Capítulo uno — La inauguración #2
Nicolás Aranda estaba de pie junto a la entrada de Carne pública , vestido con pantalón negro, camisa blanca abierta en el cuello y una chaqueta que alguien con más paciencia que yo podría describir como minimalista, aunque en él nada parecía realmente mínimo.
Era más alto de lo que aparentaba en las fotos, menos pulido, más físico, con el pelo oscuro ligeramente húmedo o deliberadamente despeinado, la barba de dos días y las manos manchadas de algo negro que podía ser pigmento, tinta o una forma bastante calculada de recordarle al mundo que, además de vender como una celebridad, todavía tocaba materiales, todavía ensuciaba los dedos, todavía era artista.
Lo rodeaban tres personas, pero la sala parecía orientarse hacia él con una obediencia molesta; no hablaba mucho ni hacía falta.
Escuchaba, inclinaba apenas la cabeza, respondía con frases breves que arrancaban risas o silencios atentos, y de vez en cuando miraba hacia sus obras como si ellas, más que el público, fueran quienes le exigían una explicación.
Yo lo había visto antes en entrevistas, por supuesto, porque era imposible trabajar en una galería de Miami y no conocer a Nicolás Aranda, el hombre que había logrado que coleccionistas, actrices, cantantes, herederos tecnológicos y críticos más o menos serios discutieran sobre piel, vigilancia y deseo en la misma oración.
También sabía que su último proyecto había vendido casi completo antes de inaugurarse, que una pieza suya había sido portada de una revista europea, que su nombre circulaba en ferias como una contraseña de buen gusto peligroso, y que a Bruno le brillaban los ojos cada vez que hablaba de él, aunque intentara disimularlo usando palabras como investigación, madurez y giro conceptual.
Pero verlo en persona era distinto, y eso me irritó antes incluso de que él me mirara.
No era solo atractivo; lo atractivo, en ciertos círculos, abunda con una facilidad aburrida.
Tenía el tipo de presencia que obliga a la gente a imaginar secretos, cicatrices, noches difíciles, habitaciones cerradas, y yo desconfiaba de los hombres que parecían diseñados para que una completara sus sombras.
—No lo mires así —dijo Bruno.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras buscando dónde clavar el cuchillo.
—Si lo encontrara tan fácil, su obra sería peor.
Bruno soltó una risa breve, casi involuntaria, pero enseguida recuperó la seriedad.
—Clara, te lo digo sin rodeos porque no tengo energía para envolver esto en cortesía: esta noche es importante.
Para la galería, para él, para mí y, aunque te empeñes en actuar como si estuvieras por encima de todo esto, también para ti.
—Mi carrera no depende de Nicolás Aranda.
—No, pero podría beneficiarse de no hacerle la guerra en público.
Lo miré con fastidio, aunque una parte de mí sabía que tenía razón.
Desde la muerte de Tomás, mi carrera había quedado atrapada en una zona extraña: todos me respetaban, todos me hablaban con una delicadeza insoportable, todos recordaban mi trabajo con él, pero casi nadie me ofrecía proyectos importantes que no estuvieran asociados a su memoria, como si al quedarme viuda me hubiera convertido en una extensión de su obra y no en una persona con ambición propia.
Bruno era uno de los pocos que todavía me exigía, que todavía me hablaba sin poner voz de condolencia, y por eso mismo me molestaba más cuando acertaba.
—No voy a hacerle la guerra —dije.
—Eso dijiste antes de aquella mesa redonda sobre arte inmersivo.
—Y tenía razón.
—Tenías razón, pero casi hiciste llorar a un patrocinador.
—No lloró. Sudó.
Bruno me quitó la copa de la mano, la dejó sobre la mesa alta y me puso otra, como si el cambio de vidrio pudiera modificar mi conducta. —Escúchame bien: Nicolás no es un idiota. Si lo tratas como uno, lo notará en diez segundos y te devolverá el golpe en cinco.
—Qué miedo.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco.
Entonces Nicolás levantó la mirada y me vio.
No fue una mirada accidental, aunque habría podido fingirlo; tampoco sonrió.
En cambio, me observó con una seriedad que me hizo sentir, por un segundo breve y absurdo, que la exposición entera acababa de perder sonido.
Las personas siguieron hablando, las cámaras siguieron disparando, las copas siguieron chocando unas contra otras, pero yo sentí su mirada como una mano apoyada en una superficie que no debía tocar.
No aparté la vista; ese fue mi primer error de la noche, aunque entonces no lo supe. O lo supe y decidí llamarlo otra cosa.
Nicolás dijo algo a las personas que lo rodeaban, se excusó con una cortesía mínima y empezó a caminar hacia nosotros.
No caminaba con prisa, no tenía esa urgencia insegura de quienes necesitan demostrar dominio ocupando demasiado espacio; avanzaba como si el espacio ya hubiera aceptado pertenecerle, y a su paso varias personas lo saludaron, lo tocaron en el brazo, intentaron retenerlo con una frase o una sonrisa.
Él respondió sin detenerse del todo. Tomás, en sus mejores noches, parecía pedir permiso incluso para ocupar el centro de una sala donde se exhibían sus propias obras.
