Capítulo siete — La silla blanca #2
Él asintió, pero lo hizo con la rigidez de quien entrega una llave que preferiría tragarse.
El agente siguió haciendo preguntas: empleados anteriores, técnicos, visitantes, familiares, proveedores, seguridad.
La lista creció, y con ella una sensación de contaminación retrospectiva: todo el mundo podía haber entrado, visto algo y armado aquella escena con paciencia.
Mientras los agentes trabajaban, yo me acerqué al ventanal de la biblioteca.
Desde fuera, mi reflejo apareció sobre el vidrio con el bosque detrás, una doble imagen: mi cara pálida, los árboles atravesándome, la habitación al fondo apenas visible.
Rabia. La vergüenza, entendí, era justo lo que esa persona quería de mí: que lo ocurrido con Nicolás dejara de pertenecer a mi decisión y se volviera algo sucio porque había sido visto.
No iba a concederle eso.
Cuando volvimos al estudio, la silla quedó en manos de la policía.
Al contrario, parecía que el objeto había dejado una versión invisible de sí mismo en cada habitación.
Sacó una carpeta que yo no había visto antes, de color azul oscuro, muy gastada en las esquinas.
Mara se quedó en la entrada del estudio, como si supiera qué era y no quisiera acercarse demasiado.
—¿Qué es? —pregunté.
Nicolás la puso sobre la mesa, pero no la abrió. —El archivo de Lucía.
La frase hizo que el estudio se contrajera.
—No tienes que hacerlo ahora —dijo Mara.
—Sí.
—No porque alguien haya puesto una silla afuera.
—Precisamente porque alguien puso una silla afuera.
—Nicolás.
—No voy a dejar que esa persona decida qué parte de esto se mira y cuál no.
La frase era casi la misma lógica que yo había usado con él. Escucharla de su boca me produjo una inquietud amarga, porque supe que tenía razón y también que la razón podía convertirse en otra forma de violencia si no se administraba con cuidado.
—No necesitamos revisar todo —dije.
Nicolás me miró. —¿Ahora se asusta?
—Sí.
No esperaba mi propia respuesta; él tampoco.
—Me asusta que lo abras por rabia —dije—. Me asusta que confundas quitarle poder a alguien con entregarle la parte de ti que precisamente quiere alcanzar. Me asusta porque entiendo el impulso.
Algo en su expresión cedió.
Mara me miró de una forma distinta, casi agradecida, aunque no lo bastante para volverlo evidente.
Nicolás apoyó las manos sobre la carpeta. —No sé hacerlo de otra manera.
Esa confesión, dicha sin belleza, sin defensa, me dolió.
—Entonces no lo hagas solo —dije.
No sé si entendió la frase como yo la dije: no solo conmigo, no solo con Mara, no solo contra quien nos miraba, no solo en el arte, no solo en la memoria. Pero la entendió lo suficiente para no abrir la carpeta de inmediato.
Nos sentamos los tres alrededor de la mesa.
Mara preparó una regla simple: revisar solo lo necesario para identificar quién podía conocer la silla, sin leer cartas personales ni mirar fotografías que no aportaran información.
Nicolás aceptó con una obediencia tensa.
Yo me limité a tomar notas, no como curadora esta vez, sino como testigo, y esa diferencia era más importante de lo que parecía.
La carpeta contenía documentos médicos, fotografías de la casa familiar, algunas notas de la madre de Nicolás, recortes, facturas de almacenamiento, inventarios de objetos conservados después de la muerte de Lucía.
Allí estaba la silla. O, mejor dicho, una silla descrita como “silla blanca habitación L.” Guardada en un depósito familiar en Atlanta junto con cajas de ropa, cuadernos escolares, juguetes, un vaso azul, una manta.
—¿Quién tiene llave de ese depósito? —pregunté.
—Mi madre —dijo Nicolás—. Su asistente. Yo, aunque no he ido en años.
—¿Tu padre?
—Murió hace seis.
Mara revisó el inventario. —Esto está digitalizado.
—Sí.
—¿Dónde?
—En el archivo familiar y en mi servidor.
—¿Quién tiene acceso al archivo familiar?
La pregunta quedó suspendida.
—Mi madre —dijo él—. Su asistente. Una persona que trabajó en catalogación hace dos años.
—Nombre —dijo Mara.
—Valeria Montes.
Yo levanté la mirada.
—¿Qué pasa? —preguntó Nicolás.
Conocía ese nombre, no por la familia de Nicolás, sino por Tomás.
—Valeria Montes trabajó con Tomás —dije lentamente—. O con su archivo. Después de su muerte.
Mara dejó de mover papeles. Nicolás se quedó inmóvil.
—¿Estás segura? —preguntó él.
—Sí. Fue una de las asistentes temporales contratadas para digitalizar materiales de la retrospectiva. No estuvo mucho tiempo. Tres semanas, quizá. La recomendó alguien de Atlanta, creo.
—¿Qué hacía en el archivo de Tomás?
—Escaneaba notas, correspondencia, fotografías de obra, documentos de exposición. Material que yo supervisaba de manera general, pero no cada página. Había demasiado.
La conexión cayó sobre la mesa con una claridad casi obscena.
Una persona que había tenido acceso al archivo familiar de Nicolás y al archivo de Tomás.
Alguien que podía conocer la silla, los textos, las frases, la mitología de ambos.
