Capítulo veintiuno
Alison se sentía un poco mejor, aunque seguía débil, cuando Finn entró en la habitación donde se alojaba.
—Buenos días, muchacha. Mañana partiremos. He conseguido un carro para que puedas descansar durante el viaje.
Ella frunció el ceño.
—¿No sería más rápido si montara a caballo?
Él negó con la cabeza y se sentó a su lado.
—No. La curandera cree que sería demasiado duro para tu cuerpo. Podríamos esperar unos días...
—No —dijo ella, con los ojos llenos de lágrimas—. Quiero irme a casa. A nuestra casa.
Él se tumbó a su lado en la cama y la abrazó.
—No te preocupes, mi amor, iremos en carro.
Ella asintió y se secó las lágrimas. Finn le puso una mano bajo la barbilla y le volvió el rostro hacia él.
—La curandera me habló de un hematoma en tu espalda y parecía reacia a contármelo. ¿Te hiciste daño durante el viaje hasta aquí?
—Sí. Archie me lanzó sobre su caballo cuando me capturaron. Claro que le planté cara y, al final, me dio un puñetazo en la espalda.
Notó cómo todo el cuerpo de Finn se tensaba.
—¿Eso fue todo?
—Sí.
Él asintió y le apartó el pelo de la cara.
—Quiero que hoy comas y descanses todo lo que puedas. Incluso viajando en carro, el camino de vuelta puede resultarte agotador.
—¿Es una orden, esposo?
Él sonrió.
—Como se trata de tu seguridad, sí, es una orden.
Ella bostezó.
—No creo que tenga ningún problema en obedecer esa orden, porque es justo lo que quiero hacer.
Finn la besó suavemente en los labios, pero ella quería mucho más. Él sonrió mientras se apartaba.
—Descansa ahora, esposa mía. Ya continuaremos con esto cuando te encuentres mejor.
Le subió la colcha y salió de la habitación en silencio.
***
Finn tenía una tarea pendiente antes de partir.
James y Albert estaban preparando el carro, ya que saldrían al amanecer del día siguiente.
La cocinera había prometido prepararles comida para el viaje.
A excepción de Sinclair y sus hijos, todos en la fortaleza se habían mostrado amables y serviciales.
La curandera incluso le había dicho que enviaría un poco de su mezcla soporífera para que el viaje resultara más llevadero para Alison.
No había vuelto a ver a su suegro desde la reunión con Sinclair. Cuando preguntó por él, le dijeron que había regresado a la habitación que le habían asignado y que no había vuelto a salir. Apartó ese asunto de su mente. Se detuvo ante uno de los guardias y le preguntó dónde estaba Archie Sinclair.
—Ahora mismo está en la liza, Mackay. Si quieres verlo, sal al patio exterior y lo encontrarás a la derecha de la fortaleza.
La mañana era soleada y Finn esperaba de todo corazón que el buen tiempo se mantuviera para el viaje del día siguiente.
Con el carro, calculaba que tardarían dos días en regresar, quizá tres, en lugar del día y parte de la noche que les había llevado llegar hasta allí.
Rozó con la mano la empuñadura de la espada mientras se dirigía a la liza.
Cientos de hombres estaban entrenando. No tardó en localizar a Archie batiéndose con uno de sus hermanos.
—¡Archie Sinclair! —gritó Finn.
Su voz se impuso al choque de las espadas y a los gruñidos de los combatientes. La mayoría interrumpió el entrenamiento para mirarlo. Archie se secó el sudor de la frente.
—¿Qué quieres, Mackay?
—Desafiarte.
Un murmullo recorrió a los guerreros. Archie sonrió de oreja a oreja y se acercó.
—¿Un desafío? ¿De verdad crees que puedes vencerme?
Se echó a reír y se volvió hacia sus hombres, que rieron con él.
—Sí, lo creo.
Finn se quitó la camisa y, como el resto de los hombres, también el féileadh, quedándose desnudo. Era la mejor forma de combatir. Archie sonrió con aire burlón mientras se acercaba a él, pavoneándose ante sus hombres.
