Nunca de nadie Capítulo cinco — La casa también respira #3
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Capítulo cinco — La casa también respira #3

La frase me atravesó con una violencia silenciosa, y quise odiarlo, ordenarle que se callara y salir.

En lugar de eso, miré sus manos, todavía apoyadas en el borde de la cama metálica, y pensé que esas manos habían hecho una pieza para no venderla, habían escrito palabras que nadie debía leer, habían levantado una tela que tal vez no debía levantar frente a mí.

Algo en mi rabia se quebró, no para volverse ternura, sino para dejar pasar una forma más peligrosa de cercanía.

—Anoche alguien escribió una pregunta sobre Tomás —dije.

—Sí.

—Pero usted lleva días haciéndomela sin escribirla.

Nicolás bajó la mirada. —Lo sé.

—Eso me enfurece.

—También lo sé.

—Y aun así no se detiene.

—Me detuve anoche.

La respuesta cayó entre los dos con una carga inmediata. Sentí que el cuerpo me respondía antes que la cabeza, una contracción mínima, una memoria de su boca, de su mano en mi cintura, de la forma en que me había dejado ir.

—No debería haberlo hecho —dije.

—¿Detenerme?

La pregunta era peligrosa porque podía responderse de dos maneras, y las dos me comprometían. Me quedé callada; Nicolás se acercó un paso; esta vez no había pieza entre nosotros.

—Clara.

—No.

—No he dicho nada.

—Lo va a decir.

—Sí.

—Entonces no.

—Dígame que salga.

—Este es su estudio.

—Dígame que salga de donde estoy ahora.

Su voz era baja, controlada, pero debajo del control había algo más áspero, una respiración menos perfecta, una grieta. Me di cuenta de que no era solo yo quien estaba sosteniendo una distancia con esfuerzo; Nicolás también; esa conciencia me dio un poder que me asustó.

—No puedo pensar cuando hace eso —dije.

—¿Qué?

—Esperar.

Nicolás no sonrió. —Si no espero, me odiaría de verdad.

—Ya lo odio.

—No. Me usa para odiar otras cosas.

La frase me golpeó. Mi primera reacción fue la rabia, pero esta vez no llegó sola; detrás venía la certeza incómoda de que una parte de mí había hecho exactamente eso desde la noche de la inauguración: colocar en Nicolás todo lo que no quería mirar en Tomás, en mí, en mi cuerpo, en mi deseo de salir de una habitación que yo misma seguía decorando como mausoleo.

—Cállese —dije.

—No.

—Nicolás.

—No voy a callarme solo porque usted prefiere que la verdad llegue con la voz de un muerto.

Le di otro golpe, pero esta vez no fue una bofetada, sino mi puño contra su pecho, torpe, más rabioso que fuerte.

Nicolás lo recibió sin moverse, y antes de que yo pudiera golpearlo de nuevo, me tomó la muñeca sin lastimarme ni apretarme, apenas para detenerme; aquel control, tan medido y exacto, me hizo respirar peor.

—Suélteme —dije.

Me soltó de inmediato.

Y eso fue lo peor, porque me dejó sin enemigo.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, demasiado cerca, demasiado despiertos, rodeados por la pieza de Lucía, por la silla vacía, por la casa que guardaba un intruso o un secreto o ambas cosas. Yo sentía el corazón en la garganta; no había una diferencia clara.

—No puedo hacer esto aquí —dije.

—¿Aquí?

—Con esa pieza.

Nicolás miró hacia la cama, y algo en su expresión se cerró con una comprensión inmediata. —No.

—No quiero mezclarlo todo.

—Ya está mezclado.

—No así.

Asintió; se apartó primero. Ese gesto, otra vez, salvó algo o lo condenó, no estoy segura.

—Venga —dijo.

—¿A dónde?

—A un lugar donde pueda odiarme sin testigos.

Debí decir que no; no lo hice.

Lo seguí fuera del estudio, por la pasarela cubierta, hacia una parte de la casa que no había visto todavía.

Nicolás abrió una puerta al final de un pasillo estrecho y entró en una habitación que parecía una biblioteca secundaria o una sala privada: paredes cubiertas de libros, una chimenea apagada, dos sillones de cuero oscuro, una mesa baja, una lámpara de pie y un ventanal desde donde se veía la pendiente del bosque cayendo hacia la niebla.

Solo libros, madera, lluvia y un silencio menos lleno de ojos.

Me quedé junto a la puerta.

Nicolás se detuvo cerca de la chimenea. —Aquí.

—Esto no resuelve nada.

—No.

—Entonces por qué vine.

—Porque no quiso quedarse allí.

—No juegue conmigo.

—No estoy jugando.

—Siempre dice eso.

—Porque siempre cree que si algo la desea, entonces intenta manipularla.

La frase me hizo apretar los dientes. —¿Y no es así?

—A veces. No ahora.

—Qué noble.

—No soy noble.

—Eso ya lo sé.

Nicolás soltó una risa baja, pero se apagó rápido. La lluvia golpeaba el vidrio con una insistencia que llenaba los huecos entre nuestras respiraciones. Yo no me moví de la puerta. Él tampoco se acercó. Esa distancia empezaba a parecer un método compartido de tortura.

—No voy a tocarla si no me lo pide —dijo.

Sentí calor en la cara. —No voy a pedirle nada.

—Entonces no la tocaré.

—Está esperando que lo haga.

