Capítulo seis — Ahora sí estás mirando #5
—Porque quien está haciendo esto sabe componer una escena. No solo deja mensajes. Construye relaciones entre ellos. El catálogo frente a mi puerta, la frase bajo la tuya, la fotografía frente al estudio. Quiere que miremos en una dirección específica.
—¿Cuál?
Nicolás miró hacia el estudio, hacia las piezas cubiertas, hacia la casa entera. —Adentro.
No respondí porque esa palabra nombró exactamente lo que yo había estado sintiendo desde la llegada: que cada incidente, por más externo que pareciera, nos empujaba hacia dentro, hacia el archivo, hacia Tomás, hacia Lucía, hacia la biblioteca, hacia la parte no mostrada de las cosas.
La amenaza no quería solo asustarnos; quería conducirnos.
—Entonces no deberíamos obedecer —dije.
—Tal vez no.
—Pero vamos a hacerlo.
Nicolás me miró con una tristeza breve, casi imperceptible. —Sí.
La policía llegó cuando ya había anochecido por completo, dos agentes del condado que parecían más acostumbrados a robos de herramientas, disputas de vecinos y turistas perdidos que a una casa-estudio llena de obras inquietantes, mensajes anónimos y tensiones personales imposibles de resumir.
Mara habló primero, con una precisión que agradecí: relató los incidentes, entregó horarios, registros de sensores, grabaciones exteriores, copia de la fotografía y de las notas, sin dramatizar ni omitir lo necesario.
Yo respondí preguntas sobre mi habitación, sobre el catálogo, sobre la hoja bajo la puerta, sobre la noche de la fotografía con una versión estrictamente suficiente: estuve en la biblioteca con el señor Aranda, durante la lluvia, antes de retirarme a mi habitación.
O sí lo pensaron, pero tuvieron la decencia o el cansancio de no formularlo.
Uno de los agentes, un hombre ancho, de bigote canoso y mirada menos torpe de lo que parecía al principio, pidió revisar la zona exterior de la biblioteca. Era el malestar de quien entra en un espacio donde demasiadas cosas parecen cuerpos sin serlo.
—¿Conoce a alguien que quisiera hacerle daño? —me preguntó.
Casi me reí. No porque la pregunta fuera mala, sino porque la respuesta verdadera era demasiado amplia y demasiado absurda. —No en esta zona.
—¿Y fuera de esta zona?
—Soy curadora. La gente suele querer demostrar que me equivoco, no entrar en mi habitación.
La agente no sonrió. —¿Y su esposo? El catálogo era de él, ¿correcto?
La palabra esposo me produjo una punzada. —Murió hace un año.
—Lo siento.
Asentí, cansada de esa fórmula, pero incapaz de rechazarla con crueldad. Ella volvió a sus notas.
—¿Alguien relacionado con él podría haber sabido que usted estaba aquí?
—No lo sé.
Y era verdad. El video de Miami había puesto mi nombre otra vez al lado del de Nicolás, y el proyecto, aunque todavía no se había anunciado formalmente, ya se intuía en comentarios, etiquetas, insinuaciones.
Cualquier persona conectada a Tomás pudo sentirse ofendida, curiosa, complacida o traicionada por esa colaboración.
Ese pensamiento abrió una posibilidad que hasta entonces había evitado: tal vez la amenaza no venía del pasado de Nicolás, sino del mío.
—¿Puede hacer una lista? —preguntó la agente.
—¿De personas relacionadas con mi esposo?
—De personas que pudieran tener acceso a información sobre usted, sobre el proyecto o sobre ambos.
Tomé aire. —Sí.
La lista me pareció al principio ridícula, luego inquietante.
Escribí nombres de antiguos colegas de Tomás, críticos, asistentes de archivo, galeristas menores, un coleccionista que había intentado comprar obra suya después de su muerte con una insistencia desagradable, dos estudiantes que lo idolatraban de manera excesiva, un curador que me culpó en privado de “administrar” demasiado su legado, una mujer que había sido amiga de Tomás antes de que yo lo conociera y que nunca me perdonó haber tenido acceso a su último estudio.
Nombres, cargos, ciudades, vínculos. El pasado empezó a ordenarse en columnas, y al verlo así me dio una vergüenza extraña, como si estuviera traicionando a un muerto al admitir que alrededor de él también había existido resentimiento, deseo, ambición, envidia, no solo respeto.
Cuando Nicolás volvió, tenía barro en las botas y una expresión cerrada. Mara venía detrás, más pálida.
—Encontraron huellas —dijo ella.
—¿Humanas? —pregunté, odiando la estupidez de la pregunta apenas salió.
—Sí. En la pendiente, bajo el ventanal de la biblioteca. Parciales, por la lluvia. También una marca donde alguien pudo apoyar la rodilla o una mano para estabilizarse.
—¿Recientes?
—De anoche, probablemente.
