Capítulo seis — Ahora sí estás mirando #4
Se mantuvo donde estaba, sin tocarme o acercarse más, y se limitó a aceptar la palabra y dejarla entre nosotros, intacta, sin convertirla en victoria; aquel gesto me hizo querer tocarlo con una claridad que me dio miedo.
En ese momento, desde el pasillo, sonó un golpe.
El golpe seco y único contra la puerta del estudio no fue fuerte ni dramático.
Ambos giramos.
—¿Mara? —llamó Nicolás.
Nadie respondió.
El segundo golpe fue más bajo, casi a ras del suelo.
Nicolás caminó hacia la puerta y la abrió de inmediato. El pasillo estaba vacío. La cámara recién instalada parpadeaba con una luz roja diminuta en la esquina superior. En el suelo, justo frente al umbral, había una fotografía.
No quise acercarme, pero lo hice.
Nicolás la recogió antes de que yo pudiera detenerlo, y en cuanto la vio su rostro perdió color.
—¿Qué es? —pregunté.
No respondió.
Me acerqué más.
La fotografía mostraba la biblioteca donde habíamos estado la noche anterior, pero no era antigua: alguien la había tomado desde afuera, a través del ventanal mojado por la lluvia.
La imagen era borrosa, oscura, granulada, aunque permitía distinguir dos siluetas, Nicolás de pie junto a la mesa baja y yo frente a él, envuelta todavía en la luz amarilla de la habitación.
No mostraba la escena explícita ni hacía falta.
Debajo, escrita con tinta negra, había una frase:
MIRAR TAMBIÉN ES TOCAR.
Nicolás cerró la mano sobre la fotografía con tanta fuerza que por un segundo pensé que iba a arrugarla, destruirla, volverla inútil como prueba, y ese impulso, aunque apenas duró, me mostró algo que no había visto aún en él: no rabia estética, no control herido, no orgullo de artista ofendido, sino una violencia más primaria, una reacción inmediata contra la idea de haber sido observado en un momento que, por más imprudente, oscuro y confuso que hubiera sido, todavía nos pertenecía.
Era la conciencia brutal de que alguien había atravesado una línea que no estaba en el contrato, ni en el proyecto, ni en nuestras discusiones sobre el cuerpo público, sino en esa zona íntima donde una persona todavía necesita creer que lo que hace con su deseo no ha sido convertido en material por ojos ajenos.
—No la rompa —dije, y mi voz sonó más baja de lo que esperaba.
Nicolás abrió la mano despacio, como si obedecerle a la razón le costara un esfuerzo físico.
La fotografía quedó marcada por la presión de sus dedos en los bordes, pero no destruida.
La frase seguía ahí, escrita debajo de la imagen con una limpieza insoportable: MIRAR TAMBIÉN ES TOCAR .
La leí una vez más y sentí náuseas, no por lo que mostraba la foto, porque la imagen era borrosa, ambigua, casi pudorosa si se la comparaba con lo que realmente había sucedido después, sino por lo que implicaba: alguien había estado fuera de la biblioteca mientras llovía, alguien había levantado una cámara o un teléfono, alguien había esperado el ángulo, la luz, el instante en que nuestros cuerpos se acercaban lo suficiente para que el encuadre dijera más de lo que mostraba.
Nicolás miró hacia el pasillo, luego hacia la cámara instalada esa misma tarde, cuya luz roja parpadeaba como un ojo inútil.
—Esta foto es de anoche —dijo.
—Antes de las cámaras interiores.
—Sí.
—Pero desde afuera.
Él asintió, y la palabra afuera me produjo un miedo distinto, más amplio, porque hasta ese momento la amenaza había parecido nacer dentro de la casa, bajo puertas cerradas, en pasillos, armarios, objetos movidos con una intimidad enfermiza; ahora, en cambio, la casa ya no era solo una trampa cerrada sino también un escenario observado desde la montaña, desde los árboles, desde la lluvia.
Pensé en el ventanal de la biblioteca, en mi cuerpo bajo la luz amarilla, en la tormenta golpeando el vidrio, en cómo yo había creído que no había testigos salvo yo, y de pronto la frase que le había dicho a Nicolás —sí los hay, yo— se volvió cruelmente insuficiente.
—Mara —llamó él, y esta vez su voz no tuvo paciencia ni contención.
No tuvo que llamarla dos veces. Ella apareció desde el extremo del pasillo con una rapidez que me hizo pensar que, de alguna manera, ya estaba escuchando.
Vio la foto en la mano de Nicolás, vio su rostro, vio el mío, y no necesitó explicación para comprender que el incidente había cambiado de escala.
—No la toquen más —dijo, aunque ya era tarde.
—La dejaron en la puerta del estudio —respondió Nicolás.
Mara se acercó sin quitar los ojos de la fotografía. La leyó, levantó la mirada hacia nosotros y por primera vez desde que la conocía vi en su cara algo que no era solo control seco ni ironía defensiva, sino una preocupación desnuda, inmediata.
—¿Dónde fue tomada?
—Biblioteca —dijo Nicolás.
—¿Anoche?
Ni Nicolás ni yo respondimos; la respuesta estaba en nuestros silencios, en la forma en que yo había cruzado los brazos sobre el cuerpo como si todavía pudiera cubrirme de una mirada que ya había ocurrido y en la manera en que él sostenía la foto sin mirarla de nuevo, como si verla una vez más fuera concederle al desconocido otra victoria.
