Nunca de nadie Capítulo uno — La inauguración #4
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Capítulo uno — La inauguración #4

Hubiera preferido que me insultara. Hubiera preferido arrogancia, vulgaridad, una frase de macho herido, cualquier cosa que me permitiera odiarlo sin fisuras. En cambio, dijo eso, y lo dijo no como una conquista, sino como una observación.

—Qué suerte la mía —murmuré.

La periodista intentó intervenir con una pregunta ligera sobre futuras exposiciones, Bruno aprovechó para cambiar el tema y durante unos minutos el peligro pareció disolverse.

Pero yo ya no escuchaba. Sentía el vino en la sangre, el calor húmedo de la noche bajo el vestido, la mirada de Nicolás apareciendo y desapareciendo entre las voces, y una indignación difícil de separar de la conciencia de mi propio cuerpo.

Hacía un año que Tomás había muerto. Hacía más de un año, en realidad, que yo vivía como si mi piel hubiera sido clausurada junto con su estudio.

No quería pensar en eso, y menos aún allí, frente a Nicolás Aranda.

La cena terminó cerca de medianoche. Algunos pidieron autos, otros se quedaron hablando en la entrada del restaurante, y yo salí con una sensación de mareo leve, no exactamente por el vino, sino por la tensión acumulada.

Me aparté unos pasos del grupo para buscar el teléfono en el bolso, con la intención de pedir un carro y desaparecer antes de que Bruno me obligara a despedirme de todo el mundo con amabilidad.

No encontré el teléfono de inmediato. En su lugar encontré una vieja tarjeta doblada de una exposición de Tomás, una de las últimas, que no sabía que seguía en ese bolso.

La saqué sin querer. En la imagen aparecía una de sus telas grises, casi vacía, atravesada por una línea blanca muy fina.

Recordé la noche de esa inauguración, el silencio de la sala, la forma en que Tomás me había apretado la mano al ver que solo habían llegado quince personas.

“No importa”, me había dicho después, en el auto, aunque sí importaba, claro que importaba, pero él necesitaba que yo fingiera que no, y yo lo hice, porque en ese entonces mi amor consistía en sostener su fragilidad como si fuera una obra más importante que mi cansancio.

Guardé la tarjeta con rabia, como si ella tuviera la culpa de haber sobrevivido en mi bolso.

—¿Está bien? —preguntó una voz detrás de mí.

No necesitaba girarme para saber quién era.

—Perfectamente.

—No parece.

Me volví. Nicolás estaba a poca distancia, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, la camisa un poco más abierta que al principio de la noche, el rostro menos público, menos dispuesto a ser fotografiado.

Bajo la luz amarillenta de la entrada del restaurante parecía más oscuro, no en un sentido melodramático, sino físico, como si la noche le perteneciera mejor que la galería.

—Tiene una idea muy insistente de cómo debo parecer —dije.

—Y usted una necesidad bastante agresiva de no parecer nada.

El comentario me molestó porque llegó demasiado cerca. Miré hacia el grupo. Bruno estaba hablando con una coleccionista, pero nos observaba de reojo con expresión de hombre que ve venir un accidente y decide, por cansancio o curiosidad, no impedirlo.

—Voy a pedir un carro —dije.

—Yo puedo llevarla.

Me reí, aunque la risa salió seca. —No.

—No era una orden.

—Sonó como una mala idea.

Nicolás me miró en silencio, y por primera vez en la noche su expresión no tuvo filo ni humor. —Ha bebido.

—No tanto.

—Lo suficiente para estar pálida.

—Soy pálida.

—Más.

No sé por qué esa observación, simple, casi práctica, me desarmó más que sus provocaciones anteriores.

Tal vez porque el cansancio se me vino encima de golpe, o porque la tarjeta de Tomás seguía dentro del bolso como una pequeña lápida de papel.

Miré mi teléfono por fin, pero la pantalla estaba muerta, sin batería; ridículo, pensé; la clase de detalle menor que en una novela barata precipita una tragedia.

—Pediré uno desde el teléfono de Bruno —dije.

—Bruno está ocupado vendiendo una pieza de setecientos mil dólares.

—Entonces esperaré.

—Clara.

Dijo mi nombre de una manera que me obligó a mirarlo: no sonó dulce ni suplicante, sino casi correctivo. Sentí una punzada de fastidio y, debajo, otra cosa que no quise nombrar.

—No me hable como si me conociera.

—No la conozco. Pero sé que si se queda aquí diez minutos más va a decir algo de lo que mañana tendrá que fingir que no se arrepiente.

—¿Y usted va a salvarme de mí misma?

—No. Solo voy hacia Brickell y puedo dejarla de camino.

—Vivo en Edgewater.

—También queda de camino si uno no tiene prisa.

Debí decirle que no otra vez. Debí volver con Bruno, pedirle el teléfono, esperar un carro, soportar la incomodidad.

Pero la idea de quedarme allí, bajo las luces cálidas, con la tarjeta de Tomás en el bolso, con Bruno vigilándome, con Nicolás mirándome como si pudiera ver demasiado, me resultó de pronto intolerable.

Además, había en mí una voluntad oscura, una estupidez despierta, una necesidad de seguir esa conversación hasta una zona donde quizá pudiera recuperar el control hiriéndolo mejor.

—Cinco minutos —dije.

—El tráfico decidirá eso.

