Nunca de nadie Capítulo cinco — La casa también respira
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Capítulo cinco — La casa también respira

CAPÍTULO CINCO

LA CASA TAMBIÉN RESPIRA

A manecí sin haber dormido, o con esa clase de sueño roto que no descansa sino que apenas interrumpe la vigilancia del cuerpo, y cuando la primera luz entró por el ventanal de la habitación, lavada por la niebla y por un cielo gris que parecía no haber decidido todavía si iba a llover o solo a amenazar con hacerlo, yo seguía sentada en la cama con el catálogo de Tomás abierto sobre las piernas, la frase en lápiz rojo subrayando mi propio texto y esa pregunta clavada en la página como una aguja en una superficie demasiado blanda: ¿Y si solo era miedo?

. La había leído tantas veces durante la noche que las palabras empezaban a separarse de su sentido, a volverse simples formas, manchas, trazos ajenos, pero cada vez que intentaba convencerme de que aquello no era más que una provocación, un juego torpe, quizá una intervención de Nicolás llevada demasiado lejos, algo en mí volvía a reconocer la precisión de la herida, porque no me habían escrito “Tomás era un cobarde”, ni “lo idealizaste”, ni ninguna acusación fácil que yo hubiera podido rechazar con indignación; habían escrito una pregunta, y las preguntas tienen esa indecencia particular de no necesitar ser ciertas para empezar a pudrir una certeza.

Me duché con agua casi hirviendo, frotándome los brazos, la nuca, el pecho, como si la noche hubiera dejado una película visible sobre la piel, y mientras el vapor empañaba el espejo del baño, pensé que ya no podía irme de la casa sin parecer exactamente la clase de mujer que Nicolás decía ver en mí: alguien que huye cuando una verdad se acerca demasiado, alguien que convierte la dignidad en coartada, alguien que necesita que el mundo se acomode a su duelo para no descubrir qué había debajo.

Quería parecer útil, despierta y difícil de intimidar, en lugar de asustada o disponible para el misterio, la casa o Nicolás.

Al abrir la puerta, el pasillo estaba vacío, pero no silencioso.

Desde algún lugar de la planta baja venía el olor del café recién hecho y, más allá, un golpe metálico repetido, seguramente del estudio.

La casa, que de noche había parecido respirar a través de las paredes, de día se mostraba menos sobrenatural y más culpable, como esas personas que después de una discusión terrible se comportan con una normalidad exagerada, esperando que una no les mencione lo ocurrido.

Bajé con el catálogo bajo el brazo, sin saber si lo llevaba como prueba, como escudo o como una manera de no soltar todavía la pregunta que me había mantenido despierta.

Encontré a Mara en la cocina, sola, de pie junto a la cafetera, con una taza humeante en una mano y el cabello recogido de cualquier manera, aunque en ella incluso el descuido parecía decidido con disciplina.

Sobre la mesa había pan tostado, mantequilla, frutas, huevos revueltos y una libreta abierta donde había escrito una lista de tareas con letra pequeña y exacta. Nicolás no estaba allí.

—Tiene cara de haber visto algo peor que un fantasma —dijo Mara, sin saludar.

Dejé el catálogo sobre la mesa y me serví café. —No creo en fantasmas.

—Yo tampoco, pero a veces son una explicación más cómoda que la gente viva.

—¿Ya revisaron las cámaras?

—Nicolás lleva una hora en eso.

—¿Encontró algo?

Mara bebió café antes de responder, y esa pausa, aunque breve, me dijo que sí, o que no, o que la respuesta era más desagradable que cualquiera de las dos opciones.

—No hay nadie entrando ni saliendo después de tu llegada.

Las cámaras exteriores cubren la entrada principal, el camino de grava, el acceso al taller y la parte posterior de la casa.

Nada. Ningún técnico, ningún proveedor, ningún visitante.

Solo niebla, mapaches y una rama que se cayó cerca de las dos de la mañana.

Me senté lentamente. —Entonces alguien que ya estaba dentro.

—No hay nadie más dentro.

—Eso no es tranquilizador, Mara.

—No pretendía que lo fuera.

La miré con cansancio. Ella no parecía disfrutar mi inquietud, pero tampoco tenía esa urgencia de tranquilizar que suele volver a las personas más sospechosas.

Mara era seca porque la realidad le interesaba más que el consuelo, y en ese momento se lo agradecí, aunque me habría gustado odiarla un poco por no envolver las cosas en una mentira amable.

—¿Pudo ser Nicolás? —pregunté.

Mara apoyó la taza sobre la mesa. —No.

—Lo responde muy rápido.

—Porque lo conozco.

—Eso no lo descarta.

—No. Lo descarta el hecho de que cuando Nicolás quiere herir a alguien, no se esconde detrás de una letra ajena ni de una frase escrita en un catálogo. Lo hace de frente, con una precisión insoportable, y luego se queda ahí para mirar el resultado.

La descripción era tan exacta que no pude contradecirla.

—¿Y usted?

—Si yo hubiera querido decirle eso sobre Tomás, se lo habría dicho mientras le servía sopa.

Casi sonreí, pero el cansancio me lo impidió. —Entonces quién.

Mara miró hacia la ventana de la cocina, donde la niebla espesaba los árboles. —No lo sé.

—Pero sospecha algo.

