Nunca de nadie Capítulo tres — La casa-estudio
8%

Capítulo tres — La casa-estudio

CAPÍTULO TRES

LA CASA-ESTUDIO

E l viernes por la mañana Miami amaneció con una lluvia fina, casi invisible, de esas que no refrescan la ciudad sino que la vuelven más pegajosa, más brillante, más dispuesta a reflejar en el asfalto la ansiedad de quienes la atraviesan demasiado temprano, y mientras el auto que había pedido por la aplicación avanzaba hacia el aeropuerto entre carriles lentos, motocicletas imprudentes y pantallas publicitarias donde rostros impecables anunciaban departamentos, clínicas estéticas y experiencias inmersivas, pensé que tal vez todo lo que me estaba pasando podía reducirse a una sola palabra vulgar: fuga.

No una fuga física, porque iba a trabajar, había un contrato firmado, Bruno lo había repetido tres veces y yo misma había organizado carpetas, referencias y archivos como cualquier profesional responsable; pero en el fondo, debajo de esa fachada de eficiencia, había algo demasiado parecido a una huida, solo que esta vez no huía de Nicolás, ni de la exposición, ni del video que seguía circulando con comentarios cada vez más estúpidos, sino de mi apartamento, de las obras cubiertas de Tomás, del cajón donde había dejado su tarjeta y de esa versión de mí que había aprendido a moverse por la vida con la elegancia triste de una mujer que confundía la fidelidad con la inmovilidad.

No llevé nada de Tomás, y esa ausencia dentro de la maleta me pesó más que cualquier objeto.

En el aeropuerto, mientras esperaba el vuelo a Charlotte, revisé por costumbre los mensajes de la galería, ignoré dos llamadas de Bruno y abrí sin querer una notificación donde una cuenta de arte había subido un montaje ridículo con mi frase sobre Nicolás, acompañada por música dramática y un texto que decía: “Cuando la crítica se vuelve performance”.

Cerré la aplicación, no sin antes ver que Nicolás había sido etiquetado varias veces en los comentarios y que alguien preguntaba si era cierto que yo sería la curadora de su próximo proyecto.

La maquinaria ya estaba trabajando, incluso antes de que existiera algo que mostrar.

Me pregunté si Nicolás había filtrado el viaje, si Bruno lo había insinuado con falsa discreción o si, simplemente, en ese mundo bastaba con que dos personas se odiaran frente al público para que todos imaginaran una colaboración inevitable, porque el mercado también tiene apetito de peleas, de reconciliaciones, de tensiones convertidas en relato.

El avión despegó con sacudidas leves, atravesando una capa de nubes bajas que dejó a Miami convertida en una mancha húmeda y gris, y durante unos minutos sentí algo parecido a alivio.

Desde arriba, la ciudad no parecía un escenario de exceso sino una superficie vulnerable, una acumulación de techos, avenidas y agua cercada por más agua; vista así, hasta Miami parecía poder desaparecer.

Desperté antes de que el sueño se volviera más nítido, con el corazón acelerado y la boca seca, y tardé varios segundos en recordar que todavía estaba en un avión, rodeada de desconocidos que leían, dormían o miraban películas con audífonos diminutos.

En Charlotte tuve que esperar casi dos horas por el vuelo corto a Asheville, y ese tiempo se me hizo más largo que el trayecto completo desde Miami, quizá porque ya no había vuelta atrás práctica y porque el aeropuerto, con sus tiendas de comida rápida, sus sillas mecedoras y esa amabilidad sureña convertida en diseño institucional, me resultó extrañamente falso, como si hubiera sido fabricado para tranquilizar a personas que en realidad estaban perdiendo algo en tránsito.

Me compré un café que sabía a cartón quemado y revisé los documentos del proyecto otra vez, aunque ya me los sabía: dos semanas de residencia, primera fase de investigación y curaduría, acceso parcial al archivo personal del artista, reuniones diarias, informe final, propuesta de estructura expositiva, cláusula de confidencialidad reforzada.

Esa última había sido idea de Nicolás, o de sus abogados, y me pareció coherente con un hombre que hacía del cuerpo público una obra, pero protegía su archivo con una ferocidad casi paranoica.

Aterrizar en Asheville fue como entrar en otra temperatura moral.

El aire se sentía más frío, más delgado, y aunque el aeropuerto era pequeño, casi modesto, había en el entorno una quietud que me incomodó de inmediato.

Venía de Miami, donde incluso el silencio parece tener ruido de fondo, y de pronto todo era madera, piedra, montañas al fondo, árboles desnudos o medio dorados por el otoño, una luz más oblicua que no embellecía las cosas sino que las dejaba visibles con una honestidad algo cruel.

En la zona de llegadas, una mujer de unos cuarenta años sostenía un cartel con mi nombre, escrito en letras negras sobre cartón blanco, sin logotipo de la galería ni gesto de bienvenida.

Mara Salvatierra no se parecía a lo que yo esperaba, aunque tampoco tenía una imagen precisa de ella.

