Capítulo dos — La noche #2
“Bruno.”
Maldito Bruno.
Escribí: “No vuelva a usarlo.”
Esta vez tardó un poco más.
“¿Prefiere que use el intercomunicador?”
Miré hacia la entrada del apartamento antes de poder evitarlo. El gesto me enfureció. No porque creyera que Nicolás estuviera abajo, sino porque la posibilidad había tocado una parte del cuerpo antes que la razón. Escribí: “Prefiero que no use nada.”
“Eso no fue lo que dijo tu mano anoche.”
Sentí que el corazón me golpeaba en el pecho, no con miedo exactamente, sino con esa mezcla de ira y electricidad que él parecía saber provocar incluso desde una pantalla.
Cerré la conversación, bloqueé el teléfono y dejé el aparato boca abajo sobre la mesa.
Luego volví a bloquearlo. Esa secuencia ridícula me bastó para entender que Nicolás ya había conseguido algo: sacarme del papel de mujer superior, convertirme en una persona absurda, reactiva, viva de una manera que me incomodaba.
Me di una ducha larga, no por necesidad sino por deseo de borrarme la piel del día.
El agua caliente me relajó los hombros y al mismo tiempo me dejó más vulnerable, como si el vapor, al llenar el baño, hubiera abierto un pequeño cuarto dentro de mi cabeza donde las imágenes podían aparecer sin permiso: Nicolás en la galería, Nicolás en el restaurante, Nicolás en el auto, Nicolás esperando abajo, Nicolás escribiendo desde un número que ya no podía alcanzarme porque yo lo había bloqueado como una adolescente ofendida.
Me apoyé contra la pared de azulejos y dejé que el agua me cayera sobre la nuca, intentando pensar en Tomás, invocarlo como quien enciende una vela contra una presencia indeseada.
Pero Tomás no vino como consuelo.
Vino como una habitación.
Lo recordé en el baño de nuestro antiguo apartamento, sentado en el borde de la tina, hablándome de una beca que no obtuvo, de una crítica que no entendió su trabajo, de un coleccionista que compró a otro artista menos “riguroso”.
Recordé mis manos secándole el cabello con una toalla porque él se había quedado demasiado quieto bajo la ducha, vencido por una tristeza que entonces me parecía profunda y ahora, solo por un segundo cruel, me pareció cómoda.
Recordé mi voz diciéndole que no importaba, que su obra resistiría, que el mercado era una vulgaridad.
Recordé que esa noche yo quería hablarle de un proyecto propio, una curaduría que me habían ofrecido en Chicago, pero no lo hice, porque él estaba demasiado frágil y yo había aprendido a colocar mi vida alrededor de su fragilidad como se colocan almohadas alrededor de un objeto que puede romperse.
Cerré la llave del agua con brusquedad.
No quería pensar así de Tomás ni tenía derecho; o tal vez sí tenía derecho y eso era lo que me aterraba.
Al salir del baño, envuelta en una bata, encontré tres llamadas perdidas de Bruno y un correo suyo con el asunto: “REUNIÓN MARTES 11 AM — NO ME ODIAS TANTO”. Lo abrí. Era una invitación de calendario para una reunión en la galería con él y Nicolás. No preguntaba. Agendaba. Bruno en estado puro.
No respondí.
A las diez de la noche, cuando ya había decidido no cenar y fingir que el café era alimento suficiente, el intercomunicador sonó.
Me quedé inmóvil.
Sonó de nuevo.
Pensé en no contestar. Luego pensé en el mensaje de Nicolás, en su pregunta insolente, en mi propia respuesta, en la posibilidad demasiado teatral de que realmente estuviera abajo, usando el intercomunicador porque yo le había prohibido usar el teléfono.
Me acerqué despacio al aparato de la pared, con la bata cerrada y el cabello todavía húmedo, y apreté el botón.
—¿Sí?
La voz del guardia sonó distorsionada. —Señorita Ferrer, tiene una entrega.
—No pedí nada.
—Dice que es de parte de la galería.
Miré hacia la sala, hacia las obras cubiertas de Tomás, hacia mi teléfono boca abajo. —Déjela abajo.
—El mensajero dice que necesita firma.
—Dígale que no estoy.
Hubo una pausa, voces lejanas, un murmullo. Luego el guardia volvió. —Dice que entonces la esperará.
Cerré los ojos. Fui hasta el dormitorio, me puse unos pantalones anchos y una camisa negra, me até el cabello como pude y bajé con la rabia suficiente para no admitir que debajo de esa rabia había algo más ansioso.
Nicolás no estaba en el lobby.
El mensajero era un hombre joven, con casco de motocicleta bajo el brazo y una caja rectangular envuelta en papel negro mate.
Solo mi nombre escrito a mano con tinta blanca: Clara Ferrer.
Tampoco podía saber si era de Nicolás, pero supe que era de él porque el paquete tenía la misma arrogancia contenida que sus silencios.
Lo abrí con un cuchillo de cocina, más brusca de lo necesario.
Dentro había un catálogo de la exposición, pero no uno de los que se entregaban al público.
Era una prueba de impresión, con anotaciones manuscritas en los márgenes, correcciones de color, flechas, palabras tachadas, preguntas sobre el orden de las piezas.
