Nunca de nadie Capítulo dos — La noche #4
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Capítulo dos — La noche #4

No supe qué responder; esa frase, lejos de sonar presumida, sonó como una advertencia que él mismo no disfrutaba dar. Me crucé de brazos, no por frialdad, sino porque necesitaba poner algo entre mi cuerpo y su presencia.

—¿Por qué yo? —pregunté.

—Porque usted vio el dibujo.

—Muchos lo vieron.

—No como usted.

—No sabe cómo lo vi.

—Sí.

—No.

—Lo vio como si le hubiera dado vergüenza reconocer algo.

Tragué saliva. La sala parecía no tener aire suficiente. —Es un dibujo.

—Es una mujer que escucha algo detrás de ella y no sabe si quiere girarse o salir corriendo.

Sentí que mis uñas se clavaban en mis brazos. —Qué conveniente interpretación.

—Es mía.

—La interpretación también.

—No. Esa parte fue usted.

La puerta se abrió y Bruno entró con tres cafés, aunque era obvio que ninguno de nosotros iba a beber nada. Miró a Nicolás, luego a mí, y debió entender por la tensión de la sala que su cobardía de cinco minutos no había sido suficiente para evitar el desastre.

—Bien —dijo, dejando los vasos sobre la mesa—. ¿Seguimos?

—No —respondí.

Bruno cerró los ojos.

—Acepto —dije.

Nicolás no se movió. Bruno abrió los ojos.

—¿Aceptas? —preguntó mi jefe, como si temiera haber oído mal.

—Dos semanas —dije, mirando a Nicolás—. Condiciones claras. Contrato por escrito. Control curatorial real. No seré parte de una campaña de redención ni de una fantasía de artista torturado. Si voy a Asheville, voy a trabajar. Si intenta usarme como pieza, me largo.

Nicolás sostuvo mi mirada. —De acuerdo.

—Y no vuelva a escribirme fuera de horario laboral.

—Defina laboral.

—Nicolás.

—De acuerdo —dijo, y esa vez sí sonrió apenas.

Supe entonces que acababa de cometer un error, aunque todavía no sabía si era profesional, moral o corporal. Tal vez eso era lo que más me inquietaba: que por primera vez en mucho tiempo una decisión no podía acomodarse en una categoría limpia.

El viaje se fijó para el viernes.

Los días siguientes fueron una mezcla desagradable de trámites, correos, reuniones breves y una vigilancia interior que no me dejó tranquila.

Firmamos un contrato que Bruno redactó con una rapidez sospechosa.

Mara Salvatierra, la administradora de la casa-estudio, me envió un correo sobrio con información del vuelo, clima, horarios, habitación asignada y normas básicas del lugar.

Su mensaje no tenía calor ni servilismo.

“El estudio de Nicolás no es una residencia turística”, escribió al final, “por lo que conviene traer ropa cómoda, zapatos que puedan ensuciarse y disposición para trabajar en silencio”.

Me cayó bien de inmediato, aunque tal vez solo porque parecía no tener interés en caerme bien.

Nicolás no volvió a escribirme.

Eso también me molestó.

El jueves por la noche, mientras hacía la maleta, me descubrí eligiendo ropa con una atención que intenté justificar como previsión climática.

Asheville estaría más frío que Miami. Pero también guardé un vestido negro sencillo, demasiado flexible para una residencia de trabajo, y una blusa de seda que no tenía ninguna utilidad práctica en una casa-estudio de montaña.

La saqué de la maleta. Luego la cubrí con un suéter grueso, como si esconderla de mí misma la volviera inocente.

Antes de dormir, me acerqué al cajón donde había guardado la tarjeta de Tomás; lo abrí; la tarjeta seguía allí, doblada, pequeña, triste.

Pensé en llevarla conmigo, como había llevado durante años algún objeto suyo a cada viaje: un lápiz, una nota, un libro con sus marcas, una camisa que ya casi no conservaba su olor. Esta vez no la tomé.

Apagué la luz.

Me acosté boca arriba, mirando el techo, consciente de que el viernes, en unas horas, saldría de Miami para encerrarme durante dos semanas en la casa de un hombre al que decía despreciar, un hombre que había visto algo en mí que yo no quería mirar, un hombre que no me había tocado y sin embargo ya había invadido demasiados lugares.

No recé, no le pedí permiso a Tomás ni me prometí nada.

A las tres de la mañana, cuando aún no lograba dormir, encendí el teléfono y desbloqueé la conversación con Nicolás.

No había mensajes nuevos. Toqué el campo de texto y escribí: “¿Por qué aceptó mis condiciones?”.

Lo borré. Escribí: “No crea que esto cambia nada”.

Lo borré también. Finalmente dejé el teléfono sobre la mesa de noche, con la pantalla hacia abajo, como si el aparato fuera un animal al que convenía no mirar demasiado.

Entonces vibró.

No era Nicolás, sino un correo de Mara, enviado a una hora absurda.

“Señorita Ferrer: le recuerdo que en la casa hay poca señal telefónica. Si necesita dejar asuntos personales resueltos antes del viaje, le recomiendo hacerlo antes de llegar. La montaña suele devolverle a la gente lo que intenta no escuchar.”

Leí la última frase varias veces.

Después apagué el teléfono y por fin me dormí, aunque no descansé. Soñé con una casa oscura entre árboles, con piezas cubiertas por telas negras y con Nicolás de pie al fondo de un estudio, esperándome sin moverse, como si hubiera sabido desde el principio que yo iba a llegar.