—Sospecho muchas cosas, y casi todas son inútiles hasta que dejan de serlo.

—No me sirven las frases enigmáticas. Ya tengo suficiente con Nicolás.

Mara no se ofendió. Tomó el catálogo, abrió la página marcada y estudió la frase como si pudiera extraer de la presión del lápiz una identidad.

—La letra no es de nadie que yo reconozca.

Eso no significa nada. La gente cambia la letra cuando quiere ocultarse, y una frase corta es fácil de disfrazar. Pero hay algo que no me gusta.

—¿Solo algo?

—El catálogo estaba en tu armario, debajo de un suéter, según dijo Nicolás.

Sentí una incomodidad súbita al oír ese detalle en boca de Mara, aunque no había nada íntimo en esconder un catálogo. O sí. Tal vez precisamente por eso. —Sí.

—Entonces quien lo sacó entró en tu habitación después de que tú lo guardaras.

—Eso ya lo sé.

—No. Escucha. Si alguien entró en tu habitación, escribió la frase y luego dejó el catálogo frente a la puerta de Nicolás, no quería solo asustarte a ti. Quería que él lo encontrara.

Me quedé quieta, con la taza entre las manos.

Mara cerró el catálogo. —Eso cambia la dirección de la amenaza.

No respondí porque, por primera vez desde la noche anterior, entendí que mi miedo había sido egocéntrico.

Pero si Mara tenía razón, si el catálogo había sido puesto frente a la puerta de Nicolás para que él lo encontrara, entonces el mensaje también hablaba con él, lo obligaba a participar, lo convertía en testigo y en responsable, o intentaba hacerlo.

—¿Alguien tiene interés en que me vaya? —pregunté.

—Varias personas, supongo. Nadie concreto.

—¿Coleccionistas, excolaboradores, parejas, enemigos?

Mara levantó las cejas. —¿Quieres la lista por orden alfabético o por nivel de resentimiento?

—No estoy bromeando.

—Yo tampoco.

Antes de que pudiera insistir, Nicolás entró en la cocina.

Tenía el rostro más cerrado que de costumbre, la barba oscura marcada por la falta de sueño y esa rigidez en la mandíbula que ya empezaba a identificar como señal de que algo lo preocupaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Miró el catálogo sobre la mesa, luego a Mara y por último a mí.

—No hay intrusión en cámaras —dijo.

—Eso ya me lo dijo Mara.

—Tampoco hay marcas forzadas en puertas o ventanas.

—Eso no lo hace mejor.

—No.

Se quitó el abrigo y lo dejó en el respaldo de una silla.

Debajo llevaba una camiseta negra y una camisa abierta de franela oscura, una ropa demasiado doméstica para la tensión de la escena.

Me molestó notar ese detalle. Me molestó más que, incluso cansado, tuviera esa presencia física que volvía la cocina demasiado pequeña.

—Voy a llamar a seguridad privada —dijo Mara.

—No todavía —respondió Nicolás.

—No te estaba preguntando.

—Mara.

—Nicolás, alguien entró en una habitación ocupada y movió un objeto personal.

—No sabemos eso.

—Sí lo sabemos.

—No sabemos cómo.

—Eso es otra cosa.

Los observé discutir con la familiaridad de quienes han tenido versiones de esa conversación durante años.

Mara no parecía subordinada a él, y Nicolás, aunque evidentemente estaba acostumbrado a decidir, no la trataba como empleada.

Había una tensión de confianza, de esas que solo existen cuando dos personas se han visto en momentos peores.

—Voy a revisar interiores —dijo él.

—No tienes cámaras interiores.

—No dije cámaras.

Mara se quedó callada. Algo en su expresión cambió. —No.

—Sí.

—No vas a volver a abrir ese sistema por esto.

—Ya lo hice.

—Nicolás.

—Mara.

La forma en que se dijeron los nombres, seca y cargada, me hizo sentir fuera de una historia que los dos conocían y yo no. —¿Qué sistema? —pregunté.

Nicolás no respondió de inmediato. Mara sí, con una rabia contenida que no iba dirigida a mí.

—Sensores. Movimiento, temperatura, humedad, apertura de puertas. Cosas que instaló hace años porque esta casa lo estaba volviendo más paranoico de lo que ya era.

—No era paranoia —dijo Nicolás.

—No voy a discutir eso ahora.

—¿Y qué dicen los sensores? —pregunté.

Nicolás me miró. Durante un segundo dudó, y esa duda me hizo comprender que la respuesta no iba a gustarme.

—Que la puerta de su habitación se abrió a las dos cuarenta y tres.

Sentí que el café me subía a la garganta.

—Yo no la abrí.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque a esa hora usted estaba dentro y no hubo registro de movimiento saliendo al pasillo hasta las tres diecisiete, cuando abrió la puerta.

Recordé el momento exacto: el ruido en el pasillo, mi cuerpo incorporándose en la cama, la puerta apenas abierta. —Entonces alguien entró mientras yo estaba dormida.

—O el sensor falló.

—¿Falla?

Mara respondió antes que él. —No suele.

—Entonces alguien entró.

Nicolás apretó los labios. —El sensor de la puerta de mi habitación registró apertura a las tres cero cuatro.

—¿Usted estaba dentro?

—No. Estaba en el estudio.

—Entonces alguien dejó el catálogo frente a su puerta.

—Eso parece.