Capítulo ocho — Valeria Montes #3
Mara nos encontró allí unos minutos después, porque Mara siempre encontraba a la gente en el punto exacto donde preferiría no ser encontrada. Traía su teléfono en la mano y una expresión más dura que antes.
—La policía ubicó a Valeria —dijo.
Nicolás se volvió de inmediato. —¿Dónde?
—Eso es lo raro.
—Mara.
Ella miró primero a él y luego a mí. —Está en Miami. O al menos su teléfono, su tarjeta y su última transacción están allí. Compró un café esta mañana a dos cuadras de la galería.
Sentí que el centro de la historia se desplazaba otra vez, como si la casa de Asheville, con toda su niebla y su vigilancia, hubiera sido solo una parte del montaje.
—Entonces no está aquí —dije.
—No necesariamente —respondió Mara—. O no está sola.
Nicolás tomó su teléfono. —Voy a llamar a Bruno.
—Ya lo hice —dijo Mara.
—¿Y?
—No respondió.
Eso no era normal. Bruno respondía siempre, incluso para decir que no podía responder. Sentí una punzada de alarma que me sacó de inmediato de mi propio dolor.
—Llámalo otra vez —dije.
Mara marcó; puso el teléfono en altavoz; sonó una vez; dos; tres; buzón.
Nicolás ya estaba llamando desde el suyo, nada.
Yo tomé el teléfono fijo de la biblioteca y marqué el número de la galería. Contestó una asistente, Laura, con voz nerviosa.
—Galería Casal, buenos días.
—Laura, soy Clara. Necesito hablar con Bruno.
Hubo una pausa.
—Clara… pensé que estabas con él.
El frío me atravesó.
—¿Qué?
—Bruno salió hace una hora. Dijo que iba al aeropuerto. Que tenía que volar a Asheville porque algo estaba pasando contigo y con Nicolás.
Miré a Nicolás. Él ya había entendido.
—¿Quién le dijo eso? —pregunté.
—No sé. Recibió una llamada. Después se puso pálido, canceló dos reuniones y salió.
—¿De qué número?
—No lo vi.
—Laura, escucha bien. Si alguien llama preguntando por mí, por Nicolás o por Bruno, no des ninguna información. Cierra la galería si puedes y espera instrucciones. Voy a avisarte por escrito.
—Clara, ¿qué está pasando?
No supe qué responder sin asustarla más.
—Nada que puedas resolver tú. Haz lo que te digo.
Colgué.
Mara ya estaba llamando a la policía. Nicolás a Bruno otra vez.
Yo sentí que la casa volvía a cerrarse, pero ya no sobre nosotros tres, sino sobre un mapa mucho más grande: Miami, Asheville, Atlanta, archivos, aeropuertos, teléfonos, caminos de grava, una mujer que podía estar en dos lugares o podía estar usando a otros para que todos nos moviéramos según su diseño.
—Bruno viene hacia aquí —dije.
—O cree que viene —respondió Nicolás.
Mara habló con la policía, dio la nueva información, pidió que intentaran localizarlo, que verificaran vuelos, llamadas, cámaras de la galería.
Su eficiencia era casi feroz. Nicolás dejó un mensaje de voz a Bruno con una calma que no engañaba a nadie: “Bruno, no tomes ningún vuelo sin llamarnos. Si estás en camino, responde. Si recibiste una llamada sobre Clara, era falsa. Llámanos ahora.”
Yo envié un mensaje escrito; luego otro; nada.
Durante veinte minutos no hubo respuesta.
Esos veinte minutos tuvieron una textura extraña, suspendida, como si todos hubiéramos quedado atrapados entre dos escenas: la íntima y la pública, la casa y la galería, el archivo y el aeropuerto.
Pensé en Bruno saliendo apresurado, con su traje impecable, su preocupación convertida en rabia, su teléfono en la mano, quizá creyendo que yo estaba en peligro inmediato y que él, por una vez, podía llegar antes de que las cosas terminaran de romperse.
