Nunca beses a un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale 3) Capítulo veintidós
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Capítulo veintidós

Habían pasado seis semanas desde el día en que Finn había asumido el liderazgo del clan Mackay. Había habido momentos difíciles, pero la persona a la que más recurría para hablar de los problemas era Alison. Era inteligente, justa, sincera y sabía mostrarse firme cuando hacía falta.

A él no le importaba compartir las responsabilidades, y Alison le había dicho más de una vez que no solo lo amaba, sino que sabía en su corazón que él jamás la abandonaría.

Habían enviado a James con cien guerreros al castillo Sinclair Grinigoe para entregar la cantidad acordada de monedas y la escritura de las tierras pactadas.

Después de eso, no volvió a hablarse del asunto.

Se había quitado toda la ropa y acababa de meterse en la cama, agotado como de costumbre. Alison se volvió hacia él, apoyando la cabeza sobre la mano.

—¿Estás demasiado cansado esta noche, milord?

Él sonrió y la atrajo hacia sí.

—No. Nunca estoy demasiado cansado para mi esposa.

La besó con posesividad, dando gracias cada día por haberse portado mal en los establos y haberse visto obligados a casarse. Ella se apartó y empezó a dibujar círculos sobre su pecho, tirando de los vellos cortos.

—Antes de empezar, hay algo que quiero decirte.

—¿Sí?

Ella sonrió.

—Dentro de unos seis meses vas a ser padre.

Él menó la cabeza y le dedicó una sonrisa llena de ternura.

—Creía que mi vida no podía ser más perfecta.

Eso fue lo último que dijeron hasta la mañana siguiente.

Finn se levantó, se aseó, se vistió y contempló a su esposa dormida. La futura madre de su hijo. Salió del dormitorio y, en cuanto llegó al pie de la escalera, una de las criadas se acercó a él.

—Milord, el laird Mackay desea hablar con vos. Me ha enviado a buscaros.

—Gracias.

Subió los escalones de dos en dos hasta la planta de los aposentos.

La habitación olía a muerte. Desde que el laird le había cedido el mando del clan, el hombre se había deteriorado con rapidez. Era como si hubiera renunciado por completo a seguir viviendo.

—¿Queríais verme, milord?

El anciano le hizo un gesto para que se acercara.

—Sí. Acerca esa silla.

Señaló con la cabeza la silla de madera que había junto a la pared.

—Hay algo que necesito enseñarte antes de morir.

Levantó la mano cuando Finn abrió la boca para protestar.

—No. Sé que mi hora se acerca. —Hizo una pausa para recuperar el aliento—. Mi hija está en buenas manos, igual que el clan. El consejo me dice que estás haciendo un trabajo excelente.

Incómodo por los elogios, muy consciente de todos los errores que había cometido y de las veces que había estado a punto de echarlo todo a perder, Finn asintió.

El laird se inclinó hacia un lado y sacó el documento que Sinclair le había mostrado durante su última reunión.

Sin decir una palabra, se lo entregó a Finn.

—Léelo.

Finn recorrió el pergamino con la vista y sintió que se le secaba la boca a medida que avanzaba. Cuando terminó, levantó la mirada.

—Vuestros hijos estaban a punto de encabezar una insurrección contra el rey.

—Sí. No puedo creer que fueran tan insensatos. Si los hubieran capturado y alguien hubiera encontrado esa carta en su poder o en el de cualquiera de los implicados, los habrían ahorcado por traición.

Miró por la ventana el inusualmente soleado día.

—También nos habrían confiscado las tierras, el dinero y todos nuestros bienes. El clan habría acabado absorbido por otros. Este rey y sus partidarios son demasiado fuertes.

—Me pregunto cómo consiguió esto Sinclair —dijo Finn, señalando el documento con la cabeza.

—Seguro que mediante chantaje. Es bien sabido que tiene muchas fuentes de información. Está claro que no disponía de este documento cuando se firmó el acuerdo matrimonial original; de lo contrario, habría exigido mucho más.

Finn no supo qué decir. William y Bryan habían tomado una decisión terrible. El rey restaurado llevaba ya dos años en el trono. El laird continuó:

—Desde que vi esto, no he dejado de preguntarme si mis hijos no murieron en combate a manos de nuestros propios hombres, que conocían su implicación en todo este desastre. Siempre me pregunté cómo dos guerreros tan buenos pudieron caer en batalla.

Respiró hondo y volvió la vista hacia Finn.

—Quiero pedirte un favor.

Finn asintió.

—No le cuentes nada de esto a mi hija.

Finn se pasó una mano por la cara.

—No tenemos secretos el uno para el otro.

—Lo sé —dijo el laird—. Y me parece bien, pero no hay ninguna razón para que sepa lo cerca que estuvieron sus hermanos de destruirnos a todos. Los admiraba muchísimo. Sería devastador para ella.

Finn pensó en el hijo que Alison llevaba en el vientre y en el daño que aquella verdad podía hacerle.

—De acuerdo. En este caso, no le diré nada.

—Tengo una petición más. En cuanto salgas de esta habitación, quema ese documento.

Finn asintió mientras el laird Mackay se quedaba dormido. Salió de la habitación, quemó el documento y regresó a su dormitorio para ver si su esposa ya se había despertado.

Estaba abriendo los ojos justo cuando él se acercó a la cama.

—Buenos días, esposa.

Ella le sonrió, y el corazón estuvo a punto de estallarle de amor.

—Buenos días, esposo.

Se sentó a su lado en la cama.

—Hace un día espléndido, mi amor. ¿Te apetece dar un paseo?