La cocina se inclinó un poco, o quizá fui yo. La agente me miró con atención, evaluando si iba a desmayarme o si bastaba con dejarme en paz. Nicolás dio un paso hacia mí, pero se detuvo antes de tocarme. Ese gesto, esa contención incluso allí, me quebró más que cualquier abrazo.
—Estoy bien —dije.
—No —respondió Mara—, pero estás de pie, que por ahora sirve.
Los policías se fueron casi a las once, prometiendo revisar antecedentes, aumentar rondas en la zona y comunicarse si encontraban algo en las cámaras de caminos cercanos.
Nicolás permaneció en la sala, mirando hacia los ventanales como si pudiera ver a través de la noche al intruso, al fotógrafo, al fantasma humano que nos había estado mirando.
—Voy a dormir en la sala —dijo Mara.
—No —respondió Nicolás.
—No era una solicitud.
—Mara.
—Tú vas a dormir en el estudio o no vas a dormir, Clara va a cerrar con llave y fingir que eso basta, y yo voy a quedarme en la sala porque desde ahí veo el pasillo del ala oeste y la entrada principal.
Podemos discutirlo y perder veinte minutos, o puedes aceptar que hoy soy la persona menos emocional de esta casa.
Nicolás no discutió.
Yo quise decir que no hacía falta, pero habría sido mentira y todos lo habríamos sabido.
Esa noche subí a mi habitación con una sensación extraña de derrota práctica.
Cerré la puerta con llave, coloqué una silla delante aunque sabía que era inútil, revisé la ventana dos veces y dejé la lámpara encendida.
Sin desvestirme del todo, me senté en la cama con la libreta abierta y, para no pensar en la fotografía, hice lo único que sabía hacer: escribí.
La exposición ya no podía llamarse Habitaciones cerradas , como había sugerido en una de las primeras notas. Era demasiado literal, demasiado amable; necesitaba otro título; escribí varias opciones y las taché casi todas.
Lo que mira; la piel recuerda; no todo lo que se toca; fuera de campo; mirar también es tocar; no lo que se exhibe.
La última me hizo detenerme.
No lo que se exhibe.
No era perfecta, pero tenía algo. La exposición no trataba de lo visible, sino de la violencia que organizaba lo visible, de las zonas donde una imagen se volvía posesión, de los cuerpos que se convertían en prueba, de los muertos convertidos en escudo, de los dolores protegidos no por respeto sino por miedo.
Escribí debajo: Una exposición sobre la imagen como forma de control y sobre aquello que permanece activo incluso cuando se oculta .
Luego, sin pensar, escribí otra frase:
Tomás hizo del silencio una ética, pero quizá también una habitación donde nadie podía contradecirlo.
Me quedé mirando esa línea mucho tiempo.
No lloré; Tomás había sido brillante, sí; tierno a veces, cruel de manera pasiva otras. Me había amado, o eso creía, pero también había necesitado tanto de mi admiración que cualquier desacuerdo mío parecía una traición. ¿Y si solo era miedo? Quizá demasiada.
Cerré la libreta.
Un golpe suave sonó en la puerta.
Me quedé helada.
—Soy yo —dijo Nicolás desde el otro lado.
No me moví.
—No abra si no quiere. Solo quería decirle que Mara está abajo, que la policía hará ronda cada dos horas y que voy a quedarme en el estudio con las cámaras abiertas en el monitor.
Me acerqué a la puerta, pero no retiré la silla. —¿Por qué me lo dice?
—Porque tal vez necesita saberlo.
—¿Y usted?
Hubo una pausa.
—Yo también.
Apoyé la frente contra la madera. Él estaba del otro lado, tan cerca y tan separado como debía estar. La puerta, por una vez, no pareció una amenaza sino una frontera necesaria.
—Nicolás.
—Sí.
—No quiero que esa foto exista.
—Lo sé.
—No quiero que anoche sea de otra persona.
La frase salió antes de que pudiera protegerla. Del otro lado, Nicolás tardó en responder.
—No lo será —dijo al fin.
—No puede prometer eso.
—No. Pero puedo destruir cualquier intento de convertirlo en otra cosa.
Había una violencia contenida en su voz, una promesa oscura que debería haberme asustado y que, en cambio, me hizo cerrar los ojos con cansancio. —No haga nada estúpido.
—Demasiado tarde para ambos.
Casi sonreí contra la puerta.
No abrí; él no pidió que abriera.
—Buenas noches, Clara —dijo.
—Buenas noches.
Escuché sus pasos alejarse por el pasillo.
Había una policía que quizá no serviría de nada, pero existía, una fotografía guardada en una bolsa plástica y una frase bajo mi piel: mirar también es tocar.
Y había, contra toda prudencia, la certeza de que Nicolás y yo estábamos siendo empujados hacia un centro que no era solo deseo, ni solo miedo, ni solo arte.
Dormí poco, pero soñé con Tomás.