Capítulo tres — La casa-estudio #3
Mara dejó de comer por un segundo, no sorprendida, sino atenta al choque. Yo apoyé la cuchara con cuidado.
—No sabe cuándo callarse.
—Lo sé.
—¿Le parece elegante usar a mi esposo muerto como recurso de ambientación?
—No.
—Entonces es crueldad.
—No. Es método.
La palabra me produjo una risa seca. —Método. Qué conveniente. Los hombres como usted siempre tienen una palabra noble para justificar sus abusos de sensibilidad.
Nicolás no se defendió de inmediato. Se limpió la boca con la servilleta, bebió un sorbo de vino y me miró con esa calma que empezaba a detestar porque me obligaba a escuchar. —No puse el catálogo para herirla.
—No, claro. Lo puso para ayudarme a crecer como persona.
—Lo puse porque vi cómo miró el dibujo en Miami y porque vi cómo reaccionó cuando mencioné a Tomás. Si su duelo va a intervenir en cada decisión curatorial, quiero saberlo desde el primer día.
—Mi duelo no es parte de este proyecto.
—Ya lo es.
—Porque usted lo metió.
—Porque usted vino con él.
Me levanté de la silla; Mara no dijo nada; Nicolás tampoco se movió. Durante un segundo pensé que quizá la escena era absurda, que yo estaba reaccionando tal como él esperaba, que el catálogo era una trampa y yo acababa de entrar con los ojos abiertos. Eso me enfureció más.
—No soy una de sus piezas —dije.
—Todavía no he decidido qué hacer con usted.
La frase fue tan inaceptable, tan provocadora, que el silencio posterior pareció contener incluso el movimiento de la casa.
Yo sentí que algo me subía desde el estómago hasta la garganta, una mezcla de rabia, humillación y, para mi desgracia, una respuesta física que no pertenecía a ninguna de las dos.
—No va a hacer nada conmigo —dije, muy bajo.
Nicolás se puso de pie.
No se acercó. Solo se levantó, y aun así la cocina pareció volverse más pequeña. —Entonces demuéstrelo mañana —dijo—. A las siete. En el estudio.
Salí de la cocina antes de responder algo peor.
No subí a mi habitación de inmediato; tomé el pasillo equivocado o tal vez lo elegí a propósito, no estoy segura, y terminé frente a la pasarela cubierta que llevaba al taller.
Se oía un zumbido eléctrico, un goteo lento y, de vez en cuando, un crujido de materiales acomodándose en la oscuridad.
Recordé la advertencia de Mara: no entre sola.
Puse la mano sobre la manija.
No la abrí.
No por obediencia, me dije, sino porque no quería darle a Nicolás otra forma de tener razón.
Volví a mi habitación con la sensación de haber perdido una batalla que nadie había declarado oficialmente.
El catálogo de Tomás seguía boca abajo sobre el escritorio.
Después lo tomé, abrí el armario y lo guardé en el fondo, debajo de un suéter, como quien esconde una prueba o un arma.
Me puse ropa de dormir, apagué la lámpara y me acosté, pero la cama era demasiado grande, el bosque demasiado presente y la casa demasiado silenciosa.
En Miami, el ruido me protegía. Allí no había nada entre mis pensamientos y yo.
Me desperté a las tres y diecisiete de la madrugada con la certeza de haber oído algo en el pasillo.
Me incorporé en la cama, conteniendo la respiración.
Luego, muy lejos o muy cerca, no supe distinguirlo, sonó una especie de respiración mecánica, un flujo de aire que se cortaba y volvía, como si la casa tuviera pulmones defectuosos.
Me levanté sin encender la luz. Abrí la puerta apenas.
El pasillo estaba vacío.
A lo lejos, desde el taller, venían una luz azulada y el sonido de una voz que no pertenecía a una conversación, sino a una grabación: una mujer, distorsionada, repetía una frase que no entendí al principio.
Caminé unos pasos, descalza, con el corazón acelerado por el frío del suelo y por la sensación infantil de estar haciendo algo prohibido, hasta que la voz se hizo más clara.
“No todo lo que se toca se posee.”
La frase se repitió.
Me detuve junto a la pasarela. La puerta del taller estaba entreabierta.
Esta vez sí la empujé.
El interior del estudio se abrió ante mí como una catedral industrial abandonada a mitad de un ritual.
Era enorme, más alto de lo que imaginé, con vigas negras, paredes de concreto, mesas de trabajo, tanques de agua, pantallas apagadas y piezas cubiertas por telas oscuras que formaban siluetas humanas, animales, imposibles.
El sonido de la voz salía de varios parlantes ocultos y parecía moverse por el espacio.
Sentí frío; no por la temperatura.
Nicolás estaba al fondo, de espaldas, frente a una pantalla donde se repetía una grabación de manos hundiéndose en barro negro.
No llevaba suéter, solo una camiseta blanca manchada de pigmento y pantalones oscuros.
Sus brazos estaban tensos, los hombros ligeramente encorvados, como si llevara horas allí.
No se volvió de inmediato, pero supe que sabía que yo había entrado.