Los dos comenzaron a girar en círculo entre los gritos y las burlas de los guerreros Sinclair.
Ahora era cuando Finn tenía que recurrir al control que tanto había entrenado, aunque le costara contener la rabia.
La idea de que Archie hubiera golpeado a Alison hacía que quisiera arrancarle la cabeza, pero eso complicaría un poco su regreso.
Para derrotarlo, debía medir cada movimiento.
—¿Disfrutas de la puta que tienes en la cama? —gritó Archie mientras seguía rodeándolo.
Sabiendo que solo intentaba hacerlo perder el control, Finn reprimió su ira.
—No hay ninguna puta en mi cama, pero seguro que sí en la tuya.
Comenzaron a intercambiar golpes. Al principio parecía que estaban igualados, pero, a medida que avanzaba el combate, Archie empezó a cometer errores.
Finn le hizo un corte en el brazo. El hombre retrocedió de un salto y miró la herida.
Un error. Finn siguió presionándolo y le hizo otro corte en la pierna.
Archie ya sangraba por dos heridas. Finn tuvo que luchar contra sí mismo para no matarlo, pero aquellas lesiones bastaron para que su rival dejara de combatir con eficacia y, pocos minutos después, lo tenía tendido boca arriba, con la punta de la espada apoyada en su garganta.
—Si no creyera que matarte pondría en peligro el acuerdo al que han llegado tu padre y el laird Mackay, ya estarías muerto.
—¿Qué demonios te pasa, Mackay? Ya tienes a la chica por esposa.
—Sí. Mi esposa. Y tuviste el descaro de golpearla en la espalda mientras la llevabas cautiva sobre tu caballo. No creas que esto ha terminado. Si vuelvo a encontrarte con una espada en la mano, morirás.
Dicho esto, Finn se dio la vuelta, se vistió y regresó a la fortaleza. No veía la hora de marcharse de allí. Pocos minutos después llamó a la puerta del dormitorio de Mackay.
—Adelante.
Finn entró. El hombre seguía acostado.
—¿Estáis enfermo, milord?
—Sí. Enfermo del corazón.
Finn acercó una silla.
—¿Queréis hablar?
—No. Ahora no puedo. —Se volvió hacia él—. ¿Cómo está mi hija? ¿Se está recuperando? Me gustaría marcharme de aquí cuanto antes.
—Se ha recuperado lo suficiente para viajar mañana. Los Sinclair nos han ofrecido un carro para llevarla a casa.
El laird asintió.
—Sí, será bueno volver a casa. —Permaneció callado un momento—. Cuando regresemos al castillo de Varrich, te cederé todas las responsabilidades del clan.
Aunque aquellas palabras no sorprendieron demasiado a Finn, no estaba seguro de sentirse preparado. Como si le hubiera leído el pensamiento, el laird añadió:
—Estás preparado, Finn. Ya he hablado con el consejo y están de acuerdo. Cuando regresemos celebraremos el juramento de lealtad.
Apartó de su mente el atisbo de pánico. Sí, podía hacerlo. Siempre lo había sabido. Solo que asumir las responsabilidades del laird había llegado antes de lo que esperaba.
A la mañana siguiente envolvió a Alison en mantas y la llevó hasta el carro. Los hombres ya estaban montados en sus caballos, listos para partir. Finn deseaba no volver a poner un pie en aquel lugar. Una vez que ella estuvo acomodada, se inclinó y la besó en los labios.
—Pronto estaremos en casa, amor. Deja que la poción de la curandera haga efecto y duerme tranquila.
El viaje era largo y Finn sabía que a los hombres no les gustaba avanzar a un ritmo tan lento, pero Alison era lo primero. Ella quería volver a casa, y volvería a casa.
A su regreso, tal como se había prometido, tuvo lugar el juramento de lealtad; los hombres del castillo de Varrich se arrodillaron ante Finn y juraron fidelidad a Finn Mackay, el nuevo laird del clan Mackay.