Nunca beses a un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale 3) Capítulo dieciocho
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Capítulo dieciocho

Alison no estaba disfrutando del paseo. Se había acostumbrado tanto a cabalgar junto a Finn, a burlarse de él y a competir con él, que aquella salida en solitario le resultaba deslucida.

Mientras avanzaba, se sonrojó al reconocer varios de los lugares donde habían disfrutado juntos.

Ni siquiera saltar los setos le producía ya la misma alegría.

Maldito fuera. Había conseguido arruinarle los paseos matutinos. Pensando en las tareas que la esperaban en la fortaleza, hizo girar a Bonnie-Bay para regresar. Entonces vio acercarse a dos jinetes. Uno de ellos le resultó vagamente familiar, aunque al principio no supo identificarlo.

Cuando estuvieron más cerca, reconoció a Archie Sinclair. Sin perder un instante, volvió grupas y espoleó a Bonnie-Bay en dirección al pueblo. Estaba convencida de que aquellos dos tramaban algo, y tenía el presentimiento de que ella era el objetivo.

Oyó el galope cada vez más cerca. Azuzó con más fuerza a su yegua, pero apenas unos minutos después la arrancaron de la silla y la sentaron de un tirón sobre las piernas de Archie.

Lo atacó con todo lo que tenía. Le clavó un codazo, le lanzó puñetazos donde alcanzaba, le dio patadas e intentó arañarle la cara.

Buscó a tientas la daga, pero había quedado atrapada bajo su cuerpo.

—Quédate quieta, muchacha, o tendremos que detenernos para atarte, y te aseguro que no será agradable.

—¿Qué queréis de mí? Estoy casada. Todo ha terminado, Sinclair.

—No habrá terminado hasta que recuperemos lo que tu padre prometió en el acuerdo de compromiso.

—¡Fuiste tú quien lo rompió! ¡Yo me casé con Finn Mackay! Ya tienes a tu amante. Déjame en paz.

Volvió a clavarle el codo en el estómago mientras trataba una vez más de alcanzar la daga.

¿Estaría Sinclair los bastante furioso para matarla, aunque su padre acabara entregando aquello que tanto deseaba?

¿O solo pensaban retenerla hasta conseguir lo que querían?

Nunca había sabido exactamente qué había obtenido su padre a cambio de aquel compromiso que siempre le había parecido tan desigual.

Por lo poco que conocía del acuerdo, los Sinclair obtenían tierras y el futuro liderazgo del clan para Archie.

Nunca había visto qué ofrecían ellos a cambio.

Aquello reforzaba la impresión de que su padre había estado dispuesto a firmar cualquier cosa con tal de librarse de ella.

O quizá el dolor por la muerte de sus hermanos hubiera acabado afectando a su juicio.

A veces seguía viendo destellos del hombre que había sido.

Algunas noches, durante la cena, lo había oído hablar con James y Albert sobre la restauración de los Estuardo y sobre la necesidad de que los clanes de las Highlands permanecieran unidos.

Tal vez esa hubiera sido la ventaja que esperaba obtener del compromiso.

Pero nada de eso importaba ahora. Finn montaría en cólera cuando descubriera que había salido sola y que la habían secuestrado.

Se obligó a serenarse. Escapar de dos hombres armados era prácticamente imposible y solo desperdiciaría sus fuerzas intentándolo.

Sería mejor averiguar adónde la llevaban y buscar una oportunidad más adelante.

—¿Dónde me lleváis?

Silencio.

—He preguntado adónde me lleváis.

Silencio otra vez. Aprovechando un descuido, volvió a clavarle un fuerte codazo en el estómago a Archie. Él gruñó, levantó el puño para golpearla, pero el otro Sinclair intervino.

—No. Padre no se alegrará si le haces daño.

Archie se inclinó hacia ella y murmuró con voz amenazadora:

—No me importa lo que diga mi padre. Si vuelves a golpearme, te dejaré un ojo morado y luego diré que te caíste.

Así que tenían órdenes de no hacerle daño. También resultaba revelador pensar que, si se hubiera casado con aquel hombre, no solo habría compartido una cama fría, sino que probablemente habría acabado visitando al curandero con frecuencia, incapaz como era de callarse lo que pensaba.

Sonrió. Finn era distinto, respondía a sus protestas con besos. Maldita fuera. Lo echaba de menos. Aunque sabía que estaría furioso cuando descubriera que había desobedecido sus órdenes, no dudaba de que iría a rescatarla, no le cabía duda alguna.

Decidida a probar una estrategia distinta, suavizó el tono.

—¿Dónde me llevas?

Para su sorpresa, Archie respondió.

—Al castillo de Sinclair Grinigoe.

—¿Puedo saber para qué? Ya te lo he dicho: estoy casada con Finn Mackay y somos muy felices.

¿Lo eran? Sí. Al menos ella, aunque estaba bastante segura de que Finn también. ¿Significaba eso que estaban enamorados? Antes de que pudiera seguir dándole vueltas, Archie respondió:

—Cuando te vendiste a Mackay y me obligaste a romper el compromiso, mi familia perdió lo que le correspondía.

Ella resopló.

—Yo no me vendí a nadie. Aunque tú sí sabes mucho de mantener una puta.

Pese a las advertencias recibidas, Archie le descargó un puñetazo en la espalda que le arrancó el aire de los pulmones y le hizo saltar las lágrimas. El otro Sinclair no pareció darse cuenta, pero Alison supo que pronto tendría un enorme moratón.

—Entonces ¿voy a ser vuestra rehén hasta que Mackay os entregue lo que queréis?

—Sí. Y ahora cierra la boca. Tus tonterías empiezan a darme dolor de cabeza.

Al cabo de un rato sintió una necesidad cada vez más urgente.

—Necesito parar.

—No habrá paradas. Queremos llegar a Sinclair antes de que anochezca.

Se removió incómoda.

—Pues será difícil, a menos que quieras que me orine encima... y sobre ti.

—Si lo haces, te quitaré la ropa y viajarás desnuda el resto del camino.

No tenía ninguna duda de que sería capaz de hacerlo.

—¡Me moriría de frío!

Él se encogió de hombros.

—Entonces deja de pedir cosas.

—Es la primera vez que te pido algo. ¿Es que no tienes sentimientos?

—¿Por ti? Por tu culpa he perdido el clan Mackay.

Estuvo a punto de responderle que había sido él quien rompió el compromiso, pero, en el fondo, daba gracias de que hubiera ocurrido. Casarse con aquel hombre solo le habría garantizado una vida de desgracias. Tras unos minutos de silencio decidió cambiar de táctica.

—¿Podemos detenernos solo un momento para que pueda hacer mis necesidades?

Sonrió con tanta tensión que creyó que acabaría partiéndose un par de dientes.

Archie asintió enseguida y levantó la mano para indicar al otro Sinclair que se detuviera.

Saltó del caballo sin ofrecerle ayuda para bajar.

Alison se dejó resbalar por el costado del animal y recordó a Bonnie-Bay.

Su yegua estaba tan bien entrenada que estaba segura de que encontraría sola el camino de regreso a los establos.

Archie la acompañó hasta unos arbustos. Al menos tuvo el buen juicio de permitirle internarse un poco entre los árboles sin seguirla, aunque antes la advirtió:

—Si intentas escapar, te encontraré y te daré una paliza que ni mi padre podrá ocultar.

Con un suspiro de alivio, Alison hizo sus necesidades. Cuando terminó, las tripas le recordó con un rugido que ni siquiera había desayunado. Regresó junto a Archie y caminaron hasta los caballos, donde aguardaba el otro Sinclair.

—No he desayunado. Necesito comer.

—Ese no es mi problema, muchacha.

Antes de que pudiera protestar, la sujetó por la cintura y prácticamente la lanzó sobre el caballo. Si no se hubiera agarrado al borrén de la silla, habría resbalado por el otro lado y caído al suelo. Archie montó tras ella, la rodeó con un brazo por la cintura y reanudaron el viaje.

***

Finn cabalgó como un poseso desde la pequeña aldea hasta el castillo de Varrich.

El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que creyó que iba a salírsele por la boca.

Por mucho que deseara encontrar a Alison sana y salva en casa, no conseguía librarse de la impresión de que aquellos incendios solo habían servido para alejarlo del castillo junto con parte de sus hombres.

Al comprobar que todo parecía tranquilo, ni siquiera desmontó. Entró directamente en los establos. El viejo Kilmead salió desde la parte trasera con expresión culpable.

—¿Dónde está lady Mackay?

No había pretendido ladrarle la pregunta, pero la expresión del anciano demostraba que así había sonado. El viejo tragó saliva varias veces antes de señalar hacia la colina por la que Finn y Alison solían cabalgar cada mañana.

—Ha salido a montar... aunque le dije que habíais ordenado que no lo hiciera.

Quiso reprenderlo, pero sabía que el anciano no tenía la culpa.

Su esposa era obstinada, independiente y aprovechaba cualquier ocasión para desafiarlo.

Y esta vez estaba convencido de que se había metido en un grave peligro.

Hizo girar a Morag y subió la colina a una velocidad temeraria, con el riesgo constante de salir despedido por encima del cuello del caballo.

Recorrió sin éxito toda la ruta habitual. Al comprender que necesitaba ayuda para continuar la búsqueda, regresó al castillo. Cuando llegó a los establos, Bonnie-Bay apareció caminando tranquilamente, todavía ensillada.

—¿Habéis encontrado a vuestra esposa?

Negó con la cabeza. El viejo Kilmead ya debía de haber deducido la respuesta al ver regresar sola a la yegua.

—Necesito un caballo fresco. Ocúpate de Morag y ensilla otro para mí.

Se dirigió a la fortaleza. Necesitaba reunir a varios hombres para organizar la búsqueda, aunque el sospechoso incendio no hacía más que reforzar el terrible presentimiento de que Alison había sido secuestrada.

—¡Finn!

Albert corrió hacia él agitando un pergamino.

—Esto acaba de llegar. Lo ha traído un mensajero.

Finn tomó el pergamino y lo leyó de un vistazo. Alzó la vista hacia Albert.

—Los Sinclair han secuestrado a Alison.