Capítulo cuatro — La primera pieza
CAPÍTULO CUATRO
LA PRIMERA PIEZA
E mpezamos, aunque esa palabra no alcanzaba para describir lo que ocurrió aquella mañana en el estudio de Nicolás Aranda, porque empezar suele sugerir un orden, una línea clara desde la cual las cosas avanzan, y lo que nosotros hicimos durante las primeras horas fue más bien entrar en una acumulación de restos, de imágenes, de frases, de materiales y de silencios que parecían haber estado esperándome desde antes de que yo aceptara el viaje.
Mara distribuyó las fotografías por series, abrió varias cajas negras con guantes de algodón, encendió dos monitores y dejó sobre la mesa una carpeta gruesa de documentos donde había listas de piezas destruidas, piezas vendidas, piezas recuperadas y piezas no exhibidas, mientras Nicolás permanecía de pie junto a una pared cubierta de notas, con los brazos cruzados y una quietud tan trabajada que me resultó imposible no recordar cómo, pocas horas antes, esa misma boca que ahora hablaba de archivo, sonido y recorrido había estado demasiado cerca de la mía bajo la luz azulada del taller.
Yo fingí profesionalidad con una disciplina casi militar.
Le pregunté a Mara quién había catalogado los materiales y ella respondió que lo había hecho casi todo ella, salvo ciertos cuadernos que Nicolás no dejaba tocar a nadie, ni siquiera a ella.
Le pregunté a Nicolás si esos cuadernos eran parte del proyecto y él dijo que todavía no, lo cual en el lenguaje de los artistas significa sí, pero cuando esté dispuesto a fingir que la idea se me ocurrió a mí. No se lo dije; lo anoté.
La primera serie de fotografías correspondía a instalaciones tempranas, obras anteriores a la fama, hechas con pocos recursos y una agresividad visual que no tenía nada de calculada.
Había paredes cubiertas de cabello humano, moldes de yeso tomados de espaldas, fotografías de camas vacías, recipientes con agua turbia, habitaciones cerradas donde se proyectaban videos caseros sin sonido.
Algunas piezas eran torpes, excesivas, casi adolescentes en su deseo de herir al espectador, pero precisamente por eso resultaban más sinceras que cierta elegancia posterior que yo había visto en Miami.
El que todavía no sabía convertir su oscuridad en lenguaje vendible.
—Estas obras son mejores que muchas de las recientes —dije, sin levantar la mirada de las fotografías.
Mara hizo un gesto mínimo, como si acabara de escuchar algo que llevaba años pensando.
Nicolás no respondió de inmediato. Estaba apoyado contra una mesa de trabajo, con una taza de café entre las manos, y al verlo así, de reojo, me pareció más cansado que la noche anterior.
No cansado de sueño, sino de una vigilancia constante sobre sí mismo.
—No fueron buenas para nadie —dijo al fin.
—No le pregunté si fueron buenas para alguien. Dije que son mejores.
—Me rompieron algunas puertas.
—A veces eso es una virtud.
—No cuando todavía estás adentro.
Mara levantó los ojos hacia él, pero Nicolás no la miró.
Yo me quedé con una fotografía entre los dedos: una habitación blanca donde el suelo estaba cubierto de vidrios rotos y, sobre la pared del fondo, se proyectaba una boca abriéndose y cerrándose sin emitir sonido.
La pieza se titulaba Casa sin grito . Había sido presentada en un espacio alternativo de Atlanta, hacía casi diez años, y según una nota manuscrita había durado solo dos días porque el dueño del lugar pidió desmontarla después de una queja de los vecinos.
—¿Por qué la retiraron? —pregunté.
—Decían que la gente salía alterada.
—Eso no responde.
Nicolás dejó la taza sobre la mesa. —Una mujer tuvo un ataque de pánico. Se cortó la planta del pie con los vidrios. La pieza estaba asegurada, había un perímetro claro, pero ella cruzó igual.
—¿Y usted la retiró por culpa?
—La retiré porque el dueño del espacio no quería demandas.
—No le creo.
—No tiene que creerme.
—Sí tengo, si voy a trabajar con su archivo.
Mara se movió junto a una de las cajas, tal vez para intervenir, pero se contuvo.
Yo supe que había tocado algo real porque la mandíbula de Nicolás se tensó apenas, no con ira visible, sino con ese tipo de resistencia interna que una persona ofrece cuando está demasiado acostumbrada a no explicar sus heridas.
—La retiré —dijo— porque la mujer no se alteró por la pieza, sino porque su marido, que estaba con ella, se burló de su reacción frente a todos.
Ella intentó salir, él la retuvo del brazo, ella cruzó el perímetro para apartarse de él, pisó el vidrio, sangró, y todo el mundo miró la sangre como si por fin la obra hubiera funcionado.
Esa noche entendí que a veces el público completa las piezas de la forma más repugnante posible.
No dije nada; la fotografía seguía en mi mano y de pronto pesaba más.
—Entonces esa pieza debe estar en la exposición —dije.
Nicolás me miró.
—No como reconstrucción literal —añadí—, sería demasiado obvio y probablemente oportunista, pero sí como antecedente. Esa pieza ya contiene el problema de todo este proyecto: una imagen creada para hablar del encierro termina revelando quién disfruta mirando el encierro de otra persona.
