Capítulo seis — Ahora sí estás mirando #2
—Porque no lo relacioné.
—¿Con qué?
—Con usted.
La respuesta fue simple, pero debajo había algo más. Mara lo miró como si esperara que siguiera, pero él no lo hizo.
—Explíquese —dije.
Nicolás mantuvo los ojos en mí. —El primer mensaje que recibí hace tres años decía: “Ahora sí sabes vender el miedo”.
Anoche escribieron sobre Tomás: “¿Y si solo era miedo?”.
Hoy: “Ahora sí estás mirando”. Es la misma manera de formular.
La misma obsesión con ciertas palabras. Miedo. Mirar. Vender. Ocultar.
—Entonces quien sea que hizo esto sabe de mí por el video, por la exposición, por el proyecto.
—Probablemente.
—O por usted.
—También.
La honestidad volvió a ser insoportable.
Mara tomó la hoja con una bolsa plástica que había traído de su cuarto, la guardó con cuidado y dijo que iba a preparar café. Nadie se movió. Entonces añadió, con una sequedad que no admitía discusión:
—Necesitamos café, cerrar el ala este, cambiar contraseñas, revisar llaves físicas, suspender el acceso de técnicos hoy y llamar a alguien que sepa más que nosotros de gente enferma con tiempo libre. Si quieren seguir mirándose como si eso resolviera algo, háganlo después de desayunar.
Salió.
Quedamos solos en mi habitación.
Nicolás seguía cerca de la puerta. Yo estaba junto a la cama. Me habría resultado más fácil si el peligro me alejara de él. El miedo, como tantas cosas, también se comportaba de manera indecente; lo hacía más próximo, más necesario, más difícil de reducir a un error.
—Puedo llevarla al aeropuerto hoy mismo —dijo.
—Ya dije que no voy a irme así.
—Puede cambiar de opinión.
—Lo sé.
—Quiero que lo sepa de verdad. No como una frase de orgullo. Si se queda, no será porque la presioné, ni porque el proyecto lo exige, ni porque Bruno espera resultados. Se queda porque decide quedarse.
Lo miré con rabia cansada. —Siempre hace eso.
—¿Qué?
—Dejarme la responsabilidad completa, como si no tuviera nada que ver con lo que pasa.
Nicolás entró un paso en la habitación, apenas uno. —Tengo demasiado que ver. Por eso necesito que la decisión sea suya.
—Qué limpio suena.
—No lo es.
No respondí. La luz de la lámpara lo marcaba de lado, dejando una parte de su rostro en sombra, y pensé que esa era quizá la forma más honesta de verlo: no en la luz blanca de Miami, no en la oscuridad azul del estudio, sino partido por una claridad insuficiente.
—Anoche —empecé, y la palabra hizo que algo se moviera en su expresión—, lo que pasó anoche no significa que pueda decidir por mí.
—No pensé que significara eso.
—Ni que pueda protegerme como si yo fuera parte de su archivo.
—Tampoco.
—Ni que esto sea una intimidad.
La frase quedó colgando entre ambos. Supe, en cuanto la dije, que era injusta o, peor, defensiva. Nicolás la recibió sin moverse.
—Entonces qué fue —preguntó.
Podía haberlo llamado un error, una recaída o una consecuencia de la tensión, el miedo y la lluvia; también podía haber callado, y tal vez habría sido lo más seguro. Pero la hoja sobre el escritorio ya no estaba, y aun así su frase seguía ahí, obligándome a mirar.
—No lo sé.
Nicolás asintió, una sola vez. —Eso es más honesto que nada.
—No use mi honestidad como si fuera un avance del proyecto.
—No estoy pensando en el proyecto.
La manera en que lo dijo me hizo apartar la mirada primero. Oí pasos de Mara en la cocina, el ruido de tazas, una puerta cerrándose abajo. La casa volvía a su normalidad vigilante. Me crucé de brazos, no por frío, sino para recuperar una frontera.
—Voy a desayunar —dije.
—Bien.
—Después quiero ver los mensajes antiguos.
—No.
—Nicolás.
—No son parte de la exposición.
—Ahora sí.
Sus ojos se endurecieron. —No voy a convertir un acoso en material.
—Nadie le está pidiendo eso. Pero alguien está usando el mismo lenguaje dentro del proyecto, con mi nombre, mi habitación y mi historia. Si no lo vemos completo, esa persona decide el marco. No nosotros.
Dije nosotros sin querer; Nicolás lo oyó; yo también; ninguno corrigió la palabra.
—Después del café —dijo al fin.
La mañana se volvió procedimiento, y agradecí esa vulgaridad práctica con una gratitud casi emocional.
Mara cerró el ala este, revisó llaves, llamó a la empresa de seguridad, suspendió la entrada de técnicos con una excusa vaga sobre problemas de instalación eléctrica y preparó una libreta nueva solo para registrar incidentes, horarios, personas y objetos movidos.
Fue la primera vez desde mi llegada que los tres trabajamos en algo que no era arte y, sin embargo, todo parecía curaduría: ordenar señales, establecer relaciones, distinguir lo importante de lo decorativo, mirar no lo que alguien mostraba sino lo que había decidido colocar fuera de campo.
A media mañana, Nicolás me llevó al archivo de mensajes antiguos.
No estaba en el estudio principal, sino en una pequeña oficina sin ventanas, ubicada detrás de una puerta metálica al final de un pasillo lateral.
