Nunca de nadie
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Capítulo uno — La inauguración
CAPÍTULO UNO
LA INAUGURACIÓN
L legué tarde a la inauguración de Nicolás Aranda, aunque no tanto como para que mi retraso pudiera confundirse con descuido, sino con esa impuntualidad calculada que en el mundo del arte suele interpretarse como elegancia, desprecio o agotamiento, dependiendo de quién mire y de cuánta necesidad tenga de quedar bien con una.
La noche de Miami estaba húmeda, pegajosa, viva de una manera casi obscena, y al bajar del auto frente a la galería sentí que la ciudad me respiraba en la nuca con su mezcla de sal, gasolina, perfume caro y basura tibia, una respiración amplia y animal que parecía salir de las alcantarillas, de los bares, de los cuerpos vestidos de negro que avanzaban hacia la entrada con copas vacías en una mano y teléfonos encendidos en la otra.
No me gustaban las noches de Miami Art Week, o eso me repetía cada año con una convicción cada vez menos sólida, porque en el fondo también había algo en esa maquinaria de exceso que me fascinaba, algo que detestaba con una energía demasiado parecida al deseo.
Desde la acera pude ver el interior de la galería a través de los cristales altos, convertidos por la luz en una especie de vitrina clínica donde se exhibían no solo obras de arte, sino también personas, dinero y estatus.
Me detuve unos segundos antes de entrar, no porque necesitara prepararme para la multitud, sino porque había reconocido de inmediato la obra central, esa instalación que llevaba semanas apareciendo en catálogos digitales, notas de prensa y videos cortos donde influencers culturales hablaban de “la nueva etapa visceral de Nicolás Aranda” con la misma voz con que podrían recomendar un restaurante, una crema facial o un retiro espiritual en Tulum.
La pieza se titulaba Carne pública , un nombre bastante eficaz, había que admitirlo, y consistía en una sala parcial dentro de la sala, formada por paneles translúcidos donde se proyectaban imágenes de piel ampliada hasta volverse paisaje: lunares como cráteres, cicatrices como ríos secos, párpados cerrados, bocas entreabiertas, dedos hundiéndose en superficies que podían ser arcilla, grasa, carne o memoria.
El público entraba, se dejaba envolver por una respiración amplificada que salía de parlantes ocultos y luego salía fingiendo que no le había pasado nada, aunque todos, absolutamente todos, se tocaban la cara, el cuello o las manos al abandonar el recinto, como si hubieran sentido durante un momento la invasión de una mirada ajena sobre su propio cuerpo.
Ese era el problema con Nicolás Aranda, pensé mientras avanzaba hacia la entrada y una asistente de producción, demasiado joven para fingir cansancio y demasiado vestida para no sentir calor, buscaba mi nombre en una tableta.
No era hueca, no del todo, no como a mí me habría convenido que fuera.
Pero lo de Nicolás tenía esa cualidad irritante de las cosas que uno quisiera despreciar sin esfuerzo y, sin embargo, se resisten, porque incluso cuando se exhibían con obscena conciencia de mercado, incluso cuando parecían diseñadas para ser fotografiadas desde el ángulo exacto y reproducidas en pantallas verticales, había debajo una inteligencia oscura, una comprensión demasiado precisa de lo que la gente desea mostrar y de lo que prefiere ocultar mientras muestra.
La asistente encontró mi nombre, me entregó una pulsera discreta de acceso al área privada y me dijo que el señor Casal estaba dentro, cerca del bar, como si Bruno Casal no hubiese estado siempre cerca de un bar, de un comprador o de una oportunidad de negocio disfrazada de conversación estética.
Le di las gracias y entré con el bolso apretado contra el costado, no por inseguridad, sino porque todavía conservaba algunos gestos de una vida en la que Tomás y yo caminábamos por inauguraciones pequeñas, mal ventiladas, con vino barato servido en vasos de plástico y obras que nadie compraba, pero que todos comentaban con una seriedad casi religiosa, como si la precariedad fuera una prueba moral y no, muchas veces, una simple derrota.
Adentro, la galería olía a flores blancas, alcohol y aire acondicionado.
Las conversaciones formaban una masa densa, atravesada por risas breves y chasquidos de flashes de cámaras fotográficas, mientras los invitados se desplazaban entre las piezas con esa forma particular de mirar que tienen quienes desean ser vistos mirando.
