Capítulo cinco — La casa también respira #2
El silencio se volvió físico. Afuera, una rama golpeó suavemente la ventana, y el sonido, mínimo, me hizo girar la cabeza con una rapidez que odié. Nicolás lo vio; Mara también; ninguno comentó nada.
—Quiero irme —dije.
No lo había pensado; la frase salió antes de que la razón pudiera vestirla de otra cosa. Nicolás no reaccionó como esperaba; no se ofendió ni intentó detenerme con arrogancia; solo se quedó mirándome con esa gravedad oscura que a veces le endurecía el rostro hasta volverlo casi extraño.
—Lo entiendo —dijo.
Eso me molestó más que si hubiera discutido.
—¿Eso es todo?
—No voy a pedirle que se quede en una casa donde no se siente segura.
—Pero quiere que me quede.
—Sí.
La sinceridad volvió a descolocarme. Mara nos miró a ambos y pareció decidir que, si no intervenía, la conversación se iría hacia una zona menos práctica.
—Hay una opción intermedia —dijo—. Clara puede cambiarse a la habitación contigua a la mía, en el ala oeste, hasta que sepamos qué pasó. Y tú, Nicolás, llamas a seguridad, aunque te moleste tener extraños revisando tu casa. También podemos suspender trabajo hoy.
—No —dije.
Ambos me miraron.
—No voy a trabajar como si nada, pero tampoco voy a encerrarme en una habitación esperando a que esta casa, o quien sea, decida qué hacer conmigo. Si me quedo, trabajo. Si trabajo, quiero ver todo.
Nicolás entendió demasiado rápido. —No.
—Sí.
—No usará esto para entrar a piezas que no están listas.
—No use esto para ocultarlas.
—No es el momento.
—Es exactamente el momento. Alguien tocó mi relación con Tomás y la puso frente a su puerta. Si el mensaje va dirigido a los dos, entonces el proyecto ya no puede seguir fingiendo que solo se trata de su imagen pública.
Mara cerró los ojos un instante, no como quien se desespera, sino como quien acepta que acaba de abrirse una puerta que no podrá cerrarse con facilidad.
Nicolás me sostuvo la mirada durante varios segundos.
La cocina estaba llena de tensión, de café frío, de niebla detrás de las ventanas, de una decisión que no pertenecía del todo al arte.
—Después de revisar la casa —dijo al fin.
—Hoy.
—Después de revisar la casa.
—Hoy —repetí.
—Clara.
—No me traje hasta aquí para que ahora me trate como visita frágil.
Su expresión cambió apenas. La palabra frágil había tocado algo. Quizá en mí, quizá en él. —No la traje —dijo—. Usted aceptó venir.
—Porque usted me eligió.
—Sí.
—Entonces asuma las consecuencias.
Mara soltó un suspiro bajo. —Voy a llamar a seguridad antes de que decidan resolver el allanamiento con tensión sexual y mala curaduría.
Nicolás la miró con fastidio; yo desvié la vista hacia mi café; ninguno negó nada.
El resto de la mañana transcurrió en una especie de normalidad alterada.
Mara hizo llamadas, organizó el cambio de habitación y revisó con Nicolás los registros del sistema.
Yo subí a recoger mis cosas con él esperando en el pasillo, no dentro, porque insistí en hacerlo sola y al mismo tiempo descubrí que no quería cerrar la puerta con él del otro lado. Era íntima.
La nueva habitación, en el ala oeste, era más pequeña y menos elegante, con una ventana hacia una zona de piedras húmedas y árboles bajos, pero estaba cerca de la de Mara, y eso, aunque no lo dije, me tranquilizó. Mara dejó sobre la mesa una llave física.
—Esta sí se cierra bien —dijo.
—Gracias.
—No agradezcas todavía. Si esta casa se pone peor, compartirás baño conmigo y descubrirás que soy menos agradable de lo que parezco.
—¿Esto es usted siendo agradable?
—Mucho.
La seguridad privada llegó a mediodía: dos hombres de una empresa local, discretos, prácticos, que revisaron accesos, cerraduras, sensores y cámaras mientras Nicolás se movía con una impaciencia apenas contenida y Mara les daba instrucciones más claras que él.
Nada roto, nada forzado, ninguna huella útil en el exterior por la humedad y el barro viejo, ninguna grabación de alguien entrando.
El informe verbal fue tan inútil como temía: o alguien dentro de la casa había movido el catálogo, o había un punto ciego que todavía no identificaban, o el sistema había registrado mal.
La tercera opción era la menos probable y, por lo tanto, la más deseada por todos.
A las tres de la tarde, cuando los hombres se fueron y la casa quedó otra vez cerrada sobre nosotros, Nicolás me encontró en el estudio, frente a la pieza cubierta que la noche anterior no había querido mostrarme. Yo no la había tocado, solo la miraba.
—Dije después de revisar la casa —dijo desde la entrada.
—Ya revisaron.
—No dije que fuera a gustarme cumplir.
—No me importa.
Nicolás caminó hacia mí. Se había cambiado de ropa: pantalones negros, camiseta oscura, camisa de trabajo abierta. Parecía menos artista que alguien que acababa de prepararse para una operación incómoda. Mara no estaba; no pregunté dónde.