Me sorprendió la disciplina del archivo, quizá porque había imaginado a Nicolás como alguien más físico que administrativo, más impulsivo que ordenado, pero allí estaba de nuevo esa contradicción que empezaba a incomodarme: el hombre que vendía deseo y exceso conservaba sus heridas con una estructura casi forense.
—Mara organizó la mayor parte —dijo, como si hubiera leído mi pensamiento.
—Eso explica que se pueda entrar sin morir aplastada por papeles.
—Yo no soy desordenado.
—No. Usted es otra cosa.
—¿Qué cosa?
—Controlado hasta el daño.
Nicolás abrió el archivador. —Eso casi suena a preocupación.
—No se emocione.
Sacó una caja gris y la puso sobre el escritorio.
Dentro había sobres, impresiones de correos, fotografías, capturas de pantalla, notas.
Todo estaba fechado. Mara había hecho fichas de cada incidente.
La primera correspondía a tres años atrás: un correo enviado a una dirección pública del estudio, sin remitente identificable.
El asunto decía: “Miedo vendido”. El cuerpo del mensaje tenía una sola frase:
“AHORA SÍ SABES VENDER EL MIEDO.”
La letra no estaba, por supuesto, porque era digital, pero el tono era el mismo. Sentí una presión en el estómago.
El segundo mensaje era una fotografía de una obra de Nicolás intervenida con tinta roja.
Sobre una superficie de piel proyectada alguien había escrito: “NO TODO LO QUE MIRAN TE PERTENECE”.
El tercero, una impresión de una entrevista donde Nicolás hablaba de su hermana sin decir su nombre; alguien había subrayado la frase “la pérdida me enseñó a trabajar con el cuerpo” y añadido a mano: “NO, TE ENSEÑÓ A USARLO”.
Había más. No cientos, pero suficientes para construir una presencia.
Frases sobre vender, mirar, tocar, miedo, cuerpo, ausencia.
Algunas eran casi críticas. Otras parecían personales.
Ninguna amenazaba de forma explícita. Ese era su poder.
—¿Por qué no lo denunció? —pregunté.
—Lo hice.
—¿Y?
—No había delito claro. No había amenaza directa. Los correos venían de cuentas desechables. Las cartas no tenían huellas útiles. Después pararon.
—¿Después de despedir a esas dos personas?
—Sí.
—¿Quiénes eran?
Nicolás se quedó mirando una fotografía intervenida. —Un asistente de estudio, Darío. Y una coordinadora de producción, Elaine.
—¿Por qué los despidieron?
—Darío filtró imágenes de piezas no terminadas a un coleccionista. Elaine negoció por su cuenta una comisión usando mi nombre.
—¿Alguno tenía relación con Tomás?
—No que yo sepa.
—¿Con Miami?
—Elaine sí. Vive allí ahora.
Anoté el nombre. Nicolás me miró.
—No es una investigación policial.
—No. Pero tampoco es solo una residencia.
Volví a las notas. Había una carta fechada un año y medio atrás, la última antes del silencio. El papel era distinto al de la hoja bajo mi puerta, más grueso, color marfil. La frase estaba escrita con tinta negra:
“CUANDO ALGUIEN TE MIRE SIN QUERERTE, VAS A ENTENDER.”
Leí la frase varias veces.
—Esto es distinto —dije.
—Sí.
—No suena solo a crítica.
—No.
—Suena íntimo.
Nicolás no respondió.
—¿Quién lo miró sin quererlo? —pregunté.
—Mucha gente.
—No se esconda detrás de una respuesta amplia.
Él cerró la caja con más fuerza de la necesaria. —No todo tiene que abrirse hoy.
—Eso lo dice cada vez que algo importa.
—Porque usted abre como si no sangrara nada.
La acusación me llegó honda. Tuve que respirar antes de responder. —Tiene razón.
Esa admisión lo detuvo.
—Abro así porque es mi trabajo —continué—, y porque si empiezo a pedirle permiso emocional a cada objeto, no llegamos a ninguna parte.
Pero también sé cuándo algo no debe exhibirse.
Se lo dije con la foto de Lucía. Se lo dije con la cama.
Se lo estoy diciendo ahora: estos mensajes no van a la exposición.
Pero sí necesitamos entenderlos para no dejar que contaminen todo desde la sombra.
Nicolás se apoyó contra el escritorio y se cubrió los ojos un segundo con una mano. Era un gesto de cansancio, pero también de rendición parcial.
—Elaine estaba obsesionada con el proyecto de Los Ángeles —dijo.
—¿Casa sin grito?
—Sí. Ella quería que la reconstruyéramos para una feria.
Decía que con el contexto correcto podía ser una pieza clave.
Yo dije que no. Discutimos mucho. Después empezó a acercarse demasiado al archivo, a mis notas sobre Lucía, a materiales que no le correspondían.
Pensé que era ambición profesional mal manejada. Tal vez lo era.
—¿Tuvieron algo?
La pregunta salió más seca de lo que pretendía. Nicolás bajó la mano y me miró.
—No.
—¿Ella quería?
—No lo sé.
—Sí lo sabe.
—Tal vez.
La respuesta me produjo una molestia que no quise llamar celos. No tenía derecho a sentir celos de una historia anterior a mí, menos aún de una mujer que quizá estaba acosándolo, pero el cuerpo rara vez espera autorizaciones morales para reaccionar.
—¿Y usted? —pregunté.
—No.
—¿Seguro?
Su mirada se volvió más oscura. —Clara.
—Es una pregunta pertinente si pudo sentirse rechazada.
—No pasó nada con Elaine.
—Pero ella pudo imaginar que sí.