Nunca de nadie Capítulo seis — Ahora sí estás mirando
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Capítulo seis — Ahora sí estás mirando

CAPÍTULO SEIS

AHORA SÍ ESTÁS MIRANDO

L a hoja estaba allí, doblada con una precisión casi infantil, justo debajo de la puerta, como si alguien hubiera querido evitar el espectáculo del sobresalto y preferido una forma más íntima de invasión, una forma paciente, silenciosa, casi doméstica, y durante varios segundos no hice nada más que mirarla desde la cama, con la manta todavía enredada entre las piernas, el cuerpo pesado por un sueño imperfecto y una parte de mí, la más cobarde o la más lúcida, intentando convencerse de que no era real.

Mara estaba al otro lado del ala oeste, suficientemente cerca para que su presencia funcionara como una garantía práctica contra el miedo, y sin embargo la hoja estaba allí, blanca contra la madera oscura, quieta, indecente, más perturbadora por su tamaño mínimo que cualquier amenaza escrita con violencia.

Me levanté sin encender la luz, despacio, como si un movimiento brusco pudiera activar algo en la habitación.

El frío del suelo me subió por los pies y me recordó, con una claridad desagradable, que no estaba soñando.

La ventana mostraba apenas el contorno negro de los árboles, una masa compacta detrás del vidrio, y el cielo todavía no tenía color de mañana; debía ser muy temprano o muy tarde, esa hora sin nombre en que la casa parece pertenecer menos a quienes duermen dentro de ella que a todo lo que han intentado callar. Me acerqué a la puerta y me agaché.

No toqué la hoja de inmediato.

Pensé en llamar a Nicolás, en llamar a Mara y en abrir la puerta de golpe, salir al pasillo y enfrentar lo que fuera que estuviera jugando con nosotros, pero ninguna de esas opciones me pareció verdaderamente mía, porque el miedo tiene esa capacidad humillante de convertir cada gesto en reacción, y yo llevaba demasiadas horas, quizá demasiados años, reaccionando ante cosas que no quería nombrar.

Respiré hondo; tomé la hoja por una esquina.

El papel era común, de impresora, pero la frase estaba escrita a mano, con letras grandes, sostenidas, ligeramente inclinadas hacia la derecha, la misma letra desconocida del catálogo, aunque esta vez no había lápiz rojo sino tinta negra.

AHORA SÍ ESTÁS MIRANDO.

La leí una vez. Luego otra. Luego una tercera, no porque necesitara entenderla, sino porque el cuerpo se niega a aceptar ciertas cosas a la primera.

Ahora sí estás mirando. No decía “ahora sí estás viendo”, ni “ahora sí entiendes”, ni “ahora sí sabes”.

Mirando. La palabra pertenecía al arte, a la curaduría, al trabajo que yo hacía con los ojos, al gesto que había usado toda mi vida para tomar distancia de lo que me afectaba.

Mirar era mi oficio, mi defensa, mi manera de no tocar.

Y alguien, en esa casa, acababa de decirme que por fin lo estaba haciendo de verdad.

Abrí la puerta.

El pasillo estaba vacío.

No había sonido de pasos, ni respiración al otro lado, ni sombra retirándose con torpeza.

Oí, muy lejos, quizá desde el estudio, el zumbido bajo de alguna máquina que había quedado conectada durante la noche.

La casa no dormía nunca del todo, pensé, y esa frase me habría parecido ridícula en Miami, pero allí, de pie en el pasillo, con una hoja en la mano y la piel todavía recordando a Nicolás de una manera que no quería mezclar con el miedo, no sonó ridícula. Sonó exacta.

Toqué la puerta de Mara.

No respondió.

Volví a tocar, esta vez más fuerte. Del otro lado hubo un movimiento, una maldición baja, algo que cayó al suelo y luego pasos.

Mara abrió con el cabello suelto, una camiseta vieja, pantalones de dormir y el mismo cuchillo de cocina que había llevado la noche anterior, sostenido con una naturalidad que hizo que mi miedo se volviera más concreto.

—¿Qué pasó? —preguntó.

Le mostré la hoja.

Mara la leyó sin tocarla. No hizo ningún gesto exagerado, no abrió los ojos, no llevó una mano al pecho, pero su mandíbula cambió de posición, apenas, y eso en ella equivalía a una alarma.

—¿La encontraste dónde?

—Debajo de mi puerta.

—¿Cerraste con llave?

—Sí.

—¿Ventana?

—Cerrada. No la abrí.

Mara miró hacia el pasillo, luego hacia mi habitación. —No la toques más.

—Ya la toqué.

—Claro. Porque tocar la evidencia era la primera necesidad emocional.

—No estoy para sarcasmos.

—Yo sí, me ayuda a no romper cosas.

Salió al pasillo y cerró su puerta sin hacer ruido.

Caminó hasta mi habitación, miró la cerradura, el marco, el espacio inferior de la puerta y luego se agachó para estudiar el suelo.

No parecía una mujer improvisando; se movía con una precisión que me hizo preguntarme qué clase de vida había tenido antes de terminar administrando la casa de Nicolás.

Yo permanecí junto a la puerta, sosteniendo la hoja por la misma esquina, sintiéndome estúpida por haberla contaminado y más estúpida aún por necesitar que Mara mirara cada rincón antes de respirar con normalidad.

—No entraron —dijo al fin.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque si alguien hubiera abierto la puerta, el sensor lo habría registrado. Y porque la cerradura no está marcada.

—Entonces la pasaron por debajo.

—Eso parece.

—¿Desde el pasillo?

Mara me miró como si acabara de decir algo obvio y, por tanto, merecedor de castigo. —A menos que la casa haya aprendido a doblar papel desde adentro, sí.

—No tiene gracia.

—No. No la tiene.

La voz de Nicolás llegó desde el fondo del pasillo antes de que lo viéramos.

—¿Qué pasó?

Apareció con una camiseta negra, pantalones de algodón y el cabello revuelto por el sueño o por la falta de sueño; no llevaba zapatos, y verlo descalzo, vulnerable en un detalle tan mínimo, me produjo una incomodidad absurda, como si la casa hubiera decidido ponernos a todos en un estado de exposición que no distinguía entre amenazas y cuerpos. No necesitó preguntar.

—Otra —dijo.

No fue una pregunta, sino casi una confirmación.

Le tendí la hoja. Mara me detuvo con un gesto.

—No. Déjala sobre el escritorio. Hay que fotografiarla primero.

Nicolás no discutió. Eso ya decía bastante.

Volví a mi habitación, dejé la hoja sobre el escritorio y encendí la lámpara.

Nicolás entró después de Mara, pero se quedó cerca de la puerta, como si no quisiera apropiarse de mi espacio después de lo ocurrido en la biblioteca, o como si entendiera que cualquier paso suyo dentro de mi habitación, a esa hora, podía confundirse con otra invasión.

Esa contención me resultó insoportablemente cuidadosa.

—¿Dónde estaba exactamente? —preguntó Mara.

—Debajo de la puerta, centrada. La vi desde la cama.

—¿Hora?

Miré hacia el reloj de la mesa. —Cinco y doce.

—¿Oíste algo?

—No.

—¿Te dormiste cuándo?

La pregunta me golpeó con una vergüenza imprevista, porque mi cuerpo recordó antes que mi cabeza lo que había ocurrido antes de que yo lograra dormir: la biblioteca, la lluvia, la manta, la manera en que Nicolás había dicho que cerrara con llave.

No respondí de inmediato, y esa pausa bastó para que Mara entendiera más de lo que necesitaba.

—Más tarde de medianoche —dije.

Mara no me miró con juicio. Eso, otra vez, fue una forma de misericordia seca.

Nicolás fotografió la hoja con su teléfono desde varios ángulos, sin tocarla.

Luego fotografió el espacio bajo la puerta, el pasillo, la cerradura.

Sus movimientos eran precisos, metódicos, y esa eficacia debería haberme tranquilizado, pero me provocó otra clase de inquietud: la de alguien que ya ha tenido que documentar cosas antes, la de alguien que aprendió hace tiempo que ciertas amenazas se vuelven más reales si una no deja constancia de ellas.

—¿Esto ha pasado antes? —pregunté.

Nicolás no respondió.

Mara sí lo miró.

—Nicolás —dije.

Él guardó el teléfono en el bolsillo y se volvió hacia mí. —No así.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo a esta hora.

—No me trate como si no pudiera entender.

—No la estoy tratando así.

—Sí. Los dos. Hay una parte de la historia de esta casa que ustedes conocen y yo no, y ahora alguien está metiendo mi habitación, mi duelo y mi nombre dentro de esa historia.

Mara cruzó los brazos. —Tiene razón.

Nicolás le lanzó una mirada dura.

—No me mires así —dijo ella—. La tiene. Si se queda, necesita saber lo suficiente para no caminar a ciegas.

—No sabemos qué es suficiente.

—Entonces empieza por lo que sí sabemos.

El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. Era una resistencia más antigua, una puerta interior que Nicolás no quería abrir delante de mí. Por una vez, decidí hacer lo que él hacía tan bien: no llenar el silencio, dejar que el otro se delatara por el esfuerzo de sostenerlo.

Nicolás miró la hoja sobre el escritorio.

—Hace tres años —dijo al fin—, después de una exposición en Los Ángeles, empecé a recibir mensajes.

—¿Mensajes cómo?

—Correos al principio. Luego cartas. Frases. Fotografías impresas de obras antiguas, intervenidas. Nada que pudiera denunciarse con claridad. Nada que pareciera una amenaza directa.

—¿De quién?

—No lo sé.

—¿Nunca lo supo?

—No.

Mara tomó la palabra cuando vio que Nicolás volvía a cerrarse. —Alguien conocía detalles de piezas que no se habían exhibido, notas de cuadernos, frases de conversaciones privadas. Pensamos que era alguien del estudio, un asistente, un técnico, alguien que había tenido acceso al archivo.

—¿Y?

—Despedimos a dos personas por otras razones. Los mensajes pararon.

—¿Por cuánto tiempo?

Mara miró a Nicolás.

—Un año y medio —respondió él.

Sentí que el frío del cuarto no venía de la ventana. —¿Y volvieron?

—De vez en cuando. Nada como esto.

—¿Qué significa nada como esto?

Nicolás se pasó una mano por el cabello. El gesto, cansado, casi humano en exceso, me dolió de una manera imprevista. —Significa que nunca habían entrado en una habitación ocupada por otra persona. Nunca habían usado a alguien más.

—Ahora me están usando a mí.

—Sí.

No pidió perdón; tal vez porque pedir perdón habría reducido el asunto a una culpa que no podía asumir por completo. Tal vez porque sabía que no serviría.

—¿Por qué no me lo dijo antes? —pregunté.