Capítulo tres — La casa-estudio #2
—Con usted también. Solo que esta vez Nicolás ya había decidido antes.
La frase quedó en el aire de la camioneta con una carga molesta. Miré por la ventanilla, donde la niebla empezaba a borrar los troncos más lejanos. —No soy una invitada personal.
—No dije que lo fuera.
—Soy curadora.
—Eso dijo el contrato.
—¿Y usted qué cree?
Mara tardó en responder, no porque dudara, sino porque parecía elegir con cuidado cuánto estaba dispuesta a decir. —Creo que Nicolás no trae gente a la casa cuando solo necesita una curadora.
La miré, pero ella seguía concentrada en la carretera. —¿Y qué más necesita según usted?
—Eso debería preguntárselo a él.
—Preferiría no necesitar preguntarle nada.
—Entonces se va a aburrir aquí.
La camioneta tomó un camino más estrecho, de grava oscura, que subía entre árboles altos y matorrales húmedos.
El ruido de las llantas cambió, más áspero, más íntimo, y tuve la sensación de que habíamos cruzado un límite no señalado en ningún mapa.
Al fondo, entre la niebla y las ramas, apareció la casa.
No era una mansión ostentosa, como había imaginado en algún momento con la mala fe de mis prejuicios, sino una estructura larga y baja, de madera ennegrecida y piedra, con ventanales altos que reflejaban el bosque en lugar de mostrar el interior.
Había luces encendidas dentro, pero no eran cálidas; tenían esa claridad oblicua de los estudios donde la belleza no busca comodidad.
Mara estacionó frente a la entrada principal y apagó el motor.
Durante un instante no se oyó nada salvo el leve crujido de la camioneta al asentarse, el viento moviendo las ramas y un sonido metálico distante que venía del taller, quizá una herramienta, quizá una pieza golpeando contra otra. Me dije que era una estupidez.
—Bienvenida —dijo Mara, sin ninguna emoción especial—. Deje que la montaña le parezca bonita hoy. Mañana empezará a hacer preguntas.
Bajé de la camioneta y el frío me mordió la cara.
La puerta de la casa se abrió antes de que Mara tocara.
Tenía las manos manchadas de yeso o polvo blanco, una línea del mismo material en la mandíbula y el cabello más desordenado que en Miami, como si allí, lejos de las cámaras, su cuerpo hubiera decidido abandonar la versión pública sin pedir autorización.
Entre nosotros, el aire de la montaña parecía demasiado limpio para tanta tensión sucia.
—Clara —dijo.
Oír mi nombre allí, en ese lugar aislado, me produjo una sensación distinta a la de Miami, menos social, más peligrosa.
—Nicolás.
Mara sacó mis maletas del baúl y pasó junto a él sin ceremonia. —La puse en la habitación del ala este. La calefacción funciona a medias, como todo lo que Nicolás promete arreglar desde hace años.
—No funciona a medias —dijo él.
—Funciona cuando quiere.
—Como algunas personas.
Mara lo miró. —No empieces conmigo.
Yo los observé en silencio. La familiaridad entre ellos no era íntima en el sentido romántico, pero sí profunda, práctica, una de esas lealtades construidas en años de trabajo, crisis y probablemente secretos compartidos. Me molestó menos de lo que esperaba y más de lo que me convenía.
—¿Buen viaje? —preguntó Nicolás, volviendo hacia mí.
—Correcto.
—Eso suena a informe.
—Vine a trabajar.
—Eso dijo el contrato.
La frase era casi la misma que había usado Mara minutos antes, y me pregunté si ambos compartían ese humor seco o si vivir en esa casa terminaba por contagiarlo.
Nicolás se hizo a un lado para dejarme entrar.
Crucé el umbral con la sensación ridícula de estar aceptando algo más que una residencia profesional.
El interior era más oscuro de lo que las fotos sugerían; no porque faltara luz, sino porque la casa parecía absorberla.
Había madera en pisos y techos, piedra en una pared larga, alfombras gastadas, libros apilados sobre mesas, fotografías sin marco, piezas pequeñas de yeso y bronce colocadas en lugares inesperados, como si la casa fuera menos un hogar que una extensión lenta del taller.
No había ostentación, pero sí dinero; no lujo exhibido, sino esa clase de comodidad silenciosa que no necesita parecer cara porque ya lo es.
Olía a leña apagada, café, resina, cuero viejo y algo metálico, quizá proveniente del estudio.
A la izquierda se abría una sala amplia con ventanales hacia el bosque.
En una pared había tres pantallas apagadas; en otra, una biblioteca con libros de arte, anatomía, filosofía, fotografía forense, teoría del cuerpo y catálogos de exposiciones antiguas.
Sobre una mesa baja descansaban varias piedras negras, una lupa, un cuaderno abierto y una taza con café frío.
Tal vez porque Tomás siempre dejaba café frío junto a sus lienzos, y yo, durante años, se lo retiraba sin que él lo pidiera, como quien limpia alrededor de un altar.
—Mara le mostrará la habitación —dijo Nicolás—. Cuando se instale, puede descansar. Empezamos mañana.
—Pensé que había venido a trabajar.
—Y yo pensé que iba a quejarse si la hacía trabajar apenas llegara.
—No me conoce tanto.
—No. Pero aprendo rápido.