—Qué poético.

—No era mi intención.

Caminamos hacia su auto sin despedirnos de nadie.

Yo iba demasiado consciente del sonido de mis tacones sobre el pavimento, del calor nocturno, del olor tenue de Nicolás a tabaco, metal y algo más limpio, casi amargo.

Me abrió la puerta del copiloto sin teatralidad.

Yo habría preferido algún gesto excesivo para poder burlarme de él.

El interior olía a cuero oscuro y madera.

La ciudad entró con nosotros a través del parabrisas: luces rojas, avenidas húmedas, palmeras agitadas por un viento débil, pantallas publicitarias donde rostros perfectos vendían perfumes, condominios, cirugías, futuros.

Nicolás condujo sin poner música. El silencio fue inmediato y demasiado grande.

—Puede decirlo —dijo después de un rato.

—¿Qué?

—Que no le gusta mi auto.

Miré por la ventana. —No conozco lo suficiente su auto para despreciarlo.

—Conmovedora prudencia.

—La reservo para objetos, no para personas.

Él soltó una risa baja. —Eso ya lo noté.

Pasamos junto a una fila de bares abiertos, cuerpos en las aceras, luces violetas y azules, una pareja discutiendo junto a una motocicleta.

Miami de noche tenía esa belleza turbia de las cosas que no piden absolución.

Pensé en mi apartamento, en las obras de Tomás todavía apoyadas contra una pared porque no había tenido valor de guardarlas ni de colgarlas todas, en la cama demasiado grande para una sola persona, en el silencio ordenado que me esperaba. Sentí un cansancio feroz.

—No debió mencionar a Tomás —dije, sin mirarlo.

Nicolás mantuvo la vista en la calle. —Usted lo menciona incluso cuando no dice su nombre.

La frase me atravesó con una precisión tan grande que durante unos segundos no encontré respuesta. Luego dije: —Habla como si la muerte fuera una pose.

—No. Hablo como si algunos muertos siguieran ocupando más espacio que los vivos.

Me volví hacia él. —No sabe nada de mi matrimonio.

—No he dicho que sepa.

—Entonces cállese.

Él no respondió de inmediato. El auto avanzó por una avenida casi vacía, bajo semáforos que teñían su rostro de rojo y luego de verde, como si la ciudad lo estuviera examinando por partes.

—Tiene razón —dijo al fin—. No sé nada de su matrimonio.

Solo sé que cada vez que alguien pronuncia el nombre de Tomás Vidal usted se pone a defender una iglesia.

—Qué frase tan útil para alguien que vende altares.

—Yo vendo cuerpos. Los altares salen gratis.

Lo miré con rabia; él no sonreía; eso hizo que la frase fuera peor.

—¿Siempre habla así?

—¿Cómo?

—Como si quisiera entrar en lugares donde nadie lo invitó.

Nicolás giró hacia una calle más oscura, bordeada por edificios altos cuyas ventanas encendidas parecían ojos suspendidos. —No, Clara. Normalmente espero a que me abran.

No sé qué cambió en el aire, pero algo cambió; sentí que el interior del auto se volvía más pequeño. Me acomodé en el asiento, crucé las piernas, luego las descrucé, molesta conmigo misma por ser consciente de cada movimiento.

—No voy a abrirle nada —dije.

—No se lo pedí.

—Pero lo insinúa.

—Usted escucha insinuaciones porque quiere oírlas.

—Qué arrogante.

—Qué cansada.

Ese golpe fue distinto; no hiriente; cierto.

Me quedé callada, porque de pronto sentí el agotamiento en la mandíbula, en los hombros, en el centro del pecho, un agotamiento anterior a esa noche, anterior a Nicolás, anterior incluso a la muerte de Tomás.

Un año entero de ser correcta, fuerte, sobria, fiel a una memoria que nadie me había obligado a custodiar con tanta ferocidad salvo yo misma.

Un año entero sin permitir que nada me tocara demasiado.

—Pare aquí —dije.

—Faltan unas cuadras.

—Dije que pare.

Nicolás me miró un segundo, luego puso la direccional y se detuvo junto a la acera, frente a un edificio cerrado donde la luz de un letrero parpadeaba con insistencia enferma. No apagó el motor ni intentó convencerme; esa contención volvió a irritarme.

—Gracias por traerme —dije, buscando el seguro de la puerta.

—No hemos llegado.

—Caminaré.

—No.

Me volví con lentitud. —¿No?

—No es seguro.

—No necesito que me cuide.

—No dije que lo necesitara. Dije que no es seguro.

La diferencia era mínima, pero su forma de decirlo me desarmó y me enfureció al mismo tiempo. —Usted no decide eso.

—No. Usted decide bajarse o no. Yo decido si me quedo esperando hasta que entre en su edificio.

—Qué noble.

—No especialmente.

Nos quedamos mirándonos en el silencio del auto, con el motor vibrando apenas bajo nuestros cuerpos y la ciudad moviéndose afuera como un animal indiferente.

Nicolás tenía una mano en el volante y la otra apoyada sobre la consola, cerca, no demasiado, pero lo bastante para que yo notara sus dedos, las manchas oscuras que aún quedaban junto a las uñas, una pequeña cicatriz en el nudillo.

—¿Por qué le molesta tanto mi obra? —preguntó.

La pregunta no tenía el tono de una provocación. Eso la volvió más peligrosa.