Bruno, que había usado la crueldad para empujarme a vivir, que me había llevado hasta Nicolás con una mezcla de ambición y cuidado, ahora podía estar entrando en el montaje de Valeria porque me conocía lo suficiente para asustarse por mí.
El teléfono de Nicolás sonó.
Todos miramos.
—Bruno —dijo él, y contestó de inmediato—. ¿Dónde estás?
La voz de Bruno llegó distorsionada, con ruido de fondo de tráfico o de altavoces.
—En el aeropuerto de Miami. ¿Qué demonios está pasando?
Cerré los ojos con alivio, pero duró poco.
—No tomes el vuelo —dijo Nicolás.
—¿Me vas a dar órdenes tú ahora?
—Bruno, escúchame. La llamada que recibiste era falsa.
—No fue una llamada —dijo Bruno.
—Entonces qué fue.
—Un correo desde la cuenta de Clara.
Sentí que el suelo se movía debajo de mí.
—¿Qué decía? —pregunté, acercándome al teléfono.
Bruno respiró hondo. —Decía: “Bruno, me equivoqué. Necesito salir de aquí antes de que Nicolás convierta todo esto en obra. No me llames. Ven.” Y había una foto adjunta.
No pregunté cuál. Lo supe por el silencio de Bruno, por la forma en que Nicolás cerró los ojos, por cómo Mara apretó el teléfono en su mano.
—No la abras más —dijo Nicolás.
—Ya la vi —respondió Bruno, con una voz que había perdido toda ironía.
Nadie habló.
Bruno continuó, más bajo:
—Clara, dime que estás bien.
Tomé el teléfono.
—Estoy bien.
—¿Seguro?
Miré a Nicolás; miré a Mara; miré el bosque.
—No —dije—. Pero estoy aquí por decisión mía.
Bruno guardó silencio. Luego dijo:
—Eso suena exactamente como algo que dirías cuando no estás bien.
—Lo sé.
—Voy igual.
—No —dijimos los tres al mismo tiempo.
Bruno soltó una risa incrédula, breve, casi histérica. —Qué bonito coro.
—Bruno —dije—, si vienes ahora, Valeria consigue lo que quiere: movernos a todos. Necesito que vuelvas a la galería, que no estés solo, que revises quién pudo entrar a mi correo y que guardes ese mensaje completo para la policía. No borres nada.
—No me pidas que me quede tranquilo.
—No te lo pido. Te pido que seas útil.
Hubo una pausa. Esa palabra, útil, le dio un lugar donde poner el miedo; lo conocía; Bruno necesitaba una tarea tanto como yo necesitaba una estructura.
—Está bien —dijo al fin—. Pero si dejas de responder, voy.
—Responderé.
—Cada hora.
—Bruno.
—Cada hora, Clara.
—Está bien.
Colgamos.
Mara empezó a cambiar mis contraseñas desde su laptop.
Yo me quedé de pie en medio de la biblioteca, con la sensación de que mi vida entera había sido abierta en varias pantallas a la vez: mis correos, mis archivos, mi cuerpo en una fotografía, mi duelo en una nota, mis recuerdos de Tomás en documentos descargados por una mujer que ahora escribía desde mi cuenta como si pudiera ocupar mi voz.
—Quiere hablar por ti —dijo Mara, sin levantar la vista de la laptop.
La frase me produjo más rabia que miedo.
—No va a hacerlo —respondí.
Y esa fue la primera vez, en todo aquel horror, que sentí una decisión completamente limpia, no sobre el amor, el deseo, Tomás o la exposición, sino sobre mi voz.
Fui hasta la mesa, abrí mi libreta y escribí el título de una nueva sección del proyecto, aunque todavía no sabía si sería exposición, ensayo, denuncia o simple supervivencia:
NADIE MIRA POR MÍ.
Debajo, añadí:
NADIE HABLA EN MI NOMbrE.