Capítulo siete — La silla blanca
CAPÍTULO SIETE
LA SILLA BLANCA
N icolás no dijo nada al principio, y quizá por eso la silla, pequeña y blanca en medio de la tierra húmeda, pareció ocupar toda la pantalla, como si la cámara exterior no estuviera mostrando un objeto sino una herida recién colocada en el paisaje para obligarnos a mirar hacia el único lugar donde él todavía no había querido hacerlo del todo.
La imagen era gris, granulada por la luz temprana y por la interferencia que acababa de atravesarla, pero se distinguía con una claridad insoportable: cuatro patas metálicas hundidas apenas en el barro, un respaldo bajo, la superficie del asiento manchada de agua y hojas, la posición exacta frente al ventanal de la biblioteca, como si alguien se hubiera sentado allí durante la noche para mirar hacia dentro o, peor todavía, como si alguien hubiera querido reconstruir afuera la silla vacía que pertenecía a la pieza de Lucía, sacándola del territorio protegido del estudio y colocándola en la montaña, a la intemperie, en el punto desde donde nos habían fotografiado.
Mara apareció detrás de nosotros antes de que ninguno lograra reaccionar con verdadera eficacia.
No sé si se despertó por el ruido de la silla de Nicolás al levantarse, por la tensión de nuestras voces no dichas o porque en esa casa todos habíamos empezado a desarrollar una sensibilidad animal hacia los cambios mínimos.
Venía con la manta todavía sobre los hombros y el cabello desordenado, pero sus ojos estaban completamente despiertos.
Miró la pantalla, luego a Nicolás, luego a mí; no preguntó qué era; eso me dio más miedo.
—No salgas —dijo ella.
Nicolás ya caminaba hacia la puerta del estudio.
—Nicolás —repitió Mara, y esta vez su voz tuvo una dureza distinta, no de advertencia práctica sino de súplica contenida—. No salgas solo.
Él se detuvo, pero no volvió la cabeza. Yo nunca lo había visto así.
Había visto su control, su rabia, su deseo, incluso su vulnerabilidad durante la escena de la cama de cera, pero esto era otra cosa, algo más antiguo que la voluntad, más cercano al reflejo de un niño que escucha su nombre desde una habitación de hospital y corre antes de saber si puede soportar lo que verá.
—No es la silla —dijo él.
Mara cerró los ojos un instante.
—¿Qué significa eso? —pregunté, aunque en realidad no estaba segura de querer la respuesta.
Nicolás se volvió hacia la pantalla. La silla seguía allí, inmóvil bajo la luz gris. —No es la silla de la pieza.
—¿Cómo lo sabes? —dije.
—Porque esa está en el estudio.
—Puede ser una copia.
—No. Es otra.
Mara se acercó a los monitores y amplió la imagen con movimientos rápidos, precisos.
La silla apareció más grande, deformada por el zoom, pero suficiente para ver un detalle en el respaldo: una pequeña pegatina medio desprendida, amarillenta, con un número negro escrito a mano.
Nicolás hizo un sonido bajo, casi imperceptible, pero yo lo oí; no fue una palabra, sino reconocimiento.
—Es del hospital —dijo Mara.
La frase entró en mí con una lentitud helada.
Nicolás no la corrigió.
—¿Qué hospital? —pregunté.
Mara miró a Nicolás antes de responder, no por pedir permiso, sino porque sabía que cualquier palabra podía romper algo que ya estaba demasiado agrietado.
—Donde estuvo Lucía.
El estudio pareció perder aire. Miré otra vez la pantalla, la silla blanca, el respaldo pequeño, el barro alrededor de las patas, y la pieza de la cama de cera volvió a mi cabeza con una violencia nueva: la silla vacía junto al lecho, las manos infantiles suspendidas, las palabras grabadas en la superficie pálida, padre no llega, madre duerme, no vendas esto.
Era una extracción. Alguien no estaba jugando solo con nuestras palabras, con Tomás, con la biblioteca o con la intimidad robada; alguien había encontrado un objeto real, o uno idéntico, o uno cargado con el peso de esa historia, y lo había puesto en el lugar desde donde nos habían mirado.
—Llama a la policía otra vez —dijo Mara.
—Ya —respondí, porque necesitaba hacer algo, lo que fuera, antes de que Nicolás saliera.
Tomé el teléfono fijo del estudio con una rapidez torpe, marqué el número del agente que nos había dejado una tarjeta la noche anterior y expliqué la situación como pude, aunque al escuchar mi propia voz diciendo “apareció una silla frente al ventanal” entendí lo absurdo que debía sonar para cualquiera que no hubiera visto la foto, las notas, las piezas y la cara de Nicolás en ese instante.
Mientras hablaba, Mara se colocó entre él y la puerta, no de manera teatral, sino física, con los pies firmes en el suelo y la manta cayéndole de los hombros como si de pronto la temperatura hubiera dejado de importarle.
—No vas a tocarla —dijo.
—Necesito verla.
—Desde aquí la estás viendo.
—No.
—Nicolás, si sales y la tocas, destruyes evidencia. Si sales y hay alguien en los árboles, te expones. Si sales porque esa silla te llamó por el nombre que no está diciendo, le das exactamente lo que quiere.
La frase lo detuvo más que cualquier orden. Vi cómo le atravesaba el cuerpo. Esa silla lo estaba llamando, sí, no con palabras sino con una memoria anterior a la fama, anterior al artista, anterior a todo lo que él había construido para no seguir sentado frente a una cama contando respiraciones.
—No es de ella —dijo él, pero ya no sonó seguro.
—Entonces espera a que alguien más lo confirme.
Yo colgué después de que el agente prometiera enviar una patrulla de inmediato y no mover nada.
La palabra inmediato, en un lugar como ese, era relativa, pero no dije nada.
Me acerqué a Nicolás; no demasiado. Había aprendido que cuando alguien está al borde de una reacción antigua, tocar puede ser una violencia aunque nazca del cuidado.
—Nicolás —dije.
Me miró como si le costara reconocerme. Esa mirada me dio miedo, no por mí, sino por él.
—No salgas.
Su respiración era lenta, pero no tranquila. —Si esa silla es real, alguien entró en un lugar donde no podía entrar.
—¿El hospital?
—El depósito de mi madre.
Mara apretó la mandíbula.
—¿Tu madre guarda cosas de Lucía? —pregunté, con cuidado.
Nicolás soltó una risa seca, casi rota. —Mi madre guarda todo lo que puede demostrar que sufrió mejor que los demás.
Nadie respondió. Afuera, la luz subía lentamente sobre la pendiente, mostrando más detalles del barro, de las hojas pegadas a las patas metálicas, de la silla absurda bajo la cámara. La casa, desde los monitores, parecía una colección de lugares vacíos esperando que algo ocurriera.
—¿Quién sabe de ese depósito? —preguntó Mara.
—Mi madre. Yo. Tú.
—Y quien haya tenido acceso a sus cosas en Miami.
—No están en Miami. Están en Atlanta.
—¿Elaine?
—No debería.
—Pero pudo.
La palabra pudo era el verdadero veneno de toda investigación. Pudo saber, pudo entrar, pudo copiar, pudo seguir, pudo esperar. Cada posibilidad abría otra habitación; cada habitación tenía una puerta sin cerrar.
La policía llegó cuarenta minutos después, aunque a mí me pareció una mañana entera.
Yo escribí en una hoja aparte todo lo que recordábamos desde la noche anterior, con horarios aproximados, posiciones, personas, frases, porque necesitaba convertir la angustia en una secuencia y porque, si no lo hacía, iba a empezar a imaginar que cada objeto de la casa había cambiado ligeramente de lugar.
Cuando la patrulla apareció en la cámara del camino de grava, Nicolás se levantó sin decir nada, y esta vez Mara no lo detuvo, solo tomó su abrigo y se lo entregó.
Salimos los tres con los agentes hacia la pendiente norte.
El aire estaba frío, mojado, y la tierra cedía bajo las botas.
La biblioteca, vista desde fuera, parecía otra habitación, menos íntima que amenazante, con su ventanal grande reflejando el bosque y la casa detrás de nosotros.
Me estremecí al reconocer el ángulo de la fotografía: desde allí, bajo la lluvia, alguien había podido vernos con suficiente claridad si la lámpara estaba encendida y el vidrio se comportaba como una pantalla.
Mirar, a veces, es completar con deseo lo que la imagen niega.
La silla estaba a pocos metros del vidrio y era más pequeña de lo que parecía en la pantalla, además de más vulgar: metal blanco, asiento de plástico rígido, manchas de óxido en las uniones y una pegatina numerada casi desprendida.
Era una silla cualquiera, salvo porque ninguna cosa es cualquiera cuando alguien la coloca en el centro exacto de una herida.
Uno de los agentes la fotografió desde varios ángulos. Nicolás, a mi lado, no miraba la silla como se mira un objeto encontrado, sino como se mira a alguien que ha vuelto mal.
—No es la de Lucía —dijo al fin.
No supe si hablaba conmigo, con Mara o consigo mismo.
—¿Estás seguro? —preguntó Mara.
—La pegatina no es la misma. La silla de ella tenía una marca azul en una pata. Esta no.
—Entonces es una copia.
—O una silla del mismo hospital.
El agente de bigote canoso, el mismo de la noche anterior, se acercó después de terminar las primeras fotografías. —¿Puede explicar por qué este objeto es significativo?
Nicolás tardó en responder. Vi el esfuerzo en su rostro, la violencia que suponía traducir una memoria privada al lenguaje práctico de una denuncia. Antes de que pudiera hacerlo, Mara habló.
—La hermana del señor Aranda estuvo hospitalizada de niña. Él tiene en su estudio una obra no exhibida que incluye una silla similar, asociada a esa experiencia. No es información pública.
El agente anotó. No pareció sorprendido, o fingió bien. —¿Alguien pudo haber visto esa obra recientemente?
Mara y Nicolás me miraron casi al mismo tiempo.
—Yo —dije.
—¿Alguien más? —preguntó el agente.
—Mara —respondió Nicolás—. Nadie más en años.
—¿La obra ha sido fotografiada?
—No para uso público.
—¿Archivos digitales?
Nicolás respiró hondo. —Sí.
—Necesitaremos revisar quién pudo acceder.