Pensar en Tomás en ese momento me produjo una punzada de culpa, pero no la suficiente para apartarme.
Habría hablado de espectacularización del cuerpo, de capitalismo emocional, de trauma convertido en superficie vendible; habría usado esas palabras con su voz baja, hermosa, cansada, y yo, durante años, le habría dado la razón antes de preguntarme si no había algo de miedo en esa forma suya de despreciar todo lo que no podía conquistar.
Ese pensamiento me incomodó tanto que preferí odiar a Nicolás con más fuerza.
Cuando llegó hasta nosotros, Bruno sonrió con su eficacia habitual y dijo: —Nicolás, ella es Clara Ferrer.
—Lo sé —respondió él.
Su voz era más grave de lo que esperaba, pero no teatral.
De cerca, sus ojos no eran negros, como parecían desde lejos, sino de un marrón muy oscuro, casi mineral, con una atención incómoda que no se dispersaba ni siquiera cuando alguien pasaba detrás de mí o cuando una cámara se encendía a unos metros.
—Clara —dijo, sin añadir mi apellido, como si ya hubiéramos cruzado antes una puerta que yo no recordaba.
—Nicolás.
—Gracias por venir.
—Trabajo aquí.
Él sonrió apenas, no como alguien ofendido, sino como alguien que acaba de confirmar que la noche puede volverse más interesante. —Eso no siempre significa que alguien esté presente.
Bruno hizo un ruido bajo, una advertencia disfrazada de carraspeo, pero yo ya había sentido el golpe y no estaba dispuesta a dejarlo pasar.
—Tiene razón —dije—. A veces la gente viene, sonríe, se deja fotografiar junto a las obras, repite tres frases sobre la experiencia corporal y se va sin haber estado realmente en ninguna parte.
Nicolás inclinó un poco la cabeza. —¿Hablamos del público o de mí?
—Pensé que esa era una de las virtudes de su exposición. No obliga a elegir.
La sonrisa desapareció de su boca, pero no de sus ojos. No hizo ninguna de las tres cosas, quizá porque en el fondo también quería ver qué pasaba, o porque sabía que una tensión bien administrada puede vender tanto como una crítica favorable.
—Bruno me dijo que trabajaste con Tomás Vidal —dijo Nicolás, y el nombre de Tomás, pronunciado por esa voz, dentro de esa sala, rodeado de esas obras que respiraban como animales encerrados, me pareció una falta de respeto aunque no hubiera nada irrespetuoso en la frase.
—Trabajé con él, sí.
—Y estuviste casada con él.
—También.
Nicolás me observó con más atención, no con lástima, y eso debería haberme aliviado, pero me molestó de otro modo.
La lástima era desagradable, pero conocida; esa mirada, en cambio, no intentaba consolarme ni rendir homenaje a mi duelo, sino entender qué hacía yo con él, cómo lo usaba, cuánto de mi postura en esa sala pertenecía de verdad a mi criterio y cuánto a un muerto que seguía sentado dentro de mí, corrigiéndome.
—Su obra me interesa —dijo.
—La de Tomás no suele interesar a los artistas que venden tanto.
Bruno dijo mi nombre en voz baja, pero Nicolás levantó una mano, no para callarlo con brusquedad, sino para indicarle que no hacía falta protegerlo. Ese gesto me irritó casi tanto como su calma.
—Tal vez porque vender no me ha dejado ciego —respondió.
—No, supongo que no. Solo ocupado.
Nicolás soltó una risa breve, pero había algo frío debajo. —¿Siempre decide tan rápido quién merece profundidad?
—Solo cuando me facilitan el trabajo.
Esta vez Bruno sí intervino, con una sonrisa dura. —Clara tiene un sentido del humor especialmente generoso cuando está cansada.
—No estoy cansada —dije, sin mirarlo.
—Entonces me alegra haberla conocido en pleno uso de sus fuerzas —dijo Nicolás, y aunque la frase pudo haber sonado amable, en su boca tuvo algo de desafío.
No sé cuánto tiempo nos quedamos así, encerrados en una conversación que por fuera debía parecer una cortesía entre artista y curadora, pero que por dentro se había vuelto otra cosa, una medición de fuerza, una forma de acercamiento torcida, un duelo en el que ninguno quería admitir que estaba disfrutando.
Nicolás me preguntó qué pieza me había interesado más, y yo respondí que interesar no era el verbo que usaría; yo tampoco.
—Dígalo —dijo él.
—¿Qué cosa?
—Lo que piensa de mi exposición.
Miré hacia Carne pública , donde una mujer joven salía de la sala oscura tocándose la muñeca, como si hubiera descubierto una marca en su piel.
Alguien la grababa. Ella se rió, avergonzada, y enseguida ajustó la postura para que el video saliera mejor.
Esa escena, pequeña y ridícula, me dio una forma para mi desprecio.
—Pienso que su exposición entiende muy bien el hambre de esta época —dije despacio—, y también pienso que tiene algo admirable: consigue que incluso el dolor parezca diseñado para venderse bien en video vertical.