Mara asintió, casi imperceptiblemente. Nicolás no lo hizo.
Se acercó a la mesa y tomó la fotografía de Casa sin grito , rozando mis dedos apenas, quizá sin intención, quizá no, y esa mínima fricción, ridícula en cualquier otro contexto, me devolvió de golpe la memoria del beso en la madrugada.
Retiré la mano demasiado rápido; Nicolás lo notó, pero no dijo nada; eso fue peor.
—No quiero hacer una retrospectiva de mis errores —dijo.
—Nadie le está pidiendo sinceridad decorativa. Pero si el proyecto va a tratar de la imagen como encierro, sus errores son más útiles que sus aciertos.
—Qué generosa.
—No lo soy.
—Eso también lo sé.
Nos miramos un segundo más de lo necesario.
Fue una retirada demasiado oportuna para ser inocente.
La vi salir del estudio por una puerta lateral y me quedé con Nicolás, otra vez, aunque ahora había luz de día, una mesa llena de documentos y suficientes obras alrededor como para que cualquier tensión pareciera una interpretación subjetiva. No lo era.
—Mara huye cuando cree que dos personas necesitan pelear —dijo él.
—¿Y necesitamos?
—Usted sí.
—No proyecte.
—No proyecto. Observo.
—Esa palabra empieza a parecerme una enfermedad suya.
Nicolás tomó otra fotografía, la miró sin verla realmente y la dejó sobre la mesa. —Anoche entró al estudio aunque le dijeron que no lo hiciera.
—Anoche usted estaba trabajando con una puerta entreabierta.
—La puerta estaba cerrada.
—No.
—Sí.
Me quedé quieta. Él no lo dijo con tono acusatorio, pero tampoco estaba bromeando. —Yo la empujé y se abrió.
—Entonces alguien la abrió antes.
—¿Mara?
—Mara no deja puertas a medias.
—¿Está sugiriendo que fue la casa?
Nicolás levantó la mirada hacia los ventanales altos, donde el bosque se reflejaba sobre el vidrio como una doble pared. —Estoy sugiriendo que esta casa tiene corrientes de aire, madera vieja y demasiadas puertas mal ajustadas. No necesita fantasmas. Con nosotros le basta.
Esa frase habría podido sonar teatral en otro hombre. En él sonó cansada.
Seguimos trabajando hasta el mediodía. Revisamos series de fotografías, descartamos piezas demasiado obvias, marcamos obras que podían funcionar como estaciones de recorrido y discutimos por casi una hora sobre si el proyecto debía organizarse cronológicamente o por núcleos temáticos.
Mara, al volver con café y una bandeja de pan tostado, dijo que ambos parecíamos personas que habían llegado a la misma conclusión por rutas opuestas y que eso sería muy irritante de presenciar durante dos semanas. Tenía razón.
El estudio, con luz natural, era menos ominoso que de madrugada, pero no menos inquietante.
La mañana revelaba detalles que la noche había ocultado: marcas de herramientas en el suelo, manchas de pigmento seco, pequeñas etiquetas numeradas, cables organizados con una precisión casi obsesiva, una pared cubierta por fotografías de manos tomadas en hospitales, aeropuertos, funerales, hoteles, baños públicos y camas.
Me acerqué a esa pared después de comer un pedazo de pan y pregunté si todas eran suyas.
—No —dijo Nicolás—. Algunas son de archivo. Algunas son de personas que conozco. Algunas son mías.
—¿Y las demás?
—De gente que quiso ser fotografiada.
—¿Para usted?
—Para la obra.
—Es una distinción cómoda.
—También necesaria.
Me detuve frente a una fotografía de una mano femenina apoyada sobre una mesa blanca, con una cicatriz pequeña en la base del pulgar. Nicolás se acercó a mi lado, sin invadir demasiado, pero lo suficiente para que yo sintiera de nuevo el campo de su presencia.
—¿Esa de quién es? —pregunté.
—De mi madre.
La respuesta me sorprendió; la mano de la fotografía no parecía especialmente dramática; no había violencia evidente ni belleza preparada; solo una mano apoyada sobre una mesa, con la luz fría de una ventana lateral.
—¿Ella sabe que está aquí?
—Sabe que existe la foto. No sabe dónde la pongo.
—¿Le molestaría?
—A mi madre le molestan muchas cosas después de permitirlas.
No pregunté más, pero guardé la frase. Había allí una entrada posible al proyecto, o a Nicolás, que tal vez era lo mismo y tal vez no convenía mezclar.
A primera hora de la tarde, Mara recibió una llamada y salió del estudio para resolver un problema con un proveedor que no había llegado a tiempo.
El trabajo continuó solo entre Nicolás y yo, y aunque ninguno mencionó la ausencia, la notamos de inmediato.
Sin ella, el estudio volvió a parecer demasiado grande y demasiado íntimo.
—Necesito ver los cuadernos —dije, después de revisar por tercera vez una lista incompleta de piezas.
Nicolás no levantó la vista. —No.
—No puedo construir una exposición sobre su imagen pública si no entiendo qué deja fuera.
—Puede entender bastante con lo que tiene.
—Puedo entender lo que usted quiere permitirme entender.