Capítulo uno — La inauguración #3
El silencio que siguió no fue absoluto, porque una inauguración nunca concede silencios verdaderos, pero sí se produjo alrededor de nosotros una contracción perceptible, como si el aire hubiera oído algo inconveniente.
No porque lo hubiera humillado, todavía no, sino porque había tocado una sospecha que él ya cargaba antes de que yo la pronunciara.
—Es una frase bastante buena —dijo al fin.
—Puede usarla para la nota de prensa.
—No, Clara. Algunas cosas pierden fuerza cuando se vuelven públicas.
Debí detenerme ahí. Pero había bebido lo suficiente para sentirme más lúcida de lo que estaba, y la presencia de Nicolás, su forma de no defenderse como yo esperaba, su manera de absorber el golpe sin retroceder, me empujó a querer herirlo mejor.
—Qué curioso que lo diga alguien cuya obra parece construida para que todo se vuelva público.
Nicolás bajó la mirada hacia mi boca, no de una forma abiertamente insolente, pero sí lo bastante lenta para que yo lo notara. Cuando volvió a mirarme a los ojos, sentí una rabia absurda, no porque me hubiera faltado el respeto, sino porque no estaba segura de haber sentido solo rabia.
—No todo lo que se exhibe se muestra —dijo.
La frase me molestó porque era buena. Peor: porque podría haberla dicho Tomás, aunque Tomás la habría dicho con más tristeza y menos cuerpo.
—Eso suena profundo —respondí—. Seguro quedaría bien en una pared.
Nicolás sonrió, y esa sonrisa, ahora sí, tuvo filo. —Y usted quedaría muy bien fingiendo que no la afectó nada de esto.
Bruno se adelantó medio paso, pero antes de que pudiera decir algo una mujer de vestido plateado se acercó a Nicolás con el teléfono en alto, pidiéndole una foto rápida para su canal.
Él no apartó la vista de mí de inmediato; dejó pasar un segundo más, un segundo innecesario, casi privado, y luego se giró hacia la mujer con una amabilidad impecable.
En un instante volvió a ser el artista disponible, el hombre fotografiable, el rostro de la noche.
—Necesito aire —dije.
Bruno me tomó del brazo, no con fuerza, sino con la confianza de quien sabe que a veces me hacía falta que alguien me impidiera continuar. —Necesitas dejar de hablar.
—No es lo mismo.
—Esta noche sí.
Lo seguí hacia una zona lateral de la galería donde el ruido era menos intenso y las obras más pequeñas, estudios preparatorios enmarcados con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad calculada de las instalaciones.
Había dibujos de manos, bocas, cuellos, ojos cerrados; líneas rápidas, manchas, anotaciones casi ilegibles en los márgenes.
Me detuve frente a uno sin querer. Era un dibujo de una mujer de espaldas, con la cabeza ligeramente girada, como si escuchara algo detrás de ella, y en la base de la hoja había una frase escrita a mano: la piel recuerda antes que la memoria .
Sentí un rechazo inmediato, pero no por la obra, sino por mí y por haber querido seguir mirándola.
—Te pasaste —dijo Bruno.
—Él preguntó.
—Y tú respondiste como si estuvieras en un juicio moral.
—Quizá lo estaba.
—No, Clara. Estabas en una inauguración donde trabajas y donde el artista al que acabas de insultar puede elegir con quién hacer su próximo proyecto.
Me volví hacia él. —¿Qué próximo proyecto?
Bruno apretó los labios, y su silencio me dijo que había hablado de más. Eso, en Bruno, era casi un acontecimiento. —Nada cerrado.
—Bruno.
—Nicolás quiere hacer algo distinto después de esta exposición. Menos feria, menos espectáculo, más íntimo. Está buscando una curaduría fuerte, alguien que no le tenga miedo.
—Qué conveniente que yo acabe de demostrar mi valentía insultándolo.
—No confundas valentía con mala educación.
—¿Y pensabas proponérmelo?
—Pensaba hablarlo contigo cuando no estuvieras comportándote como si la memoria de Tomás necesitara guardaespaldas.
La frase me golpeó de una manera que no esperaba.
Miré de nuevo el dibujo, la espalda de la mujer, la frase escrita debajo, y por un instante tuve una imagen absurda de Tomás en nuestro antiguo apartamento, sentado frente a una tela casi vacía, diciéndome que el arte verdadero no debe seducir a nadie, que seducir es una forma de corrupción, que el deseo del público siempre abarata la obra.
Yo había repetido esa idea durante años, como quien repite una oración aprendida.
Ahora, en cambio, frente a las piezas de Nicolás, no estaba segura de si seguía creyéndola o si solo me quedaba cómoda porque me permitía no mirar demasiado de cerca lo que me provocaba rechazo.
—No vuelvas a usar a Tomás para corregirme —dije.
Bruno bajó la voz. —Entonces deja de usarlo tú para corregir al mundo.
No respondí. No tenía una respuesta lo bastante elegante y no quería darle la satisfacción de mi silencio, aunque terminé dándosela de todos modos.
La noche continuó con esa lógica extraña de los eventos sociales donde incluso los momentos incómodos son absorbidos por la música, el alcohol y la necesidad de que todo parezca un éxito.
