Nunca de nadie Capítulo cuatro — La primera pieza #3
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Capítulo cuatro — La primera pieza #3

Nicolás se acercó a una de las piezas cubiertas. No la destapó. Solo apoyó una mano sobre la tela negra. La forma debajo parecía un cuerpo arrodillado o una estructura doblada sobre sí misma. —Esta no —dijo.

—¿Por qué?

—Porque si la ve ahora, va a creer que entiende.

—¿Y no quiere que entienda?

—No quiero que se equivoque demasiado pronto.

Me acerqué un paso. Él no me detuvo, pero su mano siguió sobre la tela. La pieza estaba entre nosotros, cubierta, muda, cargada de una presencia absurda.

—Está haciendo que quiera verla más —dije.

—Lo sé.

—Eso también es control.

—Sí.

La honestidad fue casi indecente.

—Al menos lo admite.

—Le dije que en mí todo es control. El juego es lo que hago para que no se note.

—Ahora se nota.

—Con usted, casi todo se nota demasiado.

La frase cayó entre nosotros con una lentitud peligrosa. En cambio, miré su mano sobre la tela, sus dedos largos, la tensión de su muñeca, y recordé cómo esa misma mano había tocado apenas mi cintura en la madrugada, no para poseerme sino para comprobar si yo me quedaba.

—No debería haber entrado anoche —dije.

—No.

—No debería haberlo besado.

—Probablemente no.

—No me ayuda que esté de acuerdo.

—No intento ayudarla.

—¿Qué intenta?

Nicolás soltó la tela y volvió hacia mí. La distancia era poca, pero suficiente. Siempre suficiente para obligarme a elegir el último paso. —Intento no repetir el error.

—¿Cuál?

—Tocar algo que todavía no sé si quiere ser tocado.

La frase me atravesó de una manera que no tuvo nada de intelectual, y quise decirle que yo no era una obra, una pieza cubierta o una habitación cerrada a la espera de su lectura; también quise ordenarle que se alejara.

No dije nada.

Mara apareció en la entrada del estudio como si hubiera calculado el instante exacto para salvarnos de nosotros mismos.

—La cena está servida —dijo, y su mirada pasó de Nicolás a mí con una claridad incómoda—.

Y antes de que alguno diga que no tiene hambre, les recuerdo que llevan diez horas tomando café como si eso fuera una personalidad.

La risa se me escapó antes de que pudiera contenerla. Nicolás también sonrió, pero sin mirarme. Esa pequeña normalidad fue casi peor que la tensión. Fuimos a cenar.

La noche transcurrió con menos hostilidad que la anterior, aunque no con menos cuidado.

Mara habló de asuntos prácticos: un proveedor que traería materiales al día siguiente, un problema con la calefacción del ala oeste, la visita programada de dos técnicos de sonido.

Yo comí en silencio, cansada de una manera profunda, no solo por las horas de trabajo sino por la cantidad de energía que exigía no dejar que cada frase suya me rozara. Me sorprendió el hambre que tenía.

Después de cenar, Mara se retiró a su cuarto o a alguna zona de la casa que no había visto. Yo intenté ayudar y él me dejó, lo cual agradecí más de lo que habría querido; nada lo era con él.

—Mañana no empiece a las siete —dijo, secándose las manos.

—¿Me está dando un descanso?

—Me lo estoy dando a mí.

—Qué considerado consigo mismo.

—Usted trabaja como si quisiera castigar a alguien.

—Quizá sí.

—¿A quién?

La pregunta fue demasiado directa para la hora, la cocina, el cansancio. Dejé un plato en el escurridor y miré el agua correr sobre mis dedos.

—No lo sé —dije.

Nicolás no respondió. Tal vez esa fue la primera vez que entendió que no estaba esquivando la pregunta.

Subí a mi habitación poco después. Me cambié de ropa, me lavé la cara y me senté en el borde de la cama con la sensación de haber pasado un día entero dentro de algo que todavía no tenía nombre. El teléfono no tenía señal. El mundo exterior, por primera vez en mucho tiempo, parecía no poder entrar.

Eso debería haberme dado paz.

No lo hizo.

A medianoche, o cerca, porque había perdido la costumbre de mirar la hora sin teléfono, escuché un golpe suave en la puerta.

Me quedé quieta.

Otro golpe, ni insistente ni urgente, apenas dos nudillos contra la madera.

Abrí.

Nicolás estaba del otro lado con el catálogo de Tomás en la mano.

Por un segundo no entendí. Luego miré hacia el armario, cuya puerta estaba cerrada pero no del todo, y sentí que algo frío me subía por el cuerpo.

—¿Entró en mi habitación? —pregunté.

—No.

—Entonces cómo…

—Lo dejó en el pasillo.

—No.

Nicolás bajó la mirada al catálogo. —Estaba frente a mi puerta.

Le arrebaté el libro con una brusquedad que él permitió sin moverse. —Eso no es posible.

—En esta casa casi todo lo que no queremos mover termina cambiando de lugar.

—No empiece con sus frases.

—No es una frase.

Miré el catálogo. La portada estaba húmeda en una esquina, como si hubiera estado apoyada sobre suelo mojado.

Lo abrí. En la primera página, sobre mi texto, alguien había trazado una línea con lápiz rojo debajo de una frase mía: “la austeridad de Tomás Vidal no era renuncia, sino una forma superior de resistencia”.

Debajo, con una caligrafía que no era mía ni de Nicolás, alguien había escrito:

¿Y si solo era miedo?

Sentí que el pasillo se inclinaba.

—¿Esto lo hizo usted? —dije, aunque sabía que no. O quería saber que no.

