Capítulo diecinueve
—Quiero lo que me corresponde. Si no hubieras permitido que Finn Mackay te tocara, no habríamos cancelado el acuerdo de compromiso.
Gilbert Sinclair golpeó la mesa con el puño mientras fulminaba a Alison con la mirada.
Delante de él había una jarra de cerveza sobre la mesa del gran salón.
Alison se sentía débil y mareada. Estaba demasiado agotada para discutir con aquel hombre.
El largo viaje desde el castillo de Varrich hasta Sinclair Grinigoe había sido extenuante.
Había tenido que pelear con Archie cada vez que necesitaba detenerse.
Él no había hecho más que refunfuñar, quejarse y soltar comentarios groseros sobre ella y sobre las mujeres en general.
Lo odiaba un poco más con cada kilómetro recorrido.
Acababan de llegar a la fortaleza. Después de que prácticamente la arrastraran fuera del caballo y la obligaran a subir las escaleras para presentarla ante Sinclair, lo único que deseaba era una bebida caliente para calmar el estómago y una cama donde dormir.
A pesar del puñetazo que Archie le había dado en la espalda y que aún le dolía, no temía por su seguridad.
Sinclair había dejado claro que la retenían como rehén para obligar a los Mackay a cumplir el contrato que ambas familias habían firmado.
Era tradición que, si se rompía un compromiso matrimonial, la familia del novio conservara la dote.
Ella nunca había sabido si eso había ocurrido o no, porque jamás le permitieron conocer los detalles del acuerdo, salvo la parte que la obligaba a aceptar que Archie mantuviera a su lemman en su propia cama.
Pero, por mucho que agradeciera haberse casado con Finn y no con aquel hombre horrible que la golpeaba y la trataba como un saco de harina, en aquella ocasión habían sido los Sinclair quienes habían roto el compromiso.
El laird llamó a una criada que cruzaba el salón con expresión recelosa, algo comprensible a aquellas horas de la noche.
—Trae comida y bebida para nuestra invitada —dijo con una sonrisa burlona—. Y también para mis hijos.
Después le pellizcó el trasero y le dio una palmada.
—Siéntate, muchacha.
Señaló una silla a su lado. La sola idea de sentarse tan cerca de él le desagradaba, pero lo único que quería era beber algo y acostarse. Con el estómago revuelto, ni siquiera estaba segura de poder comer. Mañana ya pensaría en su situación y buscaría una forma de escapar.
El grupo permaneció en silencio mientras esperaban la comida. Archie y el hermano que la había acompañado se abalanzaron sobre el whisky hasta dejar claro que pensaban emborracharse. Aquello la inquietó.
Por fin la criada regresó con cuencos de estofado, pan, queso y unas empanadas. Archie y el otro Sinclair comenzaron a devorar la comida, llenándose la boca de pan y estofado y limpiándose los labios con las mangas. Los otros hombres, cuyos nombres Alison ni siquiera conocía, siguieron bebiendo.
Después de un sorbo de cerveza y un par de cucharadas de estofado, el cansancio cayó sobre ella con todo su peso.
Le dolía la cabeza y tenía el cuerpo molido.
Apoyó los brazos sobre la mesa y descansó la cabeza encima, esperando que terminaran de comer para que alguien la condujera por fin a una habitación.
—¿Enviaste el mensaje al Mackay? —preguntó Sinclair mientras volvía a llenarse el vaso de whisky.
Archie asintió.
—Pagamos a un mensajero en la taberna para que le llevara la nota después de marcharnos. Pero Finn Mackay y sus dos lugartenientes estaban ocupados con el incendio que provocamos, así que no sé cuándo la recibió.
La cabeza de Alison se venció hacia delante. Como nadie parecía dispuesto a enseñarle una cama, cerró los ojos sobre los brazos. A los pocos minutos se quedó profundamente dormida. Solo le pareció haber dormido un instante cuando uno de los hermanos Sinclair la sacudió con suavidad.
—Tenemos una habitación para ti, muchacha.
Se puso en pie tambaleándose y lo siguió por el gran salón y luego escaleras arriba. Se detuvieron ante la tercera puerta del corredor. El hombre abrió la puerta y le hizo un gesto para que entrara.
—Ni se te ocurra intentar escapar. Dormiré delante de la puerta. Además, hemos clavado las ventanas, aunque tampoco serviría de mucho: la caída es demasiado alta.
Alison asintió. En cuanto la puerta se cerró y oyó girar la llave por fuera, se quitó los zapatos y se dejó caer sobre la cama. Ya se preocuparía del día siguiente cuando llegara.
***
—Milord, tendréis que venir con nosotros a ver a Sinclair. Esto no puedo resolverlo yo en vuestro lugar. Ignoro qué fue exactamente lo que negociasteis con ellos hombre y solo vos podéis decidir qué estáis dispuesto a ofrecer para zanjar el asunto.
—Ellos rompieron el compromiso. No veo por qué tendría que ceder a sus exigencias.
