Capítulo dos — La noche #3
—Mañana a las once —dijo Bruno, poniéndose de pie—. Solo escucha. Si después quieres decir que no, diremos que no.
—Mentira.
—Sí, pero una mentira funcional.
El martes llegué a la galería a las diez cincuenta y siete.
Con un vestido azul oscuro, más sobrio que seductor, aunque al mirarme en el espejo antes de salir había tenido que admitir que la sobriedad también puede ser una forma de cálculo.
Me maquillé poco, dejé el cabello suelto y no usé perfume, o eso intenté; al final me puse una gota mínima en la nuca, una concesión ridícula que me hizo sentir más expuesta que si hubiera llegado desnuda.
Nicolás ya estaba en la sala de reuniones.
Eso me molestó.
Estaba de pie junto a la pared de cristal, mirando hacia la sala principal vacía, con una carpeta negra bajo el brazo y la misma calma física que parecía volver innecesarios los muebles.
Bruno estaba sentado a la cabecera de la mesa, revisando algo en su laptop con expresión de quien finge no sentir la tensión que acaba de entrar con una.
—Buenos días —dijo Bruno.
—No empieces —respondí.
Nicolás se volvió hacia mí. —Llegó a tiempo.
—No para usted.
—Para mí, sí.
—Qué alivio.
Bruno cerró la laptop con un golpe suave. —Bien. Antes de que conviertan esto en otro video, vamos a hablar del proyecto.
Nos sentamos; Nicolás frente a mí; Bruno a un lado, como árbitro y cómplice. Sobre la mesa había café, agua, una bandeja con fruta que nadie tocó y varios documentos impresos. Nicolás abrió su carpeta y sacó una serie de fotografías; no dijo nada al principio; las puso frente a mí una por una.
La primera mostraba una casa entre árboles, una estructura larga, oscura, con ventanales altos y techo inclinado, rodeada por una niebla que parecía salir del suelo.
La segunda era un taller enorme, lleno de piezas cubiertas por telas negras, moldes, pantallas, cables, bloques de yeso, tanques de agua y estructuras metálicas.
La tercera mostraba una pared cubierta de notas manuscritas, fotografías antiguas, radiografías, recortes de periódico y pequeñas muestras de materiales: cera, tela, piel sintética, vidrio, ceniza.
La cuarta era una obra inconclusa, una figura humana sin rostro, suspendida boca abajo dentro de una estructura de acero.
No quise admitir que las imágenes me atraparon.
—Mi casa-estudio en Asheville —dijo Nicolás—. Trabajo allí cuando necesito que nadie me mire.
—Curioso —dije—. Para alguien que vive de ser mirado.
—Por eso.
Levanté los ojos hacia él y no encontré defensa en su respuesta, solo cansancio, lo que me hizo bajar la mirada de nuevo hacia las fotos.
—¿Qué quiere hacer? —pregunté.
Nicolás apoyó las manos sobre la mesa, no demasiado cerca de las mías, pero otra vez lo suficiente para que yo notara sus dedos.
—Una exposición sobre las formas en que una persona convierte su imagen en una habitación cerrada.
No una máscara. Una habitación. Algo que la protege, pero también la asfixia.
Bruno no dijo nada; yo tampoco; la frase era buena; demasiado.
—¿Título? —pregunté, buscando refugio en lo técnico.
—Todavía no.
—¿Materiales?
—Video, instalación, escultura blanda, sonido, texto. Algunos archivos familiares. Algunas piezas destruidas.
—¿Destruidas?
—Propias.
—Eso siempre ayuda a construir mito.
Nicolás me sostuvo la mirada. —Por eso necesito a alguien que me diga cuándo estoy haciendo trampa.
—¿Y cree que yo puedo hacerlo?
—Creo que usted no sabe hacer otra cosa.
Bruno intervino antes de que yo respondiera. —La idea sería una residencia corta. Dos semanas en Asheville para revisar el archivo, seleccionar líneas de trabajo, definir estructura. Luego montaje aquí en Miami. Clara, tú no tendrías que comprometerte más allá de esa primera fase.
—¿Dos semanas en su casa? —pregunté.
—Casa-estudio —dijo Nicolás.
—Qué diferencia tan cómoda.
—La diferencia es que allí trabajo.
—¿Y duerme?
—A veces.