Era alta, delgada sin fragilidad, de cabello castaño oscuro recogido en una trenza baja, piel aceitunada y ojos claros, no verdes, no exactamente grises, sino de ese color indefinido que parece cambiar según la luz y que en su caso reforzaba una expresión de observación permanente.

Llevaba botas gastadas, pantalones negros, una chaqueta de lana y una bufanda verde oscuro; no parecía asistente, ni administradora, ni empleada de nadie, sino una mujer que podía organizar una casa, un archivo, una emergencia médica o un entierro sin pedir permiso ni perder la paciencia.

—Señorita Ferrer —dijo, cuando me acerqué.

—Clara, por favor.

—Mara.

No sonrió, pero tampoco fue seca de manera ofensiva. El cielo estaba cubierto, no con nubes dramáticas sino con una capa gris uniforme, baja, que hacía que las montañas parecieran más cercanas y al mismo tiempo menos reales.

—El viaje hasta la casa toma una hora y diez si la carretera está limpia —dijo Mara mientras guardaba mi equipaje en una camioneta negra, más práctica que lujosa, con algo de barro seco en las llantas—.

Hay señal la primera media hora. Después se pierde por tramos.

Si necesita hacer alguna llamada, hágala ahora.

—¿Es una advertencia o parte del encanto de la residencia?

Mara me miró por encima del hombro. —Las dos cosas suelen confundirse.

Me subí al asiento del copiloto y noté de inmediato que la camioneta olía a cuero frío, café y madera húmeda.

En el tablero había un rosario pequeño colgado del retrovisor, no de cuentas blancas sino negras, y junto al cambio de velocidades, un cúter, un rollo de cinta gris y un par de guantes de trabajo.

Mara condujo sin música. Durante los primeros minutos, mientras salíamos del aeropuerto y tomábamos una carretera bordeada de árboles, esperé que hiciera alguna pregunta de cortesía sobre el vuelo, Miami, la galería o el clima, pero no lo hizo.

Esa ausencia de charla me relajó más de lo que habría querido admitir.

—¿Nicolás está en la casa? —pregunté al fin.

—Sí.

—¿Trabajando?

—Cuando no está durmiendo, está trabajando.

—¿Y cuando está durmiendo?

—A veces también.

La respuesta me hizo mirarla. Mara mantuvo la vista en la carretera, completamente seria; no supe si había sido una broma o un diagnóstico.

—¿Hace mucho que trabaja con él?

—Siete años.

—Eso es mucho tiempo.

—Depende de con quién.

La carretera empezó a elevarse con lentitud.

Los árboles se cerraban a ambos lados, y la ciudad pequeña, con sus cafés, tiendas de antigüedades y murales de colores gastados, fue quedando atrás como una decoración abandonada.

A medida que avanzábamos, la señal del teléfono se debilitó, y sentí una inquietud absurda al ver desaparecer las barras en la pantalla, como si la conexión con Miami, con Bruno, con el apartamento, incluso con Tomás, dependiera de esa pequeña indicación técnica.

Tenía la clase de mirada periférica que registra todo sin necesidad de girar la cabeza.

—Al principio incomoda —dijo—. Luego uno recuerda que casi nada urgente es tan urgente.

—Eso suena a frase de alguien que vive demasiado lejos de los hospitales.

—Viví cerca de varios. No me gustó más.

No pregunté; algo en su voz indicaba que no ofrecía una historia, solo un límite.

Conforme subíamos, la luz se volvió más fría y la niebla empezó a aparecer entre los árboles, primero como una mancha pálida al fondo de los barrancos y luego como un velo irregular que cruzaba la carretera en zonas bajas.

El paisaje era hermoso de una manera que no buscaba agradar; las montañas no tenían la teatralidad tropical de Miami ni la arrogancia del mar, sino una paciencia oscura, una sensación de antigüedad que hacía que cualquier drama humano pareciera pequeño y, al mismo tiempo, imposible de ocultar.

Luego me respondí que quizá no lo había elegido para trabajar sino para desaparecer sin admitirlo.

—¿La casa está muy aislada? —pregunté.

—Lo suficiente.

—¿Eso significa que no hay vecinos?

—Hay, pero no se ven. Y si se ven, no preguntan.

—Ideal para artistas con secretos.

Mara no sonrió. —Ideal para gente que sabe que todos los tienen.

No volví a hablar durante varios kilómetros.

Pensé en Nicolás, en la sala de reuniones, en su frase sobre las habitaciones cerradas que nos protegen y nos asfixian y en Tomás, inevitablemente, pero su recuerdo se comportó de manera distinta en la montaña: ya no apareció como imagen sagrada sino como una figura lejana, sentado en su estudio, más pequeño que antes, más humano, más cansado.

Había pasado un año defendiendo a un muerto de cualquier matiz, porque matizarlo era perderlo de nuevo.

—No le gusta Nicolás —dijo Mara de pronto.

Volví la cabeza hacia ella. —No vine porque me gustara.

—Eso ya lo sé.

—¿Entonces por qué lo dice?

—Porque conviene saber desde dónde mira una persona antes de dejarla entrar en una casa.

—¿Y usted decide quién entra?

—Casi siempre.

—Pero conmigo no.