Alguien que podía haber visto mis textos curatoriales, mis subrayados, tal vez incluso correspondencia personal.
—Valeria —repitió Mara, como si estuviera probando el nombre contra la casa.
Nicolás se levantó y fue al computador; tecleó con rapidez; buscó correos antiguos, contratos, registros de acceso; demasiado invisible.
Había trabajado en silencio, había entregado lo que se le pidió, había desaparecido antes de que la retrospectiva estuviera completa porque, si no recordaba mal, dijo tener otro contrato en Atlanta. Yo no había pensado más en ella.
—Aquí está —dijo Nicolás.
En la pantalla apareció un contrato de catalogación con el nombre completo: Valeria Montes Aguirre.
Dirección en Atlanta; correo electrónico; fecha de trabajo: dos años atrás; proyecto: archivo privado Aranda-Solís.
Otro documento, meses después, la vinculaba con un estudio de conservación que había prestado servicios a una fundación en Miami.
La misma fundación que había apoyado la retrospectiva de Tomás.
Mara sacó su teléfono. —Voy a pasar esto a la policía.
—Espera —dije.
Ambos me miraron.
—Necesito ver algo primero.
—No —dijo Nicolás.
—No sabes qué voy a buscar.
—Sí. Vas a buscarla en el archivo de Tomás.
—Exacto.
—Clara.
—Si tuvo acceso a los dos archivos, puede haber tomado de allí la frase del catálogo, la pregunta sobre Tomás, incluso la forma de escribir sobre miedo. Necesito saber qué vio.
—No ahora.
—Sí ahora.
—Estás temblando.
—Estoy furiosa.
—Eso no es mejor.
—Para mí sí.
Mara intervino antes de que la tensión volviera a convertirse en otra cosa. —Que busque, pero no sola. Y no desde su memoria. Desde registros. Necesitamos hechos.
La palabra hechos me sostuvo.
Subimos a la oficina sin ventanas. Yo inicié sesión en el sistema compartido de la galería desde la computadora de Nicolás, con una contraseña que me costó recordar porque llevaba meses evitando entrar en ciertas carpetas de Tomás.
Busqué el registro de asistentes del archivo; nada; fotografías de estudio.
No recordaba haber autorizado que Valeria digitalizara cuadernos personales, pero quizá sí lo hice, o quizá Bruno, o quizá el volumen del archivo había vuelto porosas las decisiones.
En la carpeta de cuadernos había imágenes escaneadas de páginas que yo misma no había vuelto a leer desde la muerte de Tomás. Abrí una al azar. La letra de Tomás apareció en la pantalla, limpia, delgada, contenida. Sentí algo parecido al mareo.
Nicolás estaba detrás de mí, no demasiado cerca. Mara a un lado.
—No tienes que leerlo todo —dijo ella.
—Lo sé.
Busqué por palabra clave en los documentos OCR, aunque el reconocimiento de la letra manuscrita era irregular. Escribí miedo; aparecieron resultados; muchos; demasiados. Tomás había usado esa palabra más de lo que mi memoria piadosa recordaba.
Abrí una página fechada cinco años atrás.
“Clara insiste en que la obra puede abrirse hacia el cuerpo sin perder rigor. No entiende todavía que el cuerpo siempre pide público, y el público siempre vulgariza. Su inteligencia es peligrosa cuando quiere gustar.”
No respiré.
Mara hizo un movimiento mínimo, como si hubiera querido cerrar la laptop por mí. Nicolás no se movió.
Abrí otra.
“Ella tiene talento para ver, pero demasiada hambre de mundo. Mi tarea, quizá, es enseñarle a reducir esa hambre, a volverla forma, a no desperdiciarse en la superficie brillante de las cosas.”
La habitación se volvió pequeña.
—Clara —dijo Nicolás.
—No.
Abrí otra página. Esta era posterior, escrita cerca de la entrevista que habíamos leído.
“Hay una pobreza necesaria para la obra. Clara la teme porque nació para moverse entre otros, para seducir con la inteligencia, para administrar los deseos ajenos. Si la dejo, el mundo la va a celebrar antes de que entienda el silencio. Tal vez mi mayor gesto de amor sea impedir que se pierda en esa celebración.”
Me llevé una mano a la boca.
No lloré. Durante un segundo, Tomás no fue el muerto venerado ni el hombre frágil que yo había cuidado, sino una voz escribiendo sobre mí como si yo fuera una materia que él debía corregir, reducir, empobrecer para que no se me notara demasiado la vida.
—Basta —dijo Nicolás, y esta vez sí se acercó.
—No.
—Basta por ahora.
—No me ordenes qué mirar.
—No te lo ordeno. Te estoy diciendo que no tienes que dejar que una desconocida, ni Tomás, ni yo, te obliguemos a leer esto de una vez como si fuera una prueba de valor.
Lo miré. La rabia, el dolor y la vergüenza me hicieron hablar con una crueldad automática. —Qué conveniente que ahora quieras cuidar mi ritmo. Hace dos días pusiste su catálogo en mi habitación.
Él recibió el golpe sin defenderse.
—Sí —dijo—. Y me equivoqué.
La admisión me dejó sin impulso; habría preferido que discutiera; habría preferido sostener la furia.
Mara cerró la laptop con suavidad. Esta vez no la detuve.
—Valeria pudo leer todo esto —dijo ella—. Esa es la información que necesitábamos. No necesitas seguir abriéndote delante de nosotros.