agente de bigote habló con una claridad que hizo que todo lo demás se ordenara de golpe.
Habían encontrado una coincidencia parcial en una cámara de carretera, cerca de la entrada secundaria del camino de grava.
Un vehículo había pasado a las dos de la madrugada y luego otra vez a las cuatro treinta.
Placas parcialmente cubiertas por barro; modelo: SUV gris; estaban intentando rastrearlo.
—Y hay algo más —dijo el agente.
Nadie respiró.
—La empresa de seguridad revisó accesos al sistema de cámaras exteriores. Hubo una conexión remota anoche, antes de que instaláramos las cámaras nuevas. No desde una IP local.
Nicolás apoyó una mano sobre la mesa.
—¿Desde dónde? —preguntó Mara.
—Estamos verificando. Pero el usuario utilizado pertenece a una cuenta antigua del estudio.
Nicolás cerró los ojos.
—¿Nombre? —pregunté, aunque ya lo sabía antes de oírlo.
El agente respondió:
—Valeria Montes.