Nunca de nadie Capítulo dos — La noche
5%

Capítulo dos — La noche

CAPÍTULO DOS

LA NOCHE

A la mañana siguiente desperté con una resaca leve, no lo bastante fuerte para justificar mi mal humor, pero sí suficiente para que la luz que entraba por las cortinas me pareciera una agresión personal y el recuerdo de la noche anterior se me presentara por partes, desordenado, como si alguien hubiera roto una copa dentro de mi cabeza y yo tuviera que recoger los fragmentos sin cortarme: la galería blanca, las manos suspendidas, la voz de Nicolás diciendo mi nombre sin permiso, mi frase sobre el dolor diseñado para venderse bien en video vertical, la cena en Coconut Grove, el auto negro, la bofetada, la espera frente al edificio, la tarjeta de Tomás guardada en un cajón como si el simple acto de no mirarla pudiera modificar algo esencial en mí.

Me quedé inmóvil en la cama, con una mano sobre el vientre y la otra cubriéndome los ojos, intentando decidir si lo que sentía era culpa, vergüenza, rabia o una mezcla más incómoda de las tres, porque la culpa habría sido casi noble, la vergüenza habría sido manejable, la rabia me habría dado energía, pero lo que tenía adentro era otra cosa: una especie de temblor retardado, una conciencia física de la noche anterior que no dependía de ningún hecho concreto, al menos no de uno que yo pudiera nombrar sin sentirme ridícula.

Y aun así mi cuerpo recordaba su cercanía en el auto con una precisión que me parecía obscena, como si la distancia entre su mano y la mía hubiera sido una forma de contacto, como si su silencio frente al edificio hubiera dejado una marca más persistente que cualquier gesto.

Me levanté despacio, con la boca seca y el cabello pegado al cuello, y caminé hacia la cocina sin encender las luces, aunque ya era de día y la ciudad se filtraba por los ventanales con su claridad sucia de domingo.

El apartamento seguía exactamente igual que la noche anterior, y esa continuidad me irritó, porque una parte de mí esperaba encontrar alguna señal externa de que algo se había desplazado: una silla fuera de lugar, un cuadro torcido, una grieta en la pared, cualquier indicio material de que la noche había entrado conmigo y no se había quedado afuera, debajo del edificio, dentro de un auto negro que ya no estaba.

Preparé café con torpeza, derramando un poco de agua sobre la encimera, y mientras la máquina hacía su ruido doméstico, casi obsceno en su normalidad, miré hacia la sala, hacia las telas que cubrían algunas obras de Tomás.

Durante meses había pensado que cubrirlas era un acto de cuidado, una forma de protegerlas del polvo, del sol, de mis propias visitas intermitentes al dolor, pero esa mañana se parecían menos a obras guardadas que a cadáveres discretamente tapados.

Me odié por pensarlo. Luego me odié por no poder dejar de pensarlo.

El teléfono, que había dejado cargando sobre la mesa, vibró con varios mensajes acumulados.

Había dos de Bruno, uno de una periodista que seguramente quería confirmar una cita mía sobre la exposición, tres correos de la galería y una notificación de Instagram que no abrí.

Bruno había escrito primero: “¿Estás viva?”.

Diez minutos después: “No respondas todavía si estás preparando una disculpa brillante, pero responde si planeas fingir demencia”.

Y luego, casi a las nueve: “Necesito hablar contigo antes de que veas redes”.

Eso último bastó para despertarme del todo.

Abrí Instagram contra mi mejor juicio, con esa mezcla de desprecio y obediencia que las redes saben provocar incluso en quienes presumen de no necesitarlas, y encontré en menos de veinte segundos el video.

No era largo. Quizá quince segundos. Bastaba.

Alguien, seguramente desde el otro extremo de la mesa o desde la entrada de la galería, había grabado mi comentario a Nicolás: “consigue que incluso el dolor parezca diseñado para venderse bien en video vertical”.

La frase aparecía subtitulada en letras blancas, demasiado grandes, con mi rostro de perfil, pálido, el cuello erguido, la copa en la mano, y Nicolás frente a mí, quieto, oscuro, recibiendo el golpe sin regalarle al público una reacción fácil.

El video ya tenía miles de reproducciones, no una viralidad monstruosa, no todavía, pero sí suficiente para que varias cuentas culturales lo hubieran compartido con comentarios complacidos, indignados o hambrientos.

“Curadora destruye a Nicolás Aranda en su propia inauguración”.

“¿Crítica necesaria o resentimiento elitista?”.

“Cuando la viuda de Tomás Vidal decide hablar”.

Ese último comentario me hizo cerrar la aplicación con tanta fuerza que el teléfono resbaló de mi mano y cayó sobre la mesa.

La viuda; otra vez; siempre. Como si mi nombre necesitara esa escolta fúnebre para ser legible.

Como si la muerte de Tomás hubiera sido una credencial profesional, una mancha, un título nobiliario y una condena en la misma frase.

Llamé a Bruno antes de que él pudiera llamarme.

—Ya lo viste —dijo, sin saludar.

—Buenos días a ti también.

—Clara.

—No es tan grave.