Me odié por sentir el golpe leve de esa respuesta en un lugar que no pertenecía al trabajo. Tomé una de las fotografías para ocultar mi reacción. La casa entre árboles; la niebla; las ventanas oscuras. Un lugar donde, pensé, la gente podía escuchar demasiado bien sus propios pensamientos.
—No hago residencias privadas —dije.
—No sería privada —respondió Bruno—. Mara Salvatierra administra la casa. Hay equipo técnico entrando y saliendo. Podríamos enviar a alguien más de la galería.
Nicolás miró a Bruno. —No.
—No era una pregunta —dijo Bruno, aunque sonó menos firme de lo habitual.
—No quiero un comité en mi estudio.
—Pero quieres a Clara —dije.
Nicolás volvió a mirarme. —Sí.
La respuesta fue tan directa que por un momento no supe qué hacer con ella.
No sonrió, no la suavizó, no añadió “como curadora”, aunque esa era la lectura evidente y profesional.
Dejó la palabra allí, limpia, pesada, peligrosamente abierta.
Sentí que Bruno se movía en su silla. Yo no aparté la mirada.
—No estoy disponible para alimentar fantasías de autenticidad —dije al fin.
—Yo tampoco para que usen mi obra como altar de un muerto.
El silencio fue brutal.
Bruno dijo: —Nicolás.
Pero Nicolás no se disculpó. Yo sentí que la sangre me subía al rostro, caliente, feroz. Me puse de pie despacio, porque si lo hacía rápido temía perder la compostura. —La reunión terminó.
—Siéntese —dijo Nicolás.
La orden fue baja, no violenta, pero tan firme que me detuve antes de poder evitarlo. Me odié por detenerme. Lo miré con una rabia que casi me hizo temblar.
—No me dé órdenes.
—Entonces no huya cada vez que alguien toca una verdad que usted no quiere mirar.
—Nicolás, basta —dijo Bruno.
—No —dijo él, sin quitarme los ojos de encima—.
Quiere trabajar conmigo porque sabe que tengo razón y quiere rechazarme porque también lo sabe.
Quiere usar a Tomás como argumento, como escudo, como pedestal y como excusa, pero no quiere que nadie nombre eso en voz alta. Yo no voy a fingir que no lo veo.
Me acerqué a la mesa y apoyé las manos sobre la superficie fría. —Usted no ve nada. Usted convierte cualquier cosa en material. Esa es su enfermedad. Mira una herida y calcula cómo iluminarla.
—Y usted mira una herida y le construye una capilla.
La mano me ardió otra vez; no lo golpeé. Nos quedamos frente a frente, respirando con una intensidad absurda para una sala de reuniones a las once de la mañana.
Bruno se levantó. —Voy a traer más café.
—Qué cobarde —dije, sin apartar la vista de Nicolás.
—Totalmente —respondió Bruno, y salió.
La puerta se cerró.
Quedamos solos.
La sala, de pronto, pareció demasiado transparente por las paredes de cristal y demasiado cerrada por dentro. Afuera, la galería estaba vacía; una asistente cruzó el pasillo con una carpeta y fingió no mirar. Nicolás permanecía sentado, pero la silla no disminuía su presencia. Yo seguía de pie.
—No vuelva a hablar de Tomás así —dije.
—Entonces no lo traiga a cada frase que usa para defenderse de mí.
—No me defiendo de usted.
—Clara.
Mi nombre, otra vez; bajo; casi paciente. Quise que dejara de decirlo así, pero no encontré una forma de pedirlo que no sonara a confesión.
—Usted no me importa —dije.
Nicolás se levantó entonces, despacio, sin apartar la mirada, y la diferencia de altura, el movimiento de su cuerpo, la forma en que la luz atravesaba el cristal detrás de él, hicieron que la sala se volviera otra cosa.
Al principio no se acercó demasiado; solo rodeó la mesa hasta quedar del mismo lado que yo.
—Eso es mentira —dijo.
—Aléjese.
Se detuvo; esa obediencia inmediata me descolocó más que si hubiera avanzado.
—¿Así está bien?
La distancia entre nosotros era correcta, profesional, inocente para cualquiera que nos viera desde afuera. Y aun así yo sentía la piel demasiado despierta, como si cada centímetro de aire entre ambos estuviera cargado con una corriente invisible.
—No juegue conmigo —dije.
—No estoy jugando.
—Todo en usted es juego.
—No, Clara. Todo en mí es control. El juego es lo que hago para que la gente no lo note.