Nunca de nadie Capítulo seis — Ahora sí estás mirando #3
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Capítulo seis — Ahora sí estás mirando #3

—La gente imagina muchas cosas conmigo.

—Qué problema tan triste para usted.

—No convierta esto en ironía porque le incomoda.

—Me incomoda la falta de información.

—Le incomoda imaginarme con otra mujer.

La frase fue un golpe limpio. Me quedé quieta, odiándolo por decirlo y odiándome porque la respuesta no fue inmediata.

—No se dé tanta importancia —dije al fin.

—Eso suele decirlo cuando acierto.

—Eso suelo decirlo cuando alguien se vuelve insoportable.

—También.

Nos miramos durante un silencio demasiado largo para una oficina sin ventanas.

Las cajas, los papeles, las frases antiguas, la hoja bajo mi puerta, la biblioteca de la noche anterior, todo parecía juntarse en una corriente que nos empujaba hacia un lugar al que ninguno quería llegar con testigos, aunque no había nadie más allí.

—No mezclemos esto —dije.

—¿Qué cosa?

—El trabajo, los mensajes, anoche.

—Ya está mezclado.

—No tiene que estarlo más.

—No.

Pero la forma en que lo dijo no sonó a acuerdo. Sonó a esfuerzo.

Mara tocó la puerta antes de entrar, lo cual me hizo pensar que quizá llevaba unos segundos escuchando el silencio y decidió salvarnos de él. Traía una carpeta nueva y el rostro de quien no tenía buenas noticias.

—La empresa de seguridad puede instalar cámaras interiores temporales en pasillos y accesos comunes esta tarde —dijo—. Nada en habitaciones privadas. También van a revisar si alguien pudo acceder al sistema de sensores desde fuera.

—Hazlo —dijo Nicolás.

Mara me miró. —Y tú deberías llamar a Bruno.

—No.

—No era una sugerencia.

—Si llamo a Bruno, va a querer sacarme de aquí.

—Quizá tenga razón.

—Quizá. Pero todavía no.

—Clara —dijo Nicolás.

Me volví hacia él. —No use ese tono conmigo delante de Mara.

Mara levantó una ceja. —Por favor, no se priven por mí. He visto peores métodos de coqueteo, aunque admito que pocos tan agotadores.

—No estamos coqueteando —dije.

—Claro —respondió ella—. Están convirtiendo una amenaza en una obra en proceso, que es mucho más saludable.

Nicolás cerró los ojos con paciencia; yo casi sonreí; casi.

Al final llamé a Bruno desde la línea fija de la casa, porque mi teléfono seguía con señal irregular y porque Mara se quedó frente a mí hasta que marqué, como una enfermera que vigila que una paciente se tome el medicamento.

Le dije que había habido incidentes extraños en la casa, que seguridad estaba revisando, que no corría peligro inmediato y que el trabajo seguía.

Bruno escuchó en silencio hasta que terminé, lo cual fue mala señal.

—Vuelves hoy —dijo.

—No.

—Clara.

—Estoy bien.

—Esa frase nunca significa nada bueno.

—Hay seguridad viniendo. Mara está aquí. Nicolás está tomando medidas.

—Ah, perfecto, si Nicolás está tomando medidas, entonces todos podemos dormir tranquilos en la casa del artista que ya tenía un acosador antes de invitarte.

—No grites.

—No estoy gritando. Estoy midiendo cuántas formas hay de decirte que esto es una estupidez sin que cuelgues.

—No voy a irme por miedo.

—No irte por miedo también puede ser miedo, solo que con mejor vestuario.

La frase me dejó callada. Bruno, maldito Bruno, sabía dónde golpear cuando quería.

—Escúchame —continuó, más bajo—. No me importa la exposición ahora mismo. Me importa que estés usando este proyecto para probar algo que no tienes que probarle a nadie.

Miré hacia la ventana de la cocina, donde la niebla empezaba a abrirse. Nicolás estaba afuera, hablando por teléfono cerca del camino de grava, de espaldas a la casa. Mara revisaba una lista junto a la mesa.

—No estoy probando nada —dije.

—Mentira.

—No puedo irme todavía.

—¿Por qué?

Porque alguien escribió sobre Tomás porque Nicolás abrió una pieza que no debía enseñarme porque anoche crucé una línea y hoy apareció otra hoja bajo mi puerta.

Porque esta casa me está devolviendo algo que no quiero escuchar.

Porque tengo miedo, sí, pero también tengo curiosidad, deseo, rabia y una ambición que creí enterrada con él.

No dije nada de eso.

—Porque el trabajo no ha terminado —respondí.

Bruno suspiró, y en ese suspiro hubo decepción, preocupación y una resignación que me dolió. —Llamarás todos los días.

—No hay señal.

—Desde la línea fija.

—Está bien.

—Y si ocurre una cosa más, una sola, vuelves.

No respondí.

—Clara.

—Lo pensaré.

—Eso significa no.

—Significa que lo pensaré.

Colgué antes de que pudiera decir algo más.

Cuando me volví, Mara me miraba con una expresión demasiado inteligente para mi paciencia. —¿Te dijo que volvieras?

—Sí.

—No vas a volver.

—No.

—Bien.

—¿Bien?

—Si hubieras dicho que sí por obediencia, te habría dado menos de veinticuatro horas antes de arrepentirte y culpar a todos.

—¿Ese es su modo de apoyar?

—Es mi modo de ahorrar tiempo.

Esa tarde instalaron cámaras temporales en pasillos, entradas comunes y la puerta del ala oeste. Yo volví al estudio porque no soportaba mirar a los hombres perforar paredes. Necesitaba convertir el miedo en notas, en estructura, en algo que no tuviera pulso.