Bruno volvió con sus compradores, Nicolás siguió recibiendo elogios, yo hice mi trabajo con una eficacia que me resultó casi humillante: saludé a personas, respondí preguntas, hablé de la estructura del recorrido, recomendé a una periodista que observara la relación entre las piezas pequeñas y la instalación central, fingí que mi comentario anterior no se estaba repitiendo ya en algunos grupos con diferentes versiones.
Porque se repetía. Lo noté en las miradas, en las sonrisas apenas contenidas, en la forma en que una curadora mexicana se me acercó para decirme que había sido “valiente”, palabra que en ese contexto significaba imprudente, cruel o útil, según la conveniencia del oyente.
Hacia las diez y media, cuando la galería comenzó a vaciarse de público general y solo quedaron coleccionistas, prensa cercana y miembros del equipo, Bruno anunció que habría una cena privada en un restaurante de Coconut Grove.
Yo quise negarme. De verdad quise. Tenía el cuerpo cansado, la cabeza llena de ruido y una sensación incómoda bajo la piel, como si la obra de Nicolás, sus frases y su mirada me hubieran dejado una película delgada de algo que no lograba quitarme.
Pero Bruno me miró con esa severidad de jefe que no aceptaba una retirada dramática y dijo, en voz baja, que si podía incendiar la sala también podía quedarme a mirar las cenizas.
Así que fui.
El restaurante estaba escondido detrás de una fachada de madera oscura y vegetación excesiva, con mesas al aire libre bajo luces cálidas que colgaban de los árboles como frutas enfermas.
Éramos doce, quizá catorce personas: Bruno, dos coleccionistas, una periodista, un crítico, representantes de una fundación, tres personas del equipo de Nicolás, Nicolás y yo.
Me sentaron frente a él, por supuesto, porque el destino, los galeristas y los meseros suelen compartir una misma crueldad práctica.
Durante la primera media hora me comporté.
Hablé poco, bebí más de lo recomendable y dejé que otros ocuparan el espacio.
Nicolás tampoco me provocó. Respondió preguntas sobre la exposición con una sobriedad que me irritó, porque no usó el lenguaje vacío que yo esperaba, sino frases concretas sobre materiales, procesos, imágenes de archivo, una infancia marcada por hospitales y salas de espera que mencionó sin explicar demasiado, y la necesidad de pensar el cuerpo no como objeto de deseo sino como lugar de vigilancia.
El crítico le preguntó si su obra no corría el riesgo de erotizar el dolor, y Nicolás respondió que todo arte que se acerca al cuerpo corre ese riesgo, pero que el verdadero problema no era el riesgo sino la cobardía de fingir que el cuerpo puede ser pensado sin deseo.
Sentí que esa frase me rozaba directamente.
Bebí otro sorbo de vino.
La periodista quiso saber si Carne pública estaba pensada para redes, dado que varias piezas ya se habían vuelto virales antes de la apertura.
Nicolás apoyó los antebrazos sobre la mesa y dijo que en 2025 ninguna obra existía fuera de la posibilidad de ser registrada, compartida y deformada por una pantalla, y que negar esa circulación le parecía una nostalgia inútil.
“Lo que me interesa”, añadió, “es qué parte de nosotros se pierde cuando intentamos controlar la imagen que otros se llevan de nuestro cuerpo”.
Varios asintieron. Yo también habría asentido si no hubiera estado ocupada resistiendo la necesidad de contradecirlo.
—Clara no está de acuerdo —dijo Bruno, porque evidentemente esa noche había decidido que yo no merecía paz.
Todas las miradas vinieron hacia mí. Nicolás no dijo nada, pero su atención se volvió más precisa. Dejé la copa sobre la mesa, demasiado despacio.
—No dije eso.
—Pero lo piensas —dijo Bruno.
—Pienso muchas cosas.
—Comparta una —dijo Nicolás.
Su tono era amable, demasiado amable.
Pude haber hablado de arte, de circulación, de mercado, de archivo digital. Pero la presencia de Tomás se me había vuelto pesada esa noche, no como una compañía sino como una acusación, y el vino había aflojado algo que yo mantenía atado desde hacía meses.
—Pienso que hay artistas que confunden exposición con profundidad —dije—, y que este tiempo se los agradece porque también confundió intimidad con acceso.
El crítico sonrió como si alguien hubiera puesto un arma cargada sobre la mesa y él quisiera ver quién la tomaba primero. Bruno no sonrió. Nicolás sí, apenas.
—¿Y usted cree que Tomás Vidal no se exponía? —preguntó.
La temperatura de mi cuerpo cambió.
—No hable de Tomás.
—Usted lo trajo a la mesa antes de que yo abriera la boca.
—Yo no lo traje.
—No con palabras.
Me quedé inmóvil. La cena siguió respirando alrededor de nosotros, pero otra vez se produjo ese estrechamiento del aire, esa especie de túnel donde solo quedábamos Nicolás y yo, su voz y mi rabia, su calma y esa zona de mí que empezaba a sentirse demasiado despierta. —No sabe nada de él —dije.
—No —respondió Nicolás—. Pero empiezo a saber algo de usted.