Mara hizo un sonido leve, casi una tos, y tomó mis maletas.
La seguí por un pasillo largo, dejando a Nicolás en la entrada sin mirar atrás, aunque sentí su mirada sobre mi espalda hasta doblar la esquina.
En una de ellas reconocí a Nicolás mucho más joven, quizá de veinte años, de pie junto a un hombre mayor de rostro severo y una mujer elegante cuya postura parecía hecha de hielo. Nicolás no sonreía. La mujer tampoco.
Mara vio que miraba la foto, pero no comentó nada.
Mi habitación estaba al final del ala este, detrás de una puerta de madera oscura.
Al entrar, lo primero que noté fue el ventanal que ocupaba casi toda una pared y daba directamente al bosque.
La vista era hermosa y opresiva al mismo tiempo: árboles altos, niebla baja, hojas húmedas, una pendiente que descendía hacia una zona donde no alcanzaba a ver el fondo.
Había un escritorio, una silla de cuero, una lámpara de brazo articulado, una chimenea pequeña y una repisa con libros cuidadosamente escogidos y un catálogo de Tomás Vidal.
Me quedé quieta.
Mara dejó la maleta junto al armario y siguió mi mirada. —Yo no puse eso.
—¿Quién?
—No sé. Pero en esta casa casi todo lo que parece casual no lo es.
Tomé el catálogo sin abrirlo. Era de una retrospectiva pequeña, posterior a la muerte de Tomás, una que yo misma había ayudado a montar. En la portada estaba una de sus telas grises, cruzada por una línea casi blanca. Sentí una oleada de rabia tan rápida que me dejó sin aire.
—¿Esto es una provocación? —pregunté.
Mara se encogió de hombros, no con indiferencia sino con una honestidad seca. —Probablemente.
—¿Y le parece normal?
—Normal no. Frecuente.
Dejé el catálogo sobre el escritorio con más fuerza de la necesaria. —Dígale a Nicolás que no necesito decoración emocional.
—Dígaselo usted. Le hará más efecto.
—¿Siempre responde así?
—Solo cuando la respuesta obvia ahorra tiempo.
Me giré hacia ella, dispuesta a molestarme, pero había algo en Mara que desactivaba la ofensa. Decía lo que veía, sin adornos. Tal vez por eso llevaba siete años con Nicolás.
—La cena es a las ocho si quiere comer con nosotros —dijo—. Si prefiere estar sola, hay sopa en la cocina, pan, fruta, vino y café. El estudio está cerrado hasta mañana, salvo que Nicolás la invite. No entre sola.
—¿Por qué?
—Porque hay piezas inestables, químicos, herramientas y cosas que parecen una cosa hasta que una se corta.
—¿Eso es todo?
Mara me miró con sus ojos indefinidos. —También porque a Nicolás no le gusta que entren sin él.
—No vine a obedecer sus manías.
—Entonces avíseme si necesita puntos de sutura.
Salió antes de que yo pudiera responder.
Me quedé sola en la habitación, con el sonido de sus pasos alejándose por el pasillo y el catálogo de Tomás sobre el escritorio como una acusación.
Por un momento pensé en tomarlo, salir, buscar a Nicolás y arrojarle el libro al pecho.
Afuera, la niebla se movía entre los árboles con una lentitud casi respiratoria.
Cada vez que levantaba la vista, el bosque parecía más cerca.
Después de guardar la ropa, me senté en la cama y abrí el catálogo de Tomás, solo para demostrarme que podía hacerlo sin romperme.
Mala idea. La primera página tenía un texto mío, escrito seis meses después de su muerte, donde hablaba de la austeridad como resistencia, del silencio como ética, de la línea como forma de no ceder al espectáculo. Cerré el catálogo. Lo puse boca abajo.
A las ocho menos diez bajé a cenar.
No sabía si lo hacía por hambre, por educación o por no darle a Nicolás la satisfacción de saber que el catálogo me había dejado escondida en la habitación.
La cocina estaba iluminada con una luz más cálida que el resto de la casa y olía a sopa, pan tostado y vino tinto.
Se había lavado las manos, pero todavía tenía restos de yeso en un antebrazo y una mancha cerca del cuello, justo donde el suéter dejaba ver la piel.
—Creí que cenaría sola —dijo, sin levantar la vista.
—Eso habría sido demasiado cómodo para los dos.
Mara dejó un plato frente a mí. —Sopa de lentejas con chorizo. Hay ensalada si prefiere fingir que no tiene cuerpo.
La miré; Nicolás sí sonrió esta vez, apenas, hacia su plato.
—La sopa está bien —dije, sentándome frente a él.
Durante unos minutos comimos casi en silencio.
La sopa estaba buena, más de lo que esperaba, espesa, picante, con algo ahumado que me calentó el pecho de inmediato.
Afuera la noche había caído por completo, y los ventanales devolvían el reflejo de la cocina: tres figuras alrededor de una mesa, demasiado separadas para ser familia, demasiado juntas para ser extraños.
—Puso un catálogo de Tomás en mi habitación —dije, sin preámbulo.
Nicolás levantó los ojos. —Sí.
La confirmación directa me irritó más que una evasiva. —¿Por qué?
—Porque si va a trabajar conmigo cargándolo encima, prefiero verlo sobre la mesa.