Entre las páginas, marcada con una cinta negra, había una reproducción del dibujo que yo había visto en la galería, la mujer de espaldas, la cabeza girada, la frase debajo: la piel recuerda antes que la memoria .
Sobre esa página, Nicolás había escrito una línea:
“Usted miró este dibujo más tiempo que cualquier otra pieza.”
Sentí una vergüenza absurda, como si me hubiera visto desnuda en una acción mínima, en una mirada que yo ni siquiera había registrado como confesión. Luego encontré una tarjeta pequeña, del mismo papel negro que envolvía la caja.
“No es una disculpa. Es una prueba. Martes, 11. No llegue tarde.”
Leí la frase tres veces, cada una con una emoción distinta. La primera, rabia; la segunda, curiosidad; la tercera, algo que no quise reconocer. Dejé el catálogo sobre la mesa, fui al teléfono, desbloqueé el número de Nicolás y escribí antes de poder pensarlo mejor:
“No me da órdenes.”
La respuesta tardó menos de un minuto.
“No. Solo observo cuáles obedeces.”
Apagué el teléfono.
Esa noche dormí mal. Soñé con la sala negra de la exposición, con paneles translúcidos que no proyectaban pieles desconocidas sino fragmentos de mi propio cuerpo ampliados hasta volverse irreconocibles; soñé con Tomás de espaldas, pintando una línea blanca sobre una tela gris mientras Nicolás, detrás de mí, me decía que no todo lo que se oculta desaparece.
Desperté varias veces, sudando, con la sensación de haber oído mi nombre en la sala, y cada vez miré el teléfono esperando, temiendo, deseando que hubiera otro mensaje.
No lo había.
El lunes transcurrió con una calma falsa.
En la galería nadie habló directamente del video, lo cual fue peor que si todos lo hubieran hecho.
Dos asistentes me miraron con una mezcla de admiración y miedo.
Una periodista escribió pidiendo una entrevista conmigo y con Nicolás sobre “los límites entre crítica y colaboración”, como si la maquinaria ya estuviera convirtiendo nuestro choque en narrativa promocional.
Bruno me evitó durante la mañana, seguramente porque sabía que yo estaba construyendo un discurso lleno de veneno para su invitación de calendario, pero a las cuatro entró en mi oficina sin tocar, cerró la puerta y dejó un café sobre mi escritorio.
—Antes de que empieces —dijo—, sí, le di tu número. No, no me arrepiento. Sí, fue poco ético. No, no me importa.
—Te detesto.
—Lo sé.
—No voy a reunirme con él.
—Sí vas.
—No.
Bruno se sentó frente a mí, cruzó las piernas y miró mi oficina con esa cara que ponía cuando estaba a punto de decir una verdad desagradable.
—Clara, te voy a hablar como alguien que te quiere lo suficiente para no respetar todas tus defensas.
Desde que Tomás murió te convertiste en una excelente administradora de su ausencia.
Organizas sus archivos, defiendes su obra, corriges a quien lo malinterpreta, te vistes como si cada inauguración fuera una audiencia privada con su fantasma, pero no estás haciendo nada tuyo.
Nada grande. Nada arriesgado. Nada que pueda fracasar de verdad porque ya fracasaste en lo más importante, o eso crees.
La garganta se me cerró. —No tienes derecho.
—Probablemente no. Pero alguien tiene que decirlo.
—¿Y Nicolás Aranda es mi salvación profesional? Qué vulgar.
—No. Nicolás Aranda es un problema interesante, que es más de lo que te has permitido en un año.
Me levanté de la silla porque sentada me sentía demasiado vulnerable. Caminé hacia la ventana de mi oficina, desde donde se veía una pared lateral de la galería cubierta de sombra y un pedazo de cielo sin belleza. —¿Qué quiere exactamente?
—Una exposición nueva. No otra versión de lo mismo. Quiere retirarse unas semanas a su casa-estudio en Asheville y trabajar desde cero con alguien que no le aplauda todo.
—Qué romántico. Me odia y me necesita.
—No te odia.
—No me conoce.
—Precisamente.
Me volví hacia Bruno. —¿Y por qué yo?
—Porque anoche dijiste en público lo que él teme en privado.
Ese argumento fue el primero que no pude rechazar de inmediato.
Bruno lo notó y siguió. —Nicolás sabe que su obra corre el riesgo de convertirse en marca.
Lo sabe mejor que tú. Y sabe que la gente que lo rodea tiene demasiados incentivos para no decírselo.
Tú, en cambio, tienes el defecto opuesto: a veces dices la verdad incluso cuando sería mejor callarte. Para este proyecto, eso puede servir.
—No quiero ser instrumento de su crisis de legitimidad.
—Entonces sé instrumento de tu propia ambición.
La palabra ambición sonó extraña dentro de mi oficina, casi indecente.
Durante años había permitido que la ambición de Tomás ocupara el centro de nuestra vida, no porque él me lo exigiera siempre de forma explícita, sino porque su fragilidad, su talento y su manera de sufrir cualquier rechazo convertían mis deseos en algo secundario, inoportuno, casi cruel.
Después de su muerte, mi ambición había quedado mal vista incluso para mí, como si querer algo propio fuera una forma de infidelidad tardía.