Capítulo cuatro — La primera pieza #2
—Es suficiente para empezar.
—No para mí.
Él cerró la carpeta que tenía delante. —Mis cuadernos no son obra.
—Eso lo decidiré yo.
—No.
La firmeza de su negativa me irritó más de lo que esperaba. No era solo control artístico; había miedo. Lo percibí en la forma en que cerró la carpeta, en la tensión de sus dedos, en su manera de no mirarme directamente durante un segundo. —¿Qué hay ahí? —pregunté.
—Trabajo.
—Entonces no debería temer.
—No temo.
—Miente peor cuando usa frases cortas.
Esta vez sí me miró. Una sombra de sonrisa le cruzó la boca. —Y usted se vuelve más cruel cuando tiene razón.
—No he empezado.
—Eso sí me consta.
Nos quedamos en silencio. El estudio tenía un reloj en alguna parte, o tal vez era una máquina, porque se oía un tic irregular, una pulsación metálica que marcaba el tiempo sin orden.
Bocetos malos; frases cursis; miedos sin convertir todavía en estética.
La parte de un artista que no ha aprendido a defenderse.
—No voy a usarlos sin permiso —dije, bajando el tono.
—Lo sé.
—Entonces déjeme verlos.
—No.
—¿Porque no confía en mí?
—Porque sí.
La respuesta me desarmó. —Eso no tiene sentido.
—Tiene demasiado. Si no confiara en usted, podría mostrarle cualquier cosa. Confiar complica más.
No supe qué decir. Me molestó que una frase de Nicolás pudiera tener esa forma de caer dentro de mí, no como seducción evidente, sino como una piedra lanzada a un pozo.
Hacía años que Tomás no me decía algo que me sorprendiera.
Esa comparación apareció sin permiso y la rechacé de inmediato, pero no lo bastante rápido.
—No use la confianza como excusa poética para ocultar material —dije, recuperando mi tono.
—Y usted no use el método curatorial como excusa para entrar donde aún no la invité.
—Entonces invíteme.
Lo dije antes de medir la frase; Nicolás la oyó completa; yo también. La invitación dejó de pertenecer al archivo en cuanto salió de mi boca.
Él se quedó inmóvil, y durante unos segundos no hubo nada en su rostro que pudiera leer con facilidad.
Luego tomó una llave pequeña del bolsillo, caminó hacia un mueble metálico de cajones planos y abrió el último.
Sacó tres cuadernos negros, gruesos, gastados, sujetos con bandas elásticas. Los puso sobre la mesa entre ambos.
—No los lea como diarios —dijo.
—¿Cómo quiere que los lea?
—Como restos.
—Todo archivo es eso.
—No. Algunos archivos todavía sangran.
No respondí; quité la banda del primer cuaderno con cuidado y lo abrí.
Había dibujos, frases, fechas sin año, esquemas de salas, listas de palabras, recortes pegados, manchas de café, huellas de dedos y algo que parecía cera.
La letra de Nicolás era irregular, más rápida que elegante, a veces casi ilegible.
En una página, escrita varias veces, estaba la frase: no hagas una obra bella con algo que todavía no entiendes .
En otra, un dibujo de una boca cosida con hilo rojo.
En otra, una lista: madre, hospital, venta, piel, vergüenza, aplauso, ruido, mujer de negro.
Me detuve.
Mujer de negro.
—¿Cuándo escribió esto? —pregunté.
Nicolás no miró la página. —No sé.
—Sí sabe.
—Después de Miami.
—¿Después de la inauguración?
—Sí.
Sentí algo parecido a una descarga. —¿Yo soy la mujer de negro?
—Usted usa mucho negro.
—Media ciudad usa negro.
—No media ciudad me golpeó en el auto.
Cerré el cuaderno despacio. —No haga eso.
—¿Qué cosa?
—Convertirlo todo en una línea ingeniosa.
—No fue ingeniosa.
Tenía razón: aquello no había sido una frase ingeniosa, sino una constatación.
Volví a abrir el cuaderno, esta vez en otra página, para escapar de mí misma.
Encontré una serie de dibujos de una habitación con una cama vacía y una ventana.
En los márgenes había anotaciones sobre sonido, respiración, luz fría, “sábanas como piel abandonada”.
Luego una frase subrayada: ella no sabe todavía que no quiere salir .
—¿Quién es ella? —pregunté.
Nicolás se apoyó contra la mesa, al otro lado. —Depende del día.
—Respuesta de artista.
—Respuesta honesta.
—Las dos cosas pueden ser opuestas.
—También pueden ser la misma coartada.
Lo miré por encima del cuaderno. La luz de la tarde entraba más baja ahora, tocándole un lado del rostro y dejando el otro en sombra.
Tenía una marca de cansancio junto a los ojos que no había visto antes, o que la luz pública de Miami ocultaba mejor.
Me pregunté cuántas horas dormía; me pregunté por qué me importaba.
Seguimos leyendo en silencio. Yo tomaba notas, marcaba páginas con papeles adhesivos, hacía preguntas que él respondía a veces con precisión y otras con una evasiva que me obligaba a insistir.
En una había una fotografía antigua de una niña de unos diez años, con una bata de hospital y la cabeza rapada, sonriendo a medias junto a una ventana.
La imagen estaba pegada sin explicación.
—¿Quién es? —pregunté.
Nicolás tardó demasiado.
—Mi hermana.