—Esta pieza no puede estar en la exposición —dijo.
—Déjeme verla y decidimos.
—Ya decidí.
—Entonces no necesita una curadora. Necesita una empleada obediente con buena redacción.
—No provoque.
—No se esconda.
Nos quedamos frente a frente, con la pieza cubierta entre ambos. La tela negra caía desde una estructura alta y formaba un volumen extraño, inclinado, casi humano. A la luz de la tarde parecía menos monstruosa que de noche, pero no menos cargada.
Nicolás tomó el borde de la tela y no la levantó. Sus dedos se quedaron allí, tensos.
—La hice después de la muerte de Lucía —dijo.
La frase me obligó a callar.
—No inmediatamente. Años después. Cuando mi obra empezó a venderse y todo el mundo creyó que ya había encontrado una forma elegante de hablar del cuerpo. Me invitaron a una feria. Querían algo grande, algo fotografiable, algo que gritara sin incomodar demasiado. Yo hice esto.
—¿La exhibió?
—No.
—¿Por qué?
—Porque cuando la terminé entendí que no era para ellos.
—¿Para quién era?
Nicolás levantó la tela.
La pieza apareció despacio, primero como un color bajo la sombra, luego como una forma, y finalmente como una presencia que me dejó sin una respuesta inmediata.
En la cabecera había una pantalla pequeña apagada.
Junto a la cama, una silla vacía. Todo era de una delicadeza insoportable, y precisamente por eso resultaba cruel.
No dije nada durante mucho tiempo.
Nicolás tampoco.
Me acerqué despacio, sin tocar. Vi que en la superficie de cera había palabras casi invisibles, grabadas con una punta fina: espera, fiebre, hermana, no despierta, madre duerme, padre no llega, no grites, no mires, no vendas esto. Esa última frase me quebró algo por dentro.
—No puede estar así —dije al fin.
Nicolás soltó una risa seca, sin humor. —Eso ya lo sé.
—No digo que no pueda estar. Digo que no puede estar así. Si se exhibe como pieza central, se vuelve explicación biográfica. Si se oculta por completo, la exposición queda sin corazón. Hay que traducirla, no mostrarla intacta.
—No voy a desarmarla.
—No le pedí que la desarme.
—Entonces qué.
—Escucharla.
Nicolás me miró. —¿Escucharla?
—Sí. Esta pieza no necesita ser vista completa. Necesita contaminar las otras salas. El sonido de la respiración, la silla vacía, quizá las manos, no todas, solo algunas, en lugares donde no se expliquen. La cama no. La cama es demasiado directa.
—La cama es la pieza.
—No. La cama es su dolor. No es lo mismo.
La frase salió sin cálculo. Nicolás se quedó inmóvil. Me arrepentí un segundo, no porque fuera falsa, sino porque era demasiado precisa. La pieza entre nosotros parecía oír.
—Perdón —dije.
—No se disculpe cuando acierta.
—Eso no siempre ayuda.
—No.
La tensión cambió de forma otra vez. Ya no era solo deseo, aunque el deseo seguía allí, soterrado, más oscuro por haber atravesado algo vulnerable. Nicolás se acercó a la cama y pasó los dedos sobre el borde metálico, sin tocar la cera.
—Lucía tenía nueve años —dijo—. Le gustaba dormir con una mano fuera de la cama.
Mi madre se la metía debajo de la manta cada vez que entraba al cuarto, como si ese gesto pudiera mantenerla viva.
Yo me sentaba en una silla como esa y contaba las veces que respiraba por minuto.
Pensaba que si dejaba de contar, se moría.
No respiré.
—Después murió igual —añadió.
No supe qué hacer con mis manos, no quise tocarlo ni quise decir otra frase inútil.
Me limité a mirar la silla vacía, y de pronto la pieza dejó de parecer una obra de Nicolás para convertirse en algo anterior al artista, anterior al mercado, anterior a la arrogancia, una habitación conservada dentro de otra habitación.
—Tomás decía que el dolor solo debía entrar en la obra cuando ya había sido purificado por la forma —dije, no sé por qué.
Nicolás me miró.
—Yo le creí durante años —continué—. Quizá porque sonaba hermoso. Quizá porque lo protegía a él de tener que mirar lo que no sabía convertir en belleza.
—¿Y ahora?
Miré la cama. —Ahora creo que la forma también puede ser una manera elegante de no tocar nada.
Nicolás no respondió; su silencio no era aprobación ni desacuerdo; era atención. Esa atención me hizo sentir más desnuda que muchas miradas.
—¿Era miedo? —preguntó.
La pregunta, formulada con la misma frase del catálogo aunque sin citarla, me hizo cerrar los ojos un instante.
—No sé —dije.
—Eso no es un no.
—No.
—¿Quiere que dejemos de hablar de Tomás?
Abrí los ojos. Nicolás estaba más cerca de lo que recordaba, aunque no lo bastante para que pudiera acusarlo de invadirme. La pieza quedaba a un lado; la silla vacía al otro; el estudio entero parecía contener la respiración.
—No quiero que lo use contra mí —dije.
—No quiero usarlo contra usted.
—Entonces para qué.
—Porque está aquí.
—Tomás no está aquí.
—Sí. Pero no como usted cree.