Mara no hizo ningún comentario. Esa fue su forma de protegernos.
—El ventanal de la biblioteca da hacia la pendiente norte —dijo, pasando de inmediato a lo práctico—. No hay cámara allí todavía porque el acceso es difícil y porque, según Nicolás, nadie con una mínima voluntad de seguir vivo intentaría subir por esa ladera de noche y con lluvia.
—Me equivoqué —dijo él.
—Eso ya lo estamos viendo.
—Mara.
—No es momento de orgullo herido. Es momento de aceptar que alguien conoce la casa mejor de lo que debería.
La frase nos dejó quietos a los tres. Afuera, o tal vez solo dentro de mi cabeza, el bosque pareció acercarse de nuevo a los cristales.
Recordé la primera advertencia de Mara, cuando me recogió en el aeropuerto: la montaña suele devolverle a la gente lo que intenta no escuchar.
Ahora la montaña parecía no solo devolver, sino mirar, registrar, escribir.
—Llama a seguridad —dijo Nicolás.
—Ya voy.
—Y a la policía.
Mara lo miró con una aprobación sobria, como si hubiera esperado resistencia y agradeciera no encontrarla. —Sí.
—No —dije.
Ambos se volvieron hacia mí.
Lo dije antes de pensarlo, y aun así, en cuanto salió, entendí de dónde venía la negativa.
No era por proteger el proyecto, por no incomodar a Bruno o por esa terquedad estúpida que me había mantenido en la casa después de las primeras notas, sino porque la fotografía nos exponía de una manera que yo no estaba lista para entregar a extraños, formularios, informes y miradas oficiales.
Aunque sabía que mi reacción no era racional, el cuerpo no siempre actúa conforme a la lógica de una denuncia.
—Clara —dijo Nicolás, con una calma peligrosa.
—No quiero que esa foto circule.
—No va a circular.
—No puede saberlo.
—Justamente por eso hay que denunciar.
—¿Y decir qué? ¿Que alguien nos tomó una foto desde el bosque mientras estábamos…?
Me detuve; la palabra no salió. Mara bajó la mirada, no por pudor sino para concederme una mínima privacidad dentro de una escena que ya no la tenía. Nicolás no la bajó. Me sostuvo la mirada con una dureza que no era contra mí, aunque me alcanzara.
—Mientras estábamos en una habitación de mi casa —dijo él—. Eso es suficiente.
—No entiende.
—Sí entiendo.
—No. Usted ya vive con gente mirando. Yo no.
La frase salió cruel, y vi cómo le golpeaba antes de poder retirarla. Nicolás no se defendió. Eso me hizo sentir peor.
—Precisamente porque sé lo que hacen las miradas cuando se vuelven mercancía —dijo—, no voy a permitir que alguien use esto contra usted.
—No es solo contra mí.
—No. Pero esta parte sí.
Mara tomó aire, como quien se prepara para interrumpir una escena que podría hundirse en otra clase de conflicto.
—Voy a llamar. No entregaré la fotografía hasta tener copia y hasta que ustedes decidan qué información quieren dar.
Pero esto ya no puede manejarse como un problema de seguridad doméstica.
—Mara —dije.
—No, Clara. No me pidas que haga como si esto fuera una nota desagradable debajo de una puerta.
Alguien estuvo afuera, de noche, bajo la lluvia, fotografiando una habitación ocupada.
Alguien volvió a entrar o acercarse lo suficiente al estudio para dejar la imagen.
Alguien conoce tiempos, movimientos, puntos ciegos.
Eso no es una metáfora curatorial. Es peligro.
La palabra peligro quedó en el pasillo con una claridad que no permitió discusión inmediata.
Mara se llevó la fotografía en una bolsa plástica, después de fotografiarla sobre el suelo, y bajó hacia la cocina para llamar.
Nicolás y yo nos quedamos frente a la puerta del estudio, demasiado cerca y a la vez separados por algo que no se parecía a la distancia anterior.
Era una vergüenza compartida, una intimidad robada, la sensación de haber sido convertidos en personajes de una historia que alguien más escribía desde la sombra.
—Lo siento —dijo él.
Lo miré. —No fue usted.
—Fue mi casa. Mi historia. Mi decisión de traerla.
—Y mi decisión de quedarme.
—No voy a discutirle esa parte solo para que se sienta menos vulnerable.
—Qué considerado.
—No estoy siendo considerado. Estoy intentando no mentirle.
Me apoyé contra la pared del pasillo. De pronto me sentía cansada de una forma que no tenía que ver con el sueño. —Anoche, cuando dije que había testigos, no pensé…
—Lo sé.
—No quiero que eso exista fuera de mí.
Nicolás cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, su expresión estaba más despojada de lo habitual, menos protegida por la inteligencia, menos artista, menos hombre que sabe controlar una sala. —Yo tampoco.
Esa coincidencia mínima, casi triste, hizo más por acercarme a él que cualquier frase de deseo.
—¿Cree que fue Elaine? —pregunté.
—No lo sé.
—Pero lo piensa.
—Pienso en ella porque es el nombre más fácil. Eso me hace desconfiar.
—¿Por qué?