No sabía que tenía una hermana. Al parecer, tampoco era un dato que él hubiera ofrecido al mundo con facilidad. —¿Está viva?
—No.
La palabra fue seca, pero no fría. Dejé el cuaderno abierto sobre la mesa sin tocar la foto. —No tiene que responder más.
—No iba a hacerlo.
Asentí; no quería herirlo con mi curiosidad, pero mi trabajo consistía precisamente en acercarme a lo que él había protegido. Ese era el problema ético de cualquier curaduría íntima: una finge ordenar materiales, pero siempre termina tocando heridas que no le pertenecen.
—Esta foto no va a la exposición —dije.
Nicolás me miró con algo que no pude descifrar.
—No por ahora —añadí—. No como imagen. Tal vez como ausencia. Si la usamos literalmente, se vuelve explicación. Y una explicación tan dolorosa puede abaratar todo lo demás.
Él siguió mirándome. —Eso fue bueno.
—No se acostumbre.
—Ya me dijo eso.
—Y veo que no aprende.
La sombra de una sonrisa volvió a cruzarle la boca, pero esta vez no tuvo filo. Fue casi cansada; casi cálida; eso me incomodó más que sus provocaciones.
Mara regresó cuando empezaba a oscurecer y nos encontró rodeados de cuadernos, fotografías y notas. Era algo más delicado: conciencia de que él había abierto un espacio que no abría con facilidad.
—¿Sobrevivieron? —preguntó.
—Aún no terminamos —dije.
—Eso no responde.
Nicolás cerró el cuaderno de su hermana y le puso encima una hoja en blanco. Mara lo vio y no dijo nada. Entendí que conocía la historia, al menos en parte.
Trabajamos hasta que la luz natural desapareció por completo y el estudio quedó sostenido por lámparas altas, más cálidas que las de la madrugada, pero no lo bastante para volver el espacio amable. Nicolás se quedó mirando la mesa como si las páginas abiertas hubieran dejado marcas sobre la madera.
—Tiene razón —dijo.
—Eso me pasa con frecuencia. Necesito que sea más específico.
—Sobre la foto. No debe estar.
—No dije que nunca.
—Yo sí.
Supe que no era momento de discutir. —Está bien.
Nicolás tomó los cuadernos y los guardó de nuevo en el cajón metálico.
Se quedó de pie frente al mueble, de espaldas a mí.
Me habría resultado más cómodo si siguiera siendo arrogante.
La vulnerabilidad ajena me obligaba a revisar mi crueldad, y yo había venido preparada para ser cruel con él, no para entenderlo.
—¿Cómo se llamaba? —pregunté antes de decidir si debía hacerlo.
Nicolás no se volvió.
—Lucía.
El nombre quedó suspendido en el estudio, breve, luminoso, incompatible con tanta oscuridad.
—Lo siento —dije.
—No haga eso.
—¿Qué?
—Hablarme como si acabara de conocer mi dolor y ahora tuviera que administrarlo con cuidado.
La frase me dolió, quizá porque tenía razón. —Entonces no me deje verlo.
Nicolás se volvió despacio. —Ese es el punto de todo esto, ¿no?
No respondí.
—Usted quiere hacer una exposición sobre lo que muestro y lo que oculto, pero se incomoda cuando lo oculto empieza a parecer humano.
—No me incomoda que sea humano.
—Le incomoda que yo lo sea.
Ahí sí me hirió. Era más fácil despreciar a Nicolás como fenómeno de mercado, como artista viral, como hombre demasiado seguro de sí mismo. Pero Lucía, la foto, los cuadernos, la pieza retirada por la mujer que sangró frente a su marido, todo eso le daba una densidad que me dejaba sin caricatura.
—Tal vez —dije.
Nicolás pareció sorprendido por mi honestidad.
—Tal vez me incomoda —continué—, porque si usted es más que su marca, entonces yo tengo que admitir que mi desprecio era cómodo.
Él no sonrió. Me miró con una intensidad distinta, menos desafiante. —Eso también fue bueno.
—No empiece a coleccionar mis frases.
—Demasiado tarde.
El aire cambió otra vez, pero de manera más lenta.
Nicolás caminó hacia una mesa lateral para apagar una lámpara, y al hacerlo pasó cerca de mí; no me tocó.
Pero yo sentí el movimiento de su cuerpo, el calor breve de su paso, el olor a café, yeso y madera.
Mi respiración cambió antes de que pudiera corregirla.
—Deberíamos cenar —dije.
—Deberíamos.
Ninguno se movió hacia la salida.
—Y mañana —añadí, aferrándome al trabajo como a una cuerda— necesito revisar las piezas no exhibidas. Las que están cubiertas al fondo.
—No todas.
—Nicolás.
—Algunas no están listas.
—No tienen que estar listas.
—Usted no entiende.
—Entonces explíqueme.
—Hay piezas que todavía no sé si hice para exhibirlas o para no hacer otra cosa peor.
La frase me dejó en silencio. En la parte más oscura del estudio, varias formas cubiertas por telas negras parecían escucharnos.
De pronto entendí que no todas las obras eran intentos de comunicación; algunas eran contenciones, jaulas, formas de encerrar algo que no debía salir completo.
Tal vez todos construíamos pequeñas habitaciones para no destruirnos.
—Eso no las excluye —dije más bajo.
—Para usted nada excluye nada.
—Para mí todo puede tener función si se mira con suficiente honestidad.
—Qué frase más peligrosa.
—El arte suele serlo cuando deja de mentir.