—No, claro, no es grave, solo estás circulando como la curadora que llamó oportunista al artista más rentable de nuestra temporada, en una inauguración donde trabajas, delante de compradores, periodistas y el propio artista.

—No lo llamé oportunista.

—Lo insinuaste con más estilo, que es peor, porque ahora todos quieren repetirlo.

Me serví café y bebí demasiado rápido. Me quemé la lengua. —Él pidió mi opinión.

—Y tú decidiste entregársela como si estuvieras ajusticiando a un criminal de guerra.

—No seas dramático.

—No me obligues a ser amable.

Guardé silencio. Bruno suspiró al otro lado, y su cansancio me pareció por un momento más sincero que su enojo. —La exposición vendió dos piezas más después del video —dijo.

—Entonces deberías darme comisión.

—No me tientes a colgarte.

—¿Nicolás se quejó?

—No.

Eso me molestó más de lo razonable. —¿No?

—No. De hecho, cuando alguien le preguntó si quería que intentáramos bajar el video, dijo que no.

—Qué generoso.

—Dijo que una crítica que incomoda es mejor que un elogio que no toca nada.

Me quedé con la taza suspendida frente a la boca.

Si se hubiera ofendido, si hubiera pedido mi cabeza, si hubiera actuado como el niño rico de la atención que yo había decidido que era, todo habría sido más fácil.

Nicolás había elegido devolverme no una agresión, sino una frase útil, incluso noble, y esa nobleza estratégica me parecía otra forma de vanidad.

—Está usando esto a su favor —dije.

—Por supuesto. No es idiota. Te lo advertí.

—¿Para eso llamaste?

—Llamé porque hay algo más.

Cerré los ojos. —No.

—Ni siquiera sabes qué voy a decir.

—Pero ya sé que no me va a gustar.

Bruno hizo una pausa breve, de esas que usaba cuando estaba a punto de convertir una mala noticia en oportunidad profesional. —Nicolás quiere reunirse contigo esta semana.

—¿Para qué?

—Para hablar del proyecto nuevo.

Me reí, pero la risa salió sin fuerza. —No.

—Clara.

—No.

—Te pidió específicamente.

—Me pidió porque quiere ganar la escena siguiente. Es teatro.

—Todo es teatro, Clara. La diferencia es quién sabe usar el escenario.

Dejé la taza sobre la mesa. La frase me irritó porque era cierta, y porque yo, que siempre había despreciado el espectáculo, acababa de convertirme en parte de uno sin haber cobrado entrada. —No voy a trabajar con Nicolás Aranda.

—Nadie te está pidiendo que firmes un contrato hoy. Solo que te reúnas.

—No.

—Te conviene.

—No todo lo que conviene debe hacerse.

—Eso suena muy bonito en un catálogo de Tomás, pero en la vida real la gente paga renta, construye carrera y decide si quiere seguir siendo un apéndice de un muerto o recuperar su propio nombre.

La frase cayó tan brutalmente que por un segundo no respiré. Bruno tampoco dijo nada. Tal vez había ido demasiado lejos y lo sabía, pero no se disculpó, lo cual, de algún modo, hizo que doliera menos; una disculpa habría fingido que no quiso decir lo que dijo.

—No vuelvas a hablarme así —dije con voz baja.

—Entonces vuelve a actuar como alguien que quiere vivir.

Colgué.

Me quedé de pie en medio de la cocina, con el teléfono en la mano y la respiración alterada, odiando a Bruno, odiando a Nicolás, odiando el video, odiando las redes, odiando la luz que entraba por las ventanas y, sobre todo, odiando esa pequeña zona de mí que había sentido algo parecido a alivio cuando Bruno dijo que Nicolás quería verme.

Como si una puerta que yo no quería abrir hubiera vuelto a llamar desde el otro lado.

Durante el resto del día intenté trabajar, pero trabajé mal.

Revisé textos de sala, respondí correos, corregí una ficha técnica donde alguien había escrito “látex orgánico” como si semejante cosa existiera, envié observaciones sobre iluminación para una muestra menor que inauguraríamos en dos semanas, y aun así mi atención se escapaba una y otra vez hacia el video, hacia los comentarios, hacia la posibilidad de que Nicolás lo hubiera visto más de una vez.

Me pregunté si habría sonreído. Me pregunté si le habría molestado de verdad. Me pregunté por qué me importaba.

A media tarde, mientras intentaba almorzar una ensalada que sabía a castigo, recibí un mensaje de un número desconocido.

“No sabía que golpeabas con la mano izquierda.”

No había firma, pero no hacía falta. Miré mi mano, la misma que la noche anterior había cruzado el aire dentro del auto, y sentí un calor súbito en el rostro.

No respondí.

El teléfono vibró de nuevo.

“Eso explica la precisión. La derecha la reservas para frases peores.”

Solté el teléfono sobre la mesa como si se hubiera calentado.

Responder era abrir una línea directa entre su voz y mi apartamento, y yo ya había cometido suficientes errores en menos de veinticuatro horas.

Pero la no respuesta también era una respuesta, y Nicolás parecía el tipo de hombre capaz de escuchar incluso los silencios que una quería usar como muro.

Finalmente escribí:

“¿Cómo tiene mi número?”

La respuesta llegó casi de inmediato.