—Mara le dijo que no entrara sola —dijo.
Su voz, sin eco, sonó más baja que la grabación.
—No estoy sola.
Entonces sí se volvió.
Nos miramos a través de la luz azulada del estudio, entre piezas cubiertas y cuerpos incompletos.
Yo estaba descalza, con ropa de dormir, el cabello suelto, demasiado consciente de mi vulnerabilidad para fingir autoridad.
Él me vio completa, sin prisa, sin el descaro obvio de un hombre vulgar, pero con una intensidad que me hizo recordar demasiado rápido que la noche anterior yo había guardado a Tomás en un armario.
—¿No duerme? —pregunté, porque cualquier otra frase habría sido más peligrosa.
—A veces.
—Mara dijo lo mismo.
—Mara habla demasiado cuando quiere incomodar a alguien.
—Entonces aprendió de usted.
Nicolás apagó la proyección con un control remoto. Caminó hacia mí, no directamente, sino bordeando una mesa, y se detuvo a varios pasos de distancia. Sus ojos parecían más oscuros allí, o quizá era la luz.
—¿Qué oyó? —preguntó.
—Una frase.
—¿Cuál?
—No todo lo que se toca se posee.
Nicolás asintió, como si evaluara cómo sonaba en mi boca. —Es una de las líneas posibles para la sala final.
—Es mejor que muchas de las que usa en Miami.
—Eso casi fue un elogio.
—No se acostumbre.
Miré alrededor, buscando algo que me permitiera recuperar distancia profesional.
Había una pieza sin cubrir sobre una mesa larga: un torso hecho de cera oscura, sin cabeza ni brazos, atravesado por pequeñas agujas metálicas de las que colgaban etiquetas casi transparentes con palabras escritas a mano.
Me acerqué pese a mí misma. Las palabras eran fragmentos: mirar, guardar, obedecer, vender, tocar, callar, volver.
Algunas estaban repetidas. Una decía Tomás.
Me quedé helada.
—¿Qué es esto? —pregunté.
Nicolás se acercó, pero no demasiado. —Archivo de palabras. Registro cosas que aparecen cuando trabajo.
—Mi esposo no es una palabra suya.
—No lo escribí por él.
—¿Entonces?
—Lo escribí por usted.
Me giré hacia él. La rabia volvió, pero esta vez venía mezclada con cansancio y una inquietud más honda. —¿Disfruta haciendo esto?
—No.
—Miente.
—No disfruto herirla. Disfruto cuando deja de actuar.
—Qué arrogancia.
—Qué miedo.
La palabra me golpeó en el pecho. Di un paso hacia él sin pensarlo. —No le tengo miedo.
Nicolás bajó la mirada hacia mis pies descalzos, luego volvió a mi rostro. —No dije que me lo tuviera a mí.
La distancia entre ambos se llenó de algo denso, reconocible, insoportable.
Yo sabía que debía salir del estudio, volver a mi habitación, cerrar la puerta, dormir unas pocas horas y presentarme a las siete con libreta, zapatos y una profesionalidad impecable.
Pero el estudio, la madrugada, la frase repetida, el nombre de Tomás colgando de una aguja y la presencia de Nicolás frente a mí habían abierto una zona de la noche donde la prudencia parecía una lengua extranjera.
—No vuelva a escribir su nombre —dije.
—Está bien.
Su respuesta inmediata me desarmó.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—¿No va a discutir?
—No si tiene razón.
No sé qué esperaba. Pero su concesión me dejó sin borde, y en ese vacío sentí mi propio cuerpo de una manera demasiado clara: el frío en los pies, la tela delgada de la ropa de dormir, el pelo sobre el cuello, la respiración más rápida de lo normal.
Nicolás también lo notó; no dio un paso; esa contención suya, otra vez, volvió el aire más peligroso.
—Debería volver a su habitación —dijo.
—No me diga qué hacer.
—Entonces no vuelva.
—¿Quiere que me vaya?
Nicolás tardó en responder, y esa demora tuvo más verdad que cualquier frase. —No.
No fue una confesión romántica, sino algo peor por su sencillez.
Me acerqué a la pieza de cera, no a él, aunque ambos sabíamos que era una forma indirecta de acercarme. Toqué una de las etiquetas sin querer, la que decía callar. La aguja vibró apenas.
—Su obra es más oscura aquí —dije.
—Aquí no tiene que gustarle a nadie.
—¿Y en Miami sí?
—En Miami tiene que sobrevivir a que le guste a la gente equivocada.
—Qué cómodo culpar al público.
—Qué cómodo despreciarlo.
Nos miramos; esa era nuestra forma de volver siempre al mismo lugar: ataque, defensa, precisión, herida. Pero a esa hora, en ese estudio, la discusión ya no se sentía intelectual. Cada frase tenía debajo otra cosa, una corriente física que la deformaba.
—No entiendo por qué me trajo aquí —dije.
—Sí lo entiende.
—No.
—Porque usted vio lo que otros celebran y sospechó lo mismo que yo.
—¿Que su obra puede ser una estafa bella?
—Que puede volverse una.