Un crítico, cuyo último artículo había sido una sucesión de frases imposibles sobre “la administración simbólica del trauma”, hablaba con una coleccionista venezolana que llevaba un collar de esmeraldas tan grande que parecía una amenaza; dos curadoras españolas se tomaban fotos frente a una escultura que semejaba una columna vertebral cubierta de látex negro, y un grupo de bookfluencers recicladas en artfluencers repetía frente a sus celulares palabras como visceral, incómodo, necesario, aunque por la rapidez con que cambiaban de postura se notaba que estaban más pendientes de su propio rostro que de la incomodidad de la obra.
No había visto aún a Nicolás, pero su presencia estaba en todas partes, no como la de Tomás, que solía desaparecer incluso dentro de sus propias exposiciones, sino como una presión organizada, una temperatura.
Nicolás estaba en las obras, en la música casi imperceptible, en las frases de los textos de sala, en la forma en que el público se detenía más tiempo frente a las piezas que tenían mejor iluminación para fotografías, en la ansiedad de los asistentes que cuidaban que nadie tocara nada, en las ventas discretas que Bruno debía estar cerrando con su sonrisa de hombre culto que aprendió temprano a no enemistarse con el dinero.
Vi a Bruno antes de que él me viera. Estaba junto a una mesa alta, con una copa en la mano y la expresión tranquila de quien se sabe necesario, vestido con un traje gris oscuro que le quedaba demasiado bien para no ser parte de una estrategia.
Bruno dirigía la galería como algunos hombres dirigen un barco en tormenta: sin levantar la voz, sin perder elegancia, pero con la certeza de que todos los demás se hundirían más rápido sin él.
Cuando me vio, hizo un gesto mínimo con la copa, una bienvenida y una advertencia al mismo tiempo.
Me acerqué sin prisa, pasando junto a una obra que consistía en una serie de moldes de manos abiertas, suspendidas del techo por hilos casi invisibles.
Las manos giraban lentamente por el movimiento del aire acondicionado, blancas, mudas, suplicantes o acusadoras, según el ángulo. No quise admitir que me gustaron.
—Llegaste —dijo Bruno, cuando estuve a su lado, y aunque su voz sonó neutra, yo lo conocía lo suficiente para notar el alivio y la preocupación mezclados debajo de esa palabra.
—Eso parece —respondí, tomando una copa de vino blanco de la bandeja que pasó junto a nosotros, más por tener algo que hacer con las manos que por deseo de beber.
Bruno miró mi vestido negro, sobrio, demasiado cerrado para la humedad de Miami y demasiado elegante para parecer luto, aunque ambos sabíamos que todavía lo era.
Después miró mi rostro con esa atención irritante de los hombres que creen que pueden diagnosticar una catástrofe emocional por el color del labial o la firmeza de una mandíbula.
—Te ves bien —dijo al fin —, y antes de que respondas con alguna frase venenosa, aclaro que lo digo como tu jefe, no como tu terapeuta improvisado.
—Entonces deberías decirme que parezco profesional, no que me veo bien.
—Pareces profesional, cansada y peligrosa, que es casi la misma cosa en tu caso.
Bebí un poco de vino. Estaba frío, seco, sin personalidad, perfecto para una noche en que nadie quería emborracharse antes de cerrar una venta.
—¿Dónde está tu estrella? —pregunté, sin girar la cabeza demasiado, como si Nicolás Aranda fuera apenas un detalle del montaje y no la razón por la que todos esos cuerpos sudorosos y perfumados ocupaban la galería.
Bruno sonrió, no con diversión, sino con el placer de quien confirma una sospecha. —Al fondo, junto a la sala negra. Lleva media hora preguntando por ti.
Sentí una molestia inmediata, irracional, casi física. —No me conoce.
—Precisamente por eso.
—¿Qué le dijiste?
—Que eras la curadora más inteligente de esta ciudad cuando no estabas ocupada en despreciar a todo el mundo.
—Qué generoso.
—También le dije que fuiste esposa de Tomás Vidal.
La copa se quedó suspendida cerca de mi boca.
Había pasado un año desde la muerte de Tomás y todavía había personas que pronunciaban su nombre como si me entregaran una credencial, una carga o una jaula.
La viuda de Tomás Vidal; la guardiana de su obra; la mujer que había entendido al hombre que casi nadie entendió.
La curadora que había sacrificado años de carrera para sostener el trabajo de un pintor al que los críticos respetaban en voz baja y los compradores ignoraban en silencio.
—No necesitabas presentarme como reliquia —dije, más bajo.
Bruno suspiró, y esta vez sí hubo algo parecido a culpa en su rostro. —No lo hice así.
—Pero eso oyó.
—Nicolás oye lo que quiere, como todos los artistas con demasiado éxito.
Miré hacia el fondo de la sala y entonces lo vi.