Nicolás leyó la frase. Su expresión cambió de inmediato. No a sorpresa teatral, sino a algo más serio, más frío.

—No.

—¿Mara?

—No.

—Entonces quién.

Nicolás miró hacia el corredor vacío, hacia la sombra profunda del ala este. Durante unos segundos no respondió; la casa estaba demasiado silenciosa; ni viento; ni tuberías; nada.

—Mañana hablaremos de esto —dijo.

—No. Hablaremos ahora.

—Clara.

—No me diga Clara con ese tono. Alguien entró en mi habitación o movió algo mío. No voy a dormir como si nada.

Nicolás apretó la mandíbula. —Entonces duerma en otra habitación.

—¿Cuál?

No debía haber preguntado así; lo supe en cuanto la palabra salió; Nicolás también lo supo. Sus ojos se quedaron en los míos, y el pasillo pareció estrecharse alrededor de ambos.

—Hay habitaciones libres —dijo.

—Perfecto.

—O puede cerrar con llave y quedarse aquí.

—No tiene llave.

—Sí tiene.

—No la vi.

Nicolás entró un paso en la habitación, se detuvo al ver mi reacción y señaló una pequeña cerradura interior junto al marco de la puerta, casi oculta por la madera oscura. —Ahí.

Me sentí estúpida y expuesta. —Gracias.

No se movió para irse; yo tampoco cerré.

—¿Tiene miedo? —preguntó.

Quise decir que no. Por orgullo, por reflejo, por hábito.

Pero la frase escrita en el catálogo seguía abierta entre mis manos, y de pronto el miedo no estaba solo relacionado con la casa, sino con la posibilidad de que aquella pregunta —¿y si solo era miedo?

— no viniera de Nicolás ni de Mara, sino de una parte de mí que había encontrado por fin una forma de escribirme desde afuera.

—Sí —dije.

Nicolás no pareció satisfecho por mi admisión. Al contrario, algo en su rostro se tensó con una seriedad casi protectora que me molestó y me sostuvo al mismo tiempo.

—Voy a revisar la casa —dijo.

—Voy con usted.

—No.

—Nicolás.

—Está descalza y temblando.

—No estoy temblando.

Me miró las manos. Sí lo estaba.

—Póngase zapatos —dijo al fin.

Bajamos juntos por el pasillo. Yo lo seguía con el catálogo contra el pecho, sintiéndome ridícula y aterrada, como una mujer demasiado adulta para creer en fantasmas y demasiado lúcida para descartar que alguien en esa casa estuviera jugando con mi cabeza.

Mara apareció al oírnos, envuelta en una bata gruesa, con el cabello suelto y un cuchillo de cocina en la mano.

En esa casa empezaba a parecer razonable.

—¿Qué pasó? —preguntó.

Le mostré el catálogo. Leyó la frase y su rostro, siempre controlado, perdió color.

—Eso no estaba ahí —dijo.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque yo revisé ese catálogo antes de que Nicolás lo pusiera en su cuarto.

Lo miré a él. —¿Usted le pidió que lo revisara?

—Sí —dijo Nicolás.

—¿Por qué?

—Porque no iba a poner algo en su habitación sin asegurarme de que no tuviera notas personales, papeles sueltos o algo que pudiera parecer peor de lo que ya parecía.

Esa consideración inesperada me desarmó tanto que casi me enfureció de nuevo. Mara seguía mirando la frase.

—No es mi letra —dijo ella.

—Tampoco la mía —dijo Nicolás.

—¿Quién más está en la casa? —pregunté.

—Nadie —respondieron ambos al mismo tiempo.

El silencio posterior fue más inquietante que cualquier respuesta.

—Mañana vienen los técnicos —dijo Mara—. Pero hoy no ha entrado nadie después de Clara.

—¿Cámaras? —pregunté.

—Exteriores —dijo Nicolás—. No interiores.

—Revísenlas.

—Lo haré.

Subimos de nuevo al ala este; Mara se ofreció a preparar té; dije que no. Nicolás me acompañó hasta mi habitación, revisó la ventana, la cerradura, el baño, el armario. Cuando abrió el armario y vio el espacio donde yo había escondido el catálogo debajo del suéter, no dijo nada. Eso se lo agradecí.

—Cierre con llave —dijo desde la puerta.

—¿Y si vuelve a pasar?

—No va a volver a pasar esta noche.

—Qué seguridad.

—No es seguridad. Es intención.

Su manera de decirlo me provocó un escalofrío.

—¿Va a quedarse despierto?

—Ya estaba despierto.

—Claro.

Nicolás me miró, y por un instante la tensión de antes volvió, pero deformada por el miedo, por la casa, por la frase escrita en rojo. Era una intimidad forzada por algo externo, una grieta por donde entraba una confianza que ninguno había negociado.

—No fue una broma mía —dijo.

—Le creo.

Lo dije antes de pensarlo. Y era verdad.

Nicolás asintió, como si esa confianza mínima importara más de lo que debía. —Buenas noches, Clara.

—Buenas noches.

Cerré la puerta con llave.

No dormí. Me senté en la cama con el catálogo abierto sobre las piernas, mirando una y otra vez la frase subrayada, esa pregunta cruel que parecía escrita no para insultar a Tomás, sino para desenterrar algo dentro de mí.

¿Y si solo era miedo?

Afuera, en algún lugar de la casa, oí pasos de Nicolás durante buena parte de la noche, y aunque habría preferido no admitirlo ni siquiera ante mí misma, esos pasos me calmaron, no porque creyera necesitar protección ni porque quisiera deberle nada, sino porque, por primera vez desde que llegué, la casa no parecía estar escuchándome solo a mí.