—Sí.

La honestidad fue brutal.

—Es usted insoportable.

—Y usted está temblando otra vez.

—Tengo frío.

—No.

Nos miramos; yo sabía que él tenía razón; también sabía que podía salir de la habitación; la puerta estaba detrás de mí.

Nadie me impedía abrirla, cruzar el pasillo, buscar a Mara, volver al estudio, llamar a Bruno, decir que el proyecto se suspendía por razones de seguridad.

Podía hacerlo; lo sabía; Nicolás también lo sabía, y precisamente por eso no se movía.

—Si doy un paso hacia usted —dije, con la voz más baja de lo que quería—, no significa que haya ganado.

—No quiero ganar.

—Miente.

—Quiero que venga porque quiere venir, no porque no sepa cómo irse.

La frase me dejó sin defensa. Había algo en esa distinción que me tocó más que cualquier avance. Me obligaba a estar presente. A no disfrazar mi deseo de accidente, rabia, provocación o caída.

Di un paso.

Solo uno.

Nicolás no se movió.

Di otro.

La distancia entre los dos se volvió mínima, y aun así él siguió esperando, con los brazos a los lados, la mandíbula tensa, la respiración controlada con un esfuerzo que ya no podía ocultar del todo. Era un hombre. Eso lo volvía peor.

—Lo voy a lamentar —dije.

—Probablemente.

—Usted también.

—Ya empecé.

Entonces lo besé.

No como en la madrugada, no con esa urgencia casi asustada de quien cruza una línea y sale corriendo, sino con una decisión más lenta, más oscura, más consciente de sí misma, y tal vez por eso mucho más peligrosa.

Nicolás no me tomó de inmediato; dejó que el beso empezara en mí, que mi boca decidiera la presión, que mis manos subieran a su pecho, que mi cuerpo se acercara hasta tocarlo sin poder fingir que había sido empujado por nada ajeno.

Me sostuvo por la cintura con una firmeza que no tuvo nada de brusca y sin embargo hizo que el aire me faltara, porque en esa firmeza estaba todo lo que él había retenido desde Miami: rabia, deseo, paciencia, control, una especie de hambre disciplinada que se volvía más intensa precisamente porque no se derramaba.

Me aparté apenas, lo suficiente para respirar.

—Diga algo —murmuré, sin saber por qué necesitaba oírlo.

—No.

—Ahora decide callarse.

—Si hablo, va a usar mis palabras para escapar.

Lo odié por conocer esa estrategia antes de que yo pudiera usarla.

Lo besé otra vez.

La lluvia golpeó con más fuerza el ventanal, y la habitación pareció hundirse alrededor de nosotros, dejando solo el calor del cuerpo de Nicolás, la presión de sus manos, la madera oscura, los libros mudos y mi respiración rompiéndose de una manera que me habría avergonzado si todavía me quedara espacio para la vergüenza.

Él me condujo hacia el sillón sin empujarme, con una seguridad que mi cuerpo siguió antes que mi pensamiento, y cuando el borde de cuero tocó la parte posterior de mis piernas, me detuve.

Nicolás también; su frente quedó cerca de la mía; sus manos seguían en mi cintura.

—Aquí no hay testigos —dijo.

—Sí los hay.

—¿Quién?

—Yo.

Sus ojos cambiaron. Algo en mi respuesta lo alcanzó de una forma que no esperaba.

—Entonces mírese bien —dijo, casi en un susurro.

Lo dijo sin elevar la voz. Yo sentí la frase en la boca, en el pecho, en esa parte del cuerpo que llevaba un año obedeciendo a la ausencia. Volví a besarlo antes de poder convertirla en argumento.

Esta vez Nicolás me respondió sin la contención inicial.

Su mano subió por mi espalda y se detuvo en la nuca; la otra siguió en mi cintura, firme, abierta, como si incluso dentro del hambre necesitara recordarme que podía apartarme.

Lo atraje por la camisa. Quería sentir el peso que había retenido, comprobar que debajo de su calma había un hombre respirando tan mal como yo.

Su boca bajó a mi cuello. El roce de sus labios, después de tantos días de palabras, me arrancó un sonido breve que me avergonzó solo hasta que lo sentí sonreír contra mi piel.

—No se atreva —murmuré.

—No me estoy riendo de ti.

El tuteo me atravesó con más fuerza que la caricia.

Le abrí los primeros botones de la camisa, torpe por la prisa, y apoyé las palmas sobre su pecho.

Nicolás cerró los ojos. Verlo perder por un instante esa vigilancia impecable me dio una satisfacción oscura.

Incliné la cabeza y le mordí apenas el labio inferior.

—Clara —dijo.

—No pare.

—No era una orden.

—Entonces aprenda a decir mi nombre sin convertirlo en advertencia.

Me hizo sentar en el brazo ancho del sillón. Los libros, la lámpara y la tormenta quedaron a otra distancia. Sus manos recorrieron mis piernas por encima de la ropa hasta que yo misma guié una de ellas bajo la tela. Se detuvo.

—¿Aquí?

—Sí.

La respuesta salió sin elegancia; no la corregí.

Nicolás me tocó despacio al principio, atento a cada cambio de mi respiración, y luego con una seguridad que no anulaba la pregunta sino que parecía renovarla.

Yo le hundí los dedos en el cabello y escondí la cara en su cuello cuando el placer empezó a desordenarme.

—Mírame —dijo.