Abrí mi libreta y empecé a ordenar los núcleos de la exposición:

Imagen como habitación.

Cuerpo observado.

Dolor vendible.

Lo que no debe exhibirse.

Sillas vacías.

Miedo como material.

Mirar sin poseer.

Al escribir el último punto, pensé en la frase de la madrugada: AHORA SÍ ESTÁS MIRANDO.

Me pregunté si debía incluir la palabra mirar o si hacerlo era concederle demasiado poder a quien la había usado contra mí.

Luego entendí que esa era precisamente la trampa: la persona que escribía había elegido palabras que ya estaban dentro del proyecto, palabras que Nicolás llevaba años usando y que ahora, al aparecer bajo mi puerta, parecían contaminadas.

El acoso no introducía un lenguaje nuevo; se apropiaba del existente.

Eso lo volvía más peligroso. Y más útil para entender la exposición.

Nicolás entró al estudio cuando la luz empezaba a caer.

—Las cámaras están instaladas —dijo.

—Bien.

—Seguridad revisará accesos remotos.

—Bien.

—Bruno quiere matarme.

—Eso no es nuevo.

—Esta vez con más argumentos.

No levanté la vista de la libreta. —Le dije que no era su culpa.

—Eso no significa que no lo sea.

Ahí sí lo miré. Estaba de pie junto a la entrada, con los brazos cruzados, el rostro cansado, el cuerpo cargado de una tensión menos seductora que preocupada. Me molestó verlo así; me molestó querer suavizarlo.

—No me secuestró —dije.

—La traje a una casa donde alguien está usando sus cosas para hablar conmigo.

—Yo acepté venir.

—Sí.

—Entonces deje de intentar absorber toda la culpa. No le queda bien. Parece vanidad invertida.

Nicolás soltó una risa baja, breve. —Eso fue cruel.

—Pero útil.

—Como usted.

La frase habría podido ser un cumplido; en su boca sonó como una observación peligrosa; volví a la libreta.

—Necesito trabajar sobre la idea de mirar sin poseer —dije.

—¿Como núcleo?

—Sí. Pero no como frase bonita. Como tensión real.

Su obra siempre corre el riesgo de poseer lo que mira, incluso cuando quiere denunciar esa posesión.

El público también. Los coleccionistas más.

Y ahora quien sea que escribe estas notas está haciendo lo mismo: mira nuestra reacción, intenta poseer el marco.

—Nuestra reacción.

—No haga nada con esa palabra.

—No dije nada.

—Pensó demasiado.

Nicolás se acercó a la mesa. —¿Y usted?

—Yo pienso demasiado por oficio.

—No. Usted mira para no sentir que toca.

La frase me hizo cerrar la libreta con calma deliberada. —Hoy no.

—Está bien.

—No, no está bien. No puede decir cosas así y luego quedarse tan tranquilo.

—Ya le dije que no estoy tranquilo.

—Entonces deje de parecerlo.

—¿Quiere que me descontrole para sentirse menos sola?

La pregunta fue tan directa que me dejó sin aire. Me levanté de la silla, no para irme, sino porque sentada me habría sentido atrapada.

—No use mi soledad contra mí.

—No la uso. La reconozco.

—No le pedí que la reconociera.

—Tampoco me pidió que la deseara.

El silencio que cayó después fue brutal.

La palabra desear, dicha en el estudio, con las cámaras recién instaladas en los pasillos y la amenaza todavía fresca bajo mi puerta, no sonó romántica ni obscena.

Sonó inevitable. Me quedé mirándolo, consciente de cada parte de mi cuerpo, de la memoria de la biblioteca, de la manta, de la frase que había dejado sin cerrar lo que había ocurrido entre nosotros.

—No diga eso aquí —murmuré.

—¿Dónde quiere que lo diga?

—En ninguna parte.

—Mentira.

Nicolás se acercó un paso; yo sabía que podía pedirle que se alejara; sabía que lo haría. Esa certeza era lo que volvía todo más difícil: ya no podía culparlo por no dejarme salida.

—No puedo con esto hoy —dije.

—Lo sé.

—Entonces pare.

—Estoy parado.

Casi reí, pero la risa se quedó en la garganta.

—No me refiero a su cuerpo.

—Yo tampoco.

Nos quedamos así, en una distancia mínima que no llegaba a ser contacto, con la mesa a un lado, la libreta cerrada, las piezas cubiertas observándonos desde la sombra. Pero el estudio seguía siendo el único lugar donde todo lo objetivo se deformaba.

—Anoche no fue un error —dijo Nicolás.

Sentí una mezcla de rabia y alivio tan intensa que tuve que mirar hacia otro lado. —No sabe eso.

—Sí.

—No puede decidirlo por mí.

—No lo decido. Lo digo por mí.

La diferencia me dejó sin respuesta.

—Para mí tampoco fue un error —añadió—. Fue imprudente, inoportuno, complicado y probablemente estúpido. Pero no un error.

Me odié por cerrar los ojos un segundo. Me odié más por abrirlos y encontrarlo todavía allí, esperando no una absolución, sino una verdad.

—Para mí fue… —empecé.

No terminé.

—¿Qué?

No sabía cómo nombrarlo: llamarlo error habría sido mentir, llamarlo deseo habría abierto demasiado la puerta y llamarlo intimidad me parecía aún más peligroso que cualquier escena entre cuerpos. Así que dije lo único que podía decir.

—Fue mío.

Nicolás no se movió, pero algo en su rostro cambió con una fuerza silenciosa. Como si esa palabra —mío— hubiera sido más íntima que cualquier otra.

—Sí —dijo.