Nunca de nadie Capítulo uno — La inauguración #5
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Capítulo uno — La inauguración #5

—Porque convierte cosas íntimas en espectáculo.

—No. Eso le molesta del mundo. De mí le molesta otra cosa.

—¿Y según usted qué es?

Nicolás bajó la mirada un instante, no hacia mi cuerpo exactamente, sino hacia el espacio entre los dos, hacia esa distancia cargada que se había vuelto una presencia propia dentro del auto. —Que no pudo descartarme tan fácil como quería.

Sentí calor en la cara. —Se equivoca.

—Tal vez.

—No me interesa usted, Nicolás.

—No he dicho que le interese.

—Entonces deje de hablar como si estuviera dentro de mi cabeza.

Él se inclinó apenas hacia mí, no mucho, no lo suficiente para tocarme, pero sí para cambiar la proporción del aire. Olía a tabaco suave, vino y noche húmeda. —No estoy en su cabeza, Clara. Estoy en el asiento de al lado. Usted está haciendo el resto sola.

Le di una bofetada.

No fue fuerte, sino más una reacción que una agresión, un golpe breve, sonoro, nacido de una mezcla insoportable de rabia, vergüenza y miedo a que tuviera razón.

Luego giró lentamente el rostro hacia mí.

La marca de mis dedos no se veía todavía, pero yo la sentí en mi propia mano, una quemadura ligera en la palma.

Esperé que se enfureciera. Esperé una frase cruel, una respuesta, un gesto que me devolviera una versión clara de él. En cambio, Nicolás se quedó mirándome con una calma tan oscura que el corazón empezó a golpearme más rápido.

—Bájese si quiere —dijo.

Eso fue todo.

Y entonces no pude moverme.

Porque si me bajaba, si abría la puerta y caminaba hasta mi edificio, podía conservar una versión de mí misma: la viuda digna, la curadora ofendida, la mujer que había rechazado a un hombre arrogante después de una noche desagradable.

Pero si me quedaba, si permanecía allí un segundo más, tendría que aceptar que la bofetada no había cortado la tensión, sino que la había vuelto más visible, más sucia, más difícil de negar.

—Lo detesto —dije.

Nicolás no sonrió. —Eso sí lo creo.

—No sabe cuánto.

—No. Pero puedo imaginarlo.

El silencio volvió, más espeso. Afuera pasó un auto con música alta, una ráfaga de bajo y voces distorsionadas que se perdió en la avenida. Dentro, el aire acondicionado me rozó los brazos desnudos y me hizo notar que estaba temblando, apenas, pero lo suficiente para que él también lo viera.

—Lléveme a casa —dije al fin.

Nicolás sostuvo mi mirada un segundo más, luego volvió a poner el auto en marcha.

No dijo nada durante las cuadras restantes, y yo tampoco, aunque mi cabeza estaba llena de frases, de insultos, de advertencias, de recuerdos de Tomás, de imágenes de la exposición, de piel ampliada hasta volverse paisaje, de cuerpos convertidos en obra, de la frase escrita bajo aquel dibujo: la piel recuerda antes que la memoria.

Cuando llegamos a mi edificio, la entrada estaba casi vacía. Un guardia medio dormido miraba algo en una pantalla. La luz del lobby era demasiado blanca. Nicolás apagó el motor, pero no hizo ademán de bajar.

—Aquí es —dije, como si él no lo supiera por el GPS.

—Lo sé.

—Gracias.

—No me dé las gracias con esa voz.

—¿Con qué voz?

—Como si acabara de perder una batalla.

Me reí, pero la risa se quebró un poco. —Usted necesita que todo sea una guerra.

—No. Usted sí.

Abrí la puerta con demasiada fuerza. El aire húmedo de la calle entró al auto y me golpeó la cara. Bajé sin despedirme, pero antes de cerrar, Nicolás dijo mi nombre. Me detuve, la mano todavía en la puerta.

—Clara.

No respondí.

—La próxima vez que quiera herirme, hágalo mejor. Hoy casi lo logra.

Cerré la puerta.

Subí a mi apartamento sin mirar atrás, aunque sentí el auto detenido junto a la acera hasta que crucé el lobby y entré al ascensor. En el espejo del ascensor vi mi rostro pálido, los labios más rojos por el vino, los ojos demasiado abiertos; solo había pospuesto la caída.

Al entrar en mi apartamento, el silencio me recibió con su disciplina habitual.

Demasiado en orden. Las obras de Tomás seguían apoyadas contra la pared del pasillo, cubiertas con telas claras.

Su taza favorita seguía en la repisa alta de la cocina, limpia, inútil.

Sus libros ocupaban media sala. Su olor ya no estaba, por supuesto, pero yo lo inventaba algunas noches con tanta precisión que casi podía volver a sentirlo: trementina, café frío, papel viejo, cansancio.

Dejé el bolso sobre la mesa y saqué la tarjeta de su exposición. La miré durante largo rato. Luego miré mi mano, la misma con la que había golpeado a Nicolás. Me ardía todavía.

No lloré; habría sido más fácil si lo hubiera hecho.

En cambio, fui hasta la ventana y aparté apenas la cortina.

Abajo, el auto negro de Nicolás seguía detenido frente al edificio.

No pude verle el rostro, solo la forma oscura del vehículo bajo la luz de la calle.

Durante unos segundos pensé que bajaría, que entraría, que llamaría al intercomunicador, que haría cualquier cosa que me permitiera odiarlo con más comodidad.

No hizo nada.

Esperó.

Y esa espera, inmóvil, silenciosa, insoportablemente paciente, me pareció más íntima que un beso.

Cuando por fin el auto se marchó, me quedé mirando la calle vacía hasta que los ojos me ardieron.

Después volví hacia la sala, tomé la tarjeta de Tomás y la dejé dentro de un cajón que casi nunca abría; no fue un gesto heroico ni definitivo, pues me repetí que no significaba nada y que solo estaba ordenando.

Pero esa noche, por primera vez desde su muerte, dormí sin dejar una luz encendida para él.