Nunca de nadie Capítulo tres — La casa-estudio #4
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Capítulo tres — La casa-estudio #4

No respondí; esa honestidad me quitó placer; me gustaba más cuando podía imaginarlo ciego de vanidad.

—¿Y quiere que yo lo salve de eso?

—No quiero que me salve de nada.

—Entonces qué quiere.

Nicolás se acercó un paso, solo uno, pero yo lo sentí como si hubiera cruzado media habitación.

—Quiero que no me mienta.

—Eso no es difícil.

—Sí lo es. Usted se miente con bastante disciplina.

La bofetada habría sido más fácil; esta vez no lo golpeé; tampoco retrocedí; mi respiración estaba demasiado alta, demasiado visible.

Nicolás levantó una mano, despacio, y por un segundo pensé que iba a tocarme la cara; no lo hizo.

Tomó una hebra de hilo negro que se había quedado pegada a mi manga, la retiró con cuidado y la dejó sobre la mesa.

El gesto mínimo me atravesó.

—No me toque —dije, aunque ya había terminado.

—No la toqué.

—No vuelva a hacerlo.

—De acuerdo.

Otra vez esa obediencia insoportable.

No sé quién se movió primero. Tal vez ninguno, y la distancia simplemente cedió como ceden algunas cosas cuando una ha fingido durante demasiado tiempo que son sólidas.

De pronto estábamos más cerca, no pegados, no todavía, pero sí lo bastante para que yo distinguiera la respiración de Nicolás bajo el olor del yeso, la madera, el pigmento y el frío.

Su mirada bajó a mi boca y volvió a mis ojos.

—Dígame que pare —murmuró.

Sentí una rabia absurda, casi desesperada, porque me estaba dejando la salida abierta. Porque no me daba el alivio de convertirlo en verdugo y a mí en víctima de una fuerza ajena. Me obligaba a estar allí, entera, responsable de mi deseo.

—No ha hecho nada —dije.

—Por eso.

La frase quedó suspendida entre nosotros. Afuera, el viento golpeó una pared del estudio y alguna pieza cubierta se movió bajo su tela, como un cuerpo inquieto. Pensé que quizá todo duelo tiene un momento indecente, una línea mínima donde seguir viviendo se siente como una traición.

—No puedo hacer esto —dije.

Nicolás no se movió. —Lo sé.

—No sabe nada.

—Sé que si la beso ahora va a odiarme.

—Ya lo odio.

—Más.

Cerré los ojos; fue un error; sin verlo, lo sentí más. El calor de su cuerpo, su cercanía, la paciencia oscura con que esperaba. Cuando abrí los ojos, seguía allí, serio, casi cruel por no tocarme.

—Entonces no me bese —dije.

Mi voz no sonó firme.

Nicolás la oyó como era.

Se acercó, por fin, pero se detuvo antes de rozarme. Su boca quedó cerca de la mía, demasiado, y durante un segundo no pasó nada salvo la respiración de ambos mezclándose en el aire frío del estudio. Luego yo levanté la cara y fui quien cerró la distancia.

El beso no fue dulce. Nicolás me sostuvo apenas por la cintura, no lo suficiente para inmovilizarme, sí lo suficiente para que mi cuerpo entendiera la fuerza que estaba reteniendo.

Yo le apreté la camiseta con las manos, sintiendo bajo la tela la tensión de su pecho, y me odié por la rapidez con que mi cuerpo pareció recordar un idioma que mi cabeza se negaba a aprender.

Cuando me separé, no fue por rechazo sino por miedo a seguir.

Nicolás no intentó retenerme. Ese gesto, otra vez, fue lo que más me desordenó.

—Vuelva a su habitación —dijo, con la voz más baja, menos controlada.

—No me dé órdenes.

—Esta vez sí.

Lo miré con furia, respirando demasiado rápido.

—Vuelva —repitió—, porque si se queda, Clara, no voy a poder fingir que esto es solo trabajo.

Me fui.

Caminé descalza por el pasillo, con la boca caliente, las manos temblando y una vergüenza que no se parecía a la culpa sino a algo más vivo, más oscuro, más difícil de domesticar. Me llevé los dedos a la boca, como si pudiera borrar el beso, pero el gesto solo lo trajo de vuelta.

No dormí más.

A las siete, cuando bajé al estudio con botas, pantalones negros, suéter grueso y una libreta en la mano, Nicolás ya estaba allí.

Sobre una mesa habían dispuesto fotografías, bocetos, videos, muestras de materiales, cuadernos y café.

La profesionalidad de la escena era tan perfecta que por un momento dudé de la madrugada, como si el beso hubiera sido una alucinación producida por la casa, la niebla y mi propia falta de sueño.

Nicolás no me miró de inmediato. Estaba explicándole algo a Mara sobre una pieza de sonido. Su voz era la de siempre: seca, precisa, controlada. Yo sentí una punzada de rabia al comprobar que podía volver a ese lugar mientras yo todavía llevaba el desastre bajo la piel.

Mara me entregó una taza de café.

—Se ve fatal —dijo.

—Gracias.

—La casa hace eso la primera noche.

Miré a Nicolás. Él seguía sin mirarme.

—¿La casa? —pregunté.

Mara tomó su propia taza. —A veces una prefiere culpar a la arquitectura.

Entonces Nicolás levantó los ojos hacia mí.

Sin sonreír ni mencionar la madrugada, me sostuvo la mirada el tiempo justo para que yo entendiera que no había sido un sueño, que ambos lo recordábamos y que ninguno iba a usarlo todavía.

—Empezamos —dijo.

Abrí la libreta.

Y escribí la primera línea del proyecto con una mano que ya no temblaba tanto:

Una imagen también puede ser una habitación cerrada.