Finn hizo un esfuerzo por contener la ira.
—Están reteniendo a mi esposa hasta que nos presentemos en el castillo Sinclair. Podría infiltrarme y sacarla de allí, pero creo que lo más sensato es averiguar primero qué es exactamente lo que piden.
Cada día que pasaba le parecía que el laird se alejaba un poco más de la realidad.
Desde la boda de Finn y Alison, su deterioro se había acelerado.
Había días en los que ni siquiera reconocía a criadas que llevaban años sirviendo en Varrich.
Finn desconocía los detalles del acuerdo matrimonial.
Nunca le habían interesado más allá de cómo pudiera afectar a su esposa.
Tampoco sabía qué estaría dispuesto a ofrecer Mackay para apaciguar a los Sinclair.
—No me siento capaz de negociar en vuestro nombre. Os aconsejo muy seriamente que viajéis con nosotros.
Si el laird se negaba, Finn ya había tomado una decisión: Iría igualmente al castillo Sinclair y sacaría de allí a Alison. Encontraría el modo. No pensaba dejar a su esposa en manos de los Sinclair cuando descubrieran que los Mackay no iban a negociar.
—Que vengan ellos—dijo Mackay.
Finn dejó escapar un suspiro. Empezaba a perder la paciencia. Una vez recuperara a Alison, todo indicaba que el verdadero gobierno de la fortaleza y del clan recaería sobre sus hombros.
—Podemos proponérselo, pero mi esposa está retenida allí. Quiero llevarla a casa cuanto antes y dejar que vos y Sinclair resolváis el resto.
Mackay permaneció callado un largo rato. Cuando Finn empezaba a pensar que volvería a negarse, el laird dijo:
—Sí. Iré con vosotros.
A la mañana siguiente partieron hacia Sinclair Grinigoe.
Los acompañaban Mackay, Albert, James y unos cincuenta guerreros.
A Finn le preocupaba el aspecto cada vez más frágil del laird, pero seguía convencido de que su presencia era la única posibilidad de resolver el conflicto sin derramamiento de sangre.
Sabía que los guerreros Mackay podían aplastar sin dificultad a los Sinclair, pero prefería conservar aquella alianza, siempre que sus exigencias no fueran desmesuradas.
Cuando llegaron, el aspecto del jefe del clan Mackay era todavía peor. Finn sintió un momento de remordimiento por haber insistido en que los acompañara, aunque seguía creyendo que había sido la decisión correcta.
Después de anunciarse a los guardias, el puente levadizo descendió y el grupo cruzó al interior de la fortaleza. Archie y Gilbert Sinclair los esperaban en el patio.
—Quiero que entreguéis las armas —dijo Sinclair.
—Y yo quiero ver a mi esposa —replicó Finn.
—Tu esposa está sana y bien atendida. Pero Mackay y yo tenemos asuntos que discutir.
Finn dio un paso al frente y desenvainó la espada.
—Quiero verla ahora mismo.
Al instante, todos los guerreros, tanto Mackay como Sinclair, desenvainaron también las suyas. Sinclair levantó una mano.
—No habrá lucha. Mackay y yo tenemos que negociar. Entrad en el gran salón; mis criadas os servirán comida y bebida. Vuestros hombres pueden esperar aquí.
Finn negó con la cabeza.
—No habrá ninguna conversación hasta que traigáis aquí a mi esposa.
Archie intercambió una mirada con uno de sus hermanos. Aquello hizo que todos los músculos de Finn se tensaran.
—No me importa cuántos guardias tengáis. Si no la traéis ahora mismo, os cortaré la cabeza antes de que podáis reaccionar.
Archie dio un paso adelante. Finn alzó de nuevo la espada.
—Tu esposa estaba perfectamente cuando llegó aquí, pero parece que ha enfermado.
Finn rugió y se lanzó sobre Archie, derribándolo al suelo. James y Albert lograron apartarlo.
Entonces Sinclair gritó:
—¡Nuestro curandero dice que tiene paludismo!
—Llevadme con ella —gruñó Finn.
Sinclair hizo una seña a otro de sus hijos.
—Sígueme, Mackay.
El hombre echó a andar hacia la escalera. Finn lo siguió y, acordándose de que podía tratarse de una emboscada, se volvió hacia Mackay, James y Albert.
—James, vienes conmigo.
Los tres subieron tras el Sinclair. Recorrieron el pasillo y se detuvieron ante una puerta.
—Está ahí dentro.
Finn abrió sin esperar más. Alison yacía en la cama, aparentemente dormida.
Una joven criada permanecía sentada junto a ella.
Parecía tranquila y no presentaba heridas visibles.
Finn se acercó, se sentó en el borde del colchón y el peso hizo que Alison rodara ligeramente hacia él. Ella abrió despacio los ojos.
—Finn... —susurró mientras alargaba una mano hacia él—. Sabía que vendrías a buscarme.