Capítulo seis — Ahora sí estás mirando #6
No con Tomás muerto, ni enfermo, ni cubierto por la luz piadosa de la memoria, sino con Tomás vivo en nuestro apartamento de Miami, de pie frente a una de sus telas grises, diciéndome que yo no entendía la pureza porque todavía necesitaba gustar.
En el sueño, yo quería responderle, pero no podía abrir la boca.
Entonces Nicolás aparecía detrás de mí, no para salvarme, no para tocarme, sino para encender una lámpara sobre la pintura de Tomás, y bajo esa luz la tela dejaba de ser gris: estaba llena de líneas borradas, palabras raspadas, manchas ocultas bajo capas de pintura, todo aquello que yo nunca había querido ver porque la superficie austera me permitía creer en una verdad más limpia.
Me desperté antes del amanecer con una decisión.
No sobre Nicolás.
No sobre la casa.
Sobre Tomás.
Bajé a la cocina cuando todavía estaba oscuro.
Nicolás estaba en el estudio, visible desde la pasarela, sentado frente a varios monitores donde se veían imágenes de las cámaras: pasillos vacíos, entrada principal, camino de grava, puerta del ala oeste, biblioteca desde dentro, la pendiente norte iluminada por una cámara temporal exterior que la empresa había instalado al caer la tarde.
Tenía los ojos fijos en las pantallas, pero su rostro estaba en otra parte.
—Necesito pedirte algo —dije.
Se volvió de inmediato. El cansancio le marcaba la cara, pero su atención apareció completa, como si mi voz hubiera activado algo más fuerte que el sueño.
—Dime.
No “dígame”. No distancia. Lo noté. No lo corregí.
—Quiero revisar el catálogo de Tomás. No solo el que trajiste. Todo lo que pueda encontrar en línea, críticas, entrevistas, registros de exposición. Y necesito que no lo conviertas en una provocación.
Nicolás me miró largo rato. —¿Por qué?
—Porque alguien está usando una pregunta que tal vez yo debí hacerme antes.
—No tienes que hacerlo aquí.
—Sí. Creo que sí.
—Clara…
—No necesito que me protejas de eso.
—No iba a hacerlo.
—Sí ibas.
Nicolás no respondió porque era verdad.
Me acerqué a la mesa y miré los monitores. Todos mostraban espacios vacíos. La casa, bajo las cámaras, parecía más falsa que segura.
—Si vamos a trabajar con lo que no se exhibe —dije—, también tengo que mirar lo mío.
Nicolás se quedó en silencio. Luego apagó uno de los monitores, abrió su laptop y la giró hacia mí.
—Empieza por su última entrevista —dijo—. La tengo guardada.
Me senté a su lado.
La entrevista había sido publicada ocho meses antes de la muerte de Tomás, en una revista pequeña pero prestigiosa.
La había leído en su momento, por supuesto, y recordaba haberla celebrado, incluso citado en el texto de la retrospectiva.
Tomás hablaba de la renuncia como ética, de la austeridad como resistencia, del mercado como ruido, del cuerpo como distracción, de la seducción como fracaso moral de la forma.
Cada frase era hermosa y me resultó, de pronto, un poco más estrecha.
Leí en silencio hasta llegar a una respuesta que había olvidado:
“Mi esposa entiende que una obra verdadera exige una vida alrededor. Hay personas que quieren todo: amor, reconocimiento, cuerpo, presencia, éxito. Yo desconfío de esa voracidad. La creación seria necesita una clase de pobreza interior.”
Sentí que el estómago se me cerraba.
Nicolás no dijo nada; lo agradecí.
Leí de nuevo las frases «Mi esposa entiende que una obra verdadera exige una vida alrededor» y «La creación seria necesita una clase de pobreza interior», y la expresión «una vida alrededor» sonó distinta, como una asignación de lugar.
—Yo subrayé esto —dije.
Mi voz no parecía mía.
—¿Cuándo?
—Cuando salió. Lo guardé. Le dije que era hermoso.
Nicolás seguía callado. No con prudencia cobarde, sino con una atención que me dejaba el espacio completo para caer sin empujarme.
—Era hermoso —añadí—. O yo necesitaba que lo fuera.
La pantalla empezó a nublarse. Tardé en entender que tenía los ojos llenos de lágrimas. Me cubrí la boca con una mano. No quería hacer ruido, despertar a Mara ni que la casa me oyera.
Nicolás no me tocó.
Al principio.
Luego, muy despacio, apoyó una mano sobre la mesa, cerca de la mía, no encima. La dejó allí, disponible, sin exigir nada. Esa distancia mínima fue una forma de delicadeza que me rompió más que cualquier abrazo; todavía no.
—No quiero odiarlo —dije.
—No tienes que odiarlo.
—Si no lo odio, entonces qué hago con esto.
—Mirarlo.
La palabra volvió; mirar; ahora sí estás mirando.
Pero en su boca no sonó como amenaza. Sonó como una tarea dolorosa y simple.
—Y si miro demasiado —pregunté—, ¿qué queda?
Nicolás me miró entonces, no como artista, no como hombre que me deseaba, sino como alguien que conocía la pérdida lo suficiente para no adornarla.
—Lo que sobreviva sin que tengas que mentir por él.
No pude evitarlo; tomé su mano.
No fue un gesto erótico, sino peor en cierto sentido: fue confianza. Nicolás cerró los dedos alrededor de los míos con cuidado, como si supiera que cualquier presión de más podía hacerme retirar.
Afuera empezó a amanecer.
En los monitores, la casa seguía vacía. La pendiente norte apareció gris bajo la primera luz. El pasillo del ala oeste, inmóvil; la biblioteca, ordenada; el estudio, lleno de piezas cubiertas; todo parecía quieto, contenido, vigilado.
Entonces una de las cámaras exteriores parpadeó.
La imagen de la pendiente norte se llenó de interferencia durante dos segundos; luego volvió.
En la tierra húmeda, frente al ventanal de la biblioteca, había algo que no estaba antes.
Una silla.
Pequeña, metálica, blanca.
Como la de la pieza de Lucía.
Nicolás soltó mi mano antes de levantarse; no por rechazo, sino por miedo.
Y por primera vez desde que lo conocí, vi en su rostro una expresión sin control.