Capítulo cinco — La casa también respira #4
Lo hice; odié la vulnerabilidad de sostenerle los ojos mientras su mano seguía moviéndose. También la quise. Cuando cerré las piernas alrededor de él, Nicolás apoyó la frente contra la mía y esperó hasta que recuperé aire.
—¿Quieres seguir?
Podía haber dicho que no. Esa posibilidad seguía intacta y, precisamente por eso, mi respuesta fue limpia.
—Sí. Quiero.
Nos desvestimos sin belleza coreografiada: botones que no cedían, una manga atrapada, mi falda en el suelo junto a un libro caído.
Nicolás buscó un preservativo en la cartera y me lo mostró antes de abrirlo; asentí; no hizo de la precaución una interrupción ni de mi consentimiento una ceremonia.
Volvió a mí y me besó mientras entraba despacio, deteniéndose al sentir que mi cuerpo se tensaba.
—No me cuides de lo que estoy eligiendo —dije contra su boca.
—Te cuido dentro de lo que eliges.
La frase habría podido irritarme en cualquier otro momento.
Allí solo hizo que lo atrajera más. El ritmo perdió su cautela sin volverse ajeno; el sillón crujió una vez y ambos nos quedamos quietos, escuchando, antes de reír con la boca todavía unida.
Esa risa rompió lo último que quedaba de solemnidad.
Después ya no pensé en Tomás, ni en la pieza cubierta, ni en la clase de mujer que se suponía que yo debía seguir siendo.
Pensé en el calor de Nicolás, en sus manos preguntando sin palabras, en la lluvia borrando el bosque detrás del vidrio.
Cuando el placer me alcanzó, lo abracé con una fuerza que no pretendía ser digna.
Él escondió un gemido en mi cuello y su cuerpo se estremeció contra el mío.
Nos quedamos unidos unos segundos, respirando como si hubiéramos corrido hasta una puerta y ninguno supiera todavía qué había al otro lado.
Nicolás se apartó con cuidado. Me ayudó a incorporarme, recogió la manta del respaldo y la puso sobre mis hombros sin intentar cubrir el hecho de que ya me había visto.
Cuando la lluvia se volvió una persistencia baja, casi íntima, me senté en el suelo junto al sillón, envuelta en la manta, con el cuerpo atravesado por cansancio, calor y una lucidez desagradable.
No me sentía liberada, tampoco destruida; esa ambigüedad era más difícil de habitar que el arrepentimiento.
Nicolás estaba sentado frente a mí, en el borde del sillón, con los antebrazos apoyados sobre las rodillas y la cabeza ligeramente inclinada, como si no quisiera invadir ni siquiera el silencio posterior.
Parecía serio, casi sombrío. Eso me desarmó más de lo que me habría desarmado cualquier ternura.
—No diga nada —dije.
—No iba a hacerlo.
—Eso también cuenta como decir algo.
La sombra de una sonrisa apareció apenas en su boca, pero no duró. —¿Quiere que me vaya?
Miré la puerta. Miré la lluvia. Miré mis manos. —No lo sé.
—Está bien.
—No, no está bien. Nada de esto está bien.
—No dije que lo estuviera.
—Entonces deje de sonar tan tranquilo.
Nicolás levantó la vista hacia mí. —No estoy tranquilo.
La frase fue simple, y por eso le creí. Sentí un deseo absurdo de tocarle la cara, no desde el hambre de antes, sino para comprobar qué había debajo de esa expresión controlada. No lo hice; me ajusté la manta alrededor del cuerpo como si eso pudiera devolverme una frontera.
—Esto no cambia el trabajo —dije.
—No.
—Ni lo que pasó con el catálogo.
—No.
—Ni lo que pienso de su obra.
—Eso tal vez sí.
Lo miré con fastidio.
—No porque me haya acostado con usted —añadió—, sino porque ahora va a tener que dejar de fingir que todo lo que la afecta es inferior.
La rabia volvió, rápida, familiar, casi bienvenida. —Tiene una habilidad especial para arruinar cualquier momento.
—Usted me pidió que no dijera nada. No que dijera algo cómodo.
Me levanté, todavía envuelta en la manta. —Me voy a mi habitación.
Nicolás no intentó detenerme. Asintió, se puso de pie solo para recoger mi suéter del suelo y me lo entregó sin comentario. Tomé la ropa sin mirarlo a los ojos.
—Clara —dijo cuando ya estaba en la puerta.
Me detuve.
—Cierre con llave.
No respondí.
Salí al pasillo con el corazón todavía irregular, la piel demasiado consciente de sí misma y una sensación amarga en la boca que no era arrepentimiento, aunque se le parecía lo suficiente para confundirme.
Caminé rápido hasta el ala oeste, esperando no cruzarme con Mara, pero por supuesto ella estaba en la cocina, sentada a la mesa, con una taza de té y un libro abierto.
No hacía falta; su silencio tenía la delicadeza seca de quien decide no humillar a otra persona con una evidencia.
Entré en mi habitación, cerré con llave y apoyé la frente contra la puerta. En su lugar vi la frase del catálogo, la cama de cera de Lucía, la mano de Nicolás levantando la tela, la lluvia contra el ventanal, mi propio cuerpo dando el último paso.
Esa noche, por primera vez desde que llegué a la casa, dormí.
No bien.
Pero dormí.
Y cuando desperté, horas después, todavía de madrugada, encontré debajo de la puerta de mi habitación una hoja doblada.
No estaba escrita en rojo.
Solo tenía una frase, con la misma letra desconocida del catálogo:
AHORA